EJERCICIOS DE DESOLACIÓN ARTIFICIAL

Sucede en los niños que las peores travesuras y los golpes inolvidables se inician con una gran dosis de inocencia y curiosidad. También es cierto que después, un poco más grandecitos, en todo acto temerario o de rebeldía siempre estará escondida una mujer (al menos en los de los varones), y no justamente la madre, hermosa e inmaculada. Pues lo mismo ocurrió conmigo, pero con una travesura que si bien no me robaría la vida ni me dejaría paralítico (al menos todavía), la transformaría. Para bien o para mal: aun no lo sé. Aunque no era un niño en aquel momento, si acaso lo recuerdo con exactitud, o quizás ya no quería serlo.

Estábamos a mitad del primer año de secundaria cuando, luego de las vacaciones de julio, ella ingresó a nuestro salón seguida por la vieja horripilante de la directora. Venía de Piura y a su papá, militar como los de todos allí, lo habían trasladado a la 18° División Blindada. Aquel día, ahora tan lejano de mi vida, confluyeron dos fuertes sensaciones que se repetirían a lo largo de mi existencia y que nunca lograría conciliar, al menos no sin torpeza. Primero: descubrí que me había enamorado; es decir, por primera vez en serio, si mis escasos doce años admitían seriedad alguna. Por ello asumí que mi rostro inexpresivo y mis ojos alimentándose de su figura tímida y vulnerable delante de la pizarra y frente a nosotros, el temblor en mis piernas, la inusual transpiración de mis manos y el pecho vuelto un hormiguero agitado detrás de la insignia, correspondían al amor y al deseo persistente por conquistarlo. Y lo segundo y nefasto: que no sabía cómo hacerlo, a pesar de que el deseo crecía cada noche.

No es mi intención iniciar aquí la narración de las peripecias amorosas de un párvulo romanticón, sino, lo que de ellas me interesa contarles: lo que produjeron. Sabemos que empezaría muy temprano y con una travesura. Al menos eso era lo que creía.

Mamá siempre tuvo la buena costumbre de leerme por las noches –tal vez ése fue el principio de la travesura–, y no lecturas para niños sino sus lecturas: Gustavo Adolfo Becker, José Santos Chocano, Pablo Neruda, Ciro Alegría, Vargas Llosa entre los que recuerdo. Las novelas y los cuentos los entendía poco, sin embargo los poemas me cautivaban: l’amour. Entonces, no parecerá extraño que luego de que, según mamá, me dejaba dormido, empezara a escribir mis primeros versos a la luz de la linterna, inspirado o perturbado por la musa que había arribado del norte. Unos versos cursis que imitaban al mejor Gustavo Adolfo Chocano Neruda.

El universo de imposibilidades del amor y del deseo por abrigarlo ha sido lo que me ha llevado a escribir. Luego discutiría todo, pero esto ocurriría bastante después. Resulta lógico suponer la pérdida de inocencia al abandonar la niñez. Del mismo modo, ya no es necesario, al menos para mí, estar enamorado para escribir; y no sólo porque ya no escriba poesía –aseveración pretenciosa, si acaso alguna vez dichos escritos pudieran ser considerados como tal–, sino porque escribir se ha convertido en una necesidad. Tal vez en la mejor excusa para vivir, al menos una vida como la mía, donde como saben, reinan las imposibilidades.
Se ha dicho y escrito tanto sobre el amor, que, pobre, me lo imagino riéndose fatigado en algún lugar paradisiaco, enviándonos a sus discípulos para que se diviertan con nosotros, haciéndonos maldades. El amor es un estado de locura –en alguna página lo he leído–. Pero el amor que me ha tocado, de modo paulatino y a la vera de paredones y alamedas, ha ido ubicándose no en el lugar que le correspondía sino en el que quería, porque el amor es caprichoso. Si hubiera algo que podría venir hacia mí, libre y ágil, desde mis años perdidos, sería la misma imposibilidad de decir lo que siento sin ser torpe ni bochornoso. Primero me costaba suponer la escena de la declaración de amor: la puerta de su casa, su sala, una banca sería mejor, el parque de la vuelta y si estaba con plata, una heladería. Nunca en el colegio o en la universidad. Después, si algún escenario lograba sobrevivir luego de que yo aparecía, esperándola, y más aun, luego de ella, aproximándose, no quedaba mucho después de que me mirase porque el parlamento ordenado en mi cerebro se disponía a romper filas destruyendo toda proyección. En semejantes circunstancias no se puede competir con la realidad. Sobre todo cuando la simpleza y la espontaneidad no eran opciones probables. Entonces, mejor escribir en soledad y quién sabe, se logre algo más.

La travesura se estaba desarrollando con una inocencia inusitada. Pronto le perdería el gusto a muchas actividades que desarrollaba paralelamente a mis reptantes incursiones amorosas: salir al recreo, verla saltar el taburete en la clases de educación física o jugar liga en los corredores; jugar al fulbito o competir en carreras de velocidad mientras ellas nos observaban con el sigilo necesario que merece la conservación de la especie. Una vez en la universidad la historia se repetiría. Claro, las chicas ya no jugaban liga ni eran tan fofas, pero allí estaban: en la cafetería de Arquitectura, en la de Lenguas Modernas, en las kermesses, en el pasillo, en el paradero, en la biblioteca, ¡estaban por todos lados! Pero yo, vuelto a enamorar de un imposible, me limité a escribir mis desgracias y las de ella. Aunque, obviamente, me era difícil pensar que mi amada estaba padeciendo, más aún cuando la veía sonriente y vanidosa en el BMW descapotable del muchacho con el que salía. Seguía un tanto confundido. Cruzaba la pista y descendía las escaleras del puente Benavides y abordaba la combi que iba al norte de la ciudad por Evitamiento.

Con el paso de los años comprendería el consejo que mi abuelo, inmigrante bohemio y mujeriego, me repetía a pesar de que yo estaba bastante lejos de comprenderlo aunque no de memorizarlo –tal vez por ser breve y fulminante–“A las mujeres no quieras entenderlas, ámalas y nada más”. Quizá por eso fue que mi abuela lo echo fuera de la casa. No sé. Pero eso corresponde a otra historia. No a ésta, que transcurría mientras rondaba las aulas de la universidad. En aquel entonces contaba con al menos veintidós años y mis lecturas no eran despreciables. Para mí estaba claro que el boom había sido Julito Cortázar y Varguitas. Sabía que elegiría a Baudelaire sobre Rimbaud y a otros que no voy a mencionar por que éste no es el momento. A los franceses “malditos” me los devoré en menos de dos años y tardé otro tanto en leerme a los alemanes luego de que descubrí el Goethe Institute en Jesús María. Después ya no me interesaría hablar del amor fatuo. Al menos no del cursi romanticismo que suele podrir todo. Ni del mío, por supuesto, que sí supe transfigurarlo en amores ajenos. Era más sencillo imaginarse a otro sufriendo lo que yo sentía y acaso, vivía. La sensación de poder ser tantos como yo quisiera, me fascinaba. Éramos muchos los castigados pero siempre eran yo. Así me deshacía cobardemente de mis pesares, o al menos eso me parecía. Con el tiempo comprobaría que nunca me deshice de ninguno. Que por el contrario, ellos se deshicieron del tipo que no los soportaba y se inventaron otro más a su medida; es decir: yo.

La poesía persistiría en mi vida hasta poco después de mi matrimonio que, valgan verdades, se estaba demorando, al menos para casi todos mis amigos y familiares. Luego la abandoné tan impunemente como ella me abandonó. Esto último es una mentira. A la poesía nunca se le abandona del todo. Sólo se le deja partir. Es algo que mi esposa hasta ahora me reclama. Sospecho que aquella forma que me apasionaba empezó a bañarse de mentiras y la poesía podría ser lo que sea menos mentiras. Seguía leyendo y me seducía la idea de poder ser un mentiroso confeso. Y creo que lo soy porque me gusta escribir ficción. Por eso es por lo que me siento más cómodo en la narrativa, pero, sin embargo, considero que en este oficio de mentir hay que guardar cierta honestidad. Por lo menos con uno mismo. Es decir, que a pesar de que me gusta leer a Bukowski, no podría nunca escribir algo semejante sin ser brutalmente descubierto, más por una afinidad de temas que por el lenguaje. Ahora escribo ficción. La misma literatura que me leía mamá y que yo no le entendía. Quizás porque era muy inocente y lo creía todo. Quizás porque tuve una infancia feliz. Quizás ahora me guste porque mi vida es una mentira o un cúmulo de ellas. Quizás y sólo quizás. Con todas las dudas el mundo persiste en su esquizofrénica traslación y rotación. Yo también, pero con mis vidas a cuestas, como un viejo y terco caracol.

Particularmente no creo en los finales felices. Creo en la felicidad como una sensación prodigiosa que disfraza la prolongación de algo distinto. Ya lo dice uno de mis personajes que tal vez nunca puedan escuchar: “Qué bonita es la felicidad cuando no me entero que soy feliz”. Pero esto también pertenece a otra historia. No a ésta que estamos conociendo y que si acaso existiera sería sólo en sus recuerdos y en los míos. Algunos tan borrosos como los de oscuras noches que me parecieron interminables. El insomnio llegaba a coparlo todo: realidad y ficción confundiéndose. Hace poco –me parece que en la primera página– en un cuento de Niño de Guzmán dedicado a Ribeyro, leí una línea que me costó trabajo abandonarla: “Nadie mejor que un solitario para reconocer a otro solitario”. Debe ser por eso que los amigos se encuentran y no se buscan. Así, frecuentamos lugares comunes: congresos literarios, cineclubes, librerías, ferias de libros, presentaciones de libros, antros, cafetines, esquinas, parques y calles.
Cualquier nimia actividad o magno evento siempre podría convertirse en el mejor pretexto para reunirnos y burlarnos de nosotros mismos. Porque en la absurdidad que nos rodea, lo somos más los que nos queremos inventar otra. Pero más aún los que creemos lograrlo, al menos algunas veces y a través de lo que escribimos. Bajo estas premisas, no se hacían esperar las tertulias entre cigarros y cafés y a veces, cervezas o vodka, en las que eran frecuentes las lecturas de Pessoa, Baudelaire, Sologuren o T.S. Elliot por nombrar a los que más recuerdo y no pecar de culturoso. Lo mismo que la irrealidad humana en los cuentos de Cortázar. La magia cotidiana de Carver. La sórdida Habana de Pedro Juan Gutiérrez. Las flagelaciones de Andresito Caicedo y las novelas policiacas de Georges Simenon; además, como todo siempre tiene un error: las críticas de nuestros relatos. En sentido figurado se dice que un escritor es lo que come. Se refieren a sus lecturas. Lo mío debe de tener un poco de éste y otro tanto de aquél y si llega a ser perceptible, un poco de lo que aún no me conozco. Tal vez se demoren en repetirse las reuniones, pero lo que nunca espera es la disposición para escribir. Aunque sea con el pensamiento mientras nos atienden en un restaurante o mientras conversamos con algún cliente. Todo podría servir. Un gesto. Una aroma. Un ruido. Una manía.

La buena literatura es la que valiéndose de esto y de aquello es capaz de crear un mundo tal que pueda competir con la verdadera realidad, aunque para ello, tenga que negarla y posiblemente –la diferencia es nimia–, destruirla. No lo es la que convence por falta de conocimiento, sino, la que sin tropiezos te invita a participar de lo creado; tentado, tal vez, por el mismo desconocimiento. Esto no es muy diferente a lo que se viene diciendo de la literatura, pero por lo demás, siento tan mío un pensamiento de Huhg Walpole –tomado de un epígrafe de José B. Adolph–: “La vida es una comedia para los que piensan y una tragedia para los que sienten”. No hay modo en que hubiera podido siquiera sospechar que una travesura amorosa, escribiendo a hurtadillas unos inocentes poemitas, me llevaría no a encontrarle sentido a mi vida sino, a descubrir otra, más poderosa. A veces me gusta pensar en mi madre como alguien que sabía el final de todo; al menos el de mis travesuras luego de que me daba el beso de las buenas noches.

A principios de siglo la vida me llevó a conocer la sierra del Perú. Tuve la oportunidad de vivir en Santa Bárbara. Una casa inmensa rodeada de jardines que nos quedaba grande a mis tres perros, mi cernícalo, mi esposa, sus cuadros y mis libros, y bueno, a mis muchas ganas de no hacer nada desde que mi contrato expiró.
Aquellos días de ocio eran cómplices de mis ejercicios literarios. Llegué a acumular tal cantidad de textos inservibles que al cabo de un mes había llenado el reverso de tres pesados expedientes anillados que no hacían sino remembrar mi labor oficinesca. Algunos de mis intentos fallidos por atormentarme en el oficio de escribidor, han sido corregidos y aumentados luego de los talleres de narrativa que me vi obligado a cursar en la capital, por recomendación de mi cineasta cuñada. Ella veía dentro de mis escritos algo que podría llegar a ser interesante, pero que mi ignorancia y temores lo enterraban. El mundo de las imposibilidades parecía reaparecer, pero en esta ocasión traía el aura de la complicidad.
Así conocí a Alonso Cueto. Se podría decir que el pequeño cariño que me tuvo se debió a la extrañeza que le causé al contarle que sólo viajaba a Lima cada lunes para asistir a su taller. De hecho, todos me miraban raro. No opinaba. No hablaba con nadie. Bebía mi café y fumaba un cigarro sentado en las gradas durante el descanso. Sólo Alonso conocía mi voz. Conversábamos de muchas cosas, o al menos eso me parecía, mientras caminábamos por Camino Real unas pocas cuadras hasta su vehículo. Luego me recomendaba un libro de Henry James que estaba leyendo y compartía conmigo uno o dos truquitos que le había descubierto o redescubierto. Me lo decía con un brillo en los ojos, propio de los niños cuando descubren un regalo. Me hubiese tomado más tiempo captar lo del “punto de vista”. En breve me recomendaba participar en las sesiones. Esa misma noche me enteré que estaba interesado en leer algo mío. Yo casi no tenía nada, y el casi era un cuento o un intento de cuento. “Rastro de un sueño” recuerdo que se llamaba. Fue mi primer cuento. Al menos de los que cuentan entre los decentes. Un mamotreto que se lo llevó a su casa el lunes siguiente y que me prometió leer con cuidado.

Los días posteriores estuve nervioso. No dormía. No escribía. Me dediqué a leer dos obras de él: “La batalla del pasado” y “Demonio del medio día”. Como si yo también fuera a criticarle algo. Se me ocurre cada tontería cuando estoy nervioso. Ese lunes me abordó en el corredor, antes de las clases. Me dijo que se había olvidado mi cuento en su escritorio de El Comercio y que mejor lo discutíamos con los demás el próximo lunes pero que pasemos y no perdamos tiempo. También que lo disculpe. Que mi mamotreto no lo era tanto. Que le había gustado y le había hecho unas anotaciones que podrían “desentramparlo”. Me dejó más tranquilo saber que mi mamotreto no iba a ser leído en público. Me dejó inquieto saber que a Alonso le había gustado el cuento y más aún que le había hecho algunas anotaciones. Me imaginaba a las pobres cuatro hojas rayadas a no poder más y con varios signos de interrogación al borde de las páginas. Pobrecitas, con tanto rojo encima.

El taller concluyó y nunca pudieron leer mi cuento. Alguna complicación con el cajón de su escritorio o los parciales de La Católica, recuerdo que me dijo en otra oportunidad. Al final se quedaron intrigados conmigo. La última clase fuimos a la cafetería. Eramos algo de quince o veinte y estábamos rodeándolo muy contentos con nuestros diplomas que no nos convertían sino en quince o veinte que estábamos contentos.
Yo bebía un café cortado y fumaba un Camel. Me limitaba a sonreír y a callarme entre trago y trago. Hacía frío. Alonso Cueto; el Doctor Alonso Cueto –eso decían nuestros diplomas– firmaba los libros que los muchachos abrían frente a él. Me preguntó a qué hora viajaba y todos voltearon a verme. A las once, respondí. Los demás sonrieron y una señora afrancesada, al menos en el estilo de fumar y vestir, preguntó si de verdad había hablado o lo había imaginado. Todos sonrieron y ella me hizo un guiño. Siguió fumando. Alonso se disculpó conmigo delante del grupo por no haber podido leerles mi cuento. “Rastro de un sueño”, me dijo, un título interesante. Me dijo que el problema del cuento radicaba en el centro. Me habló de la voz y el ritmo y cuando se estaba soltando en opiniones, los muchachos empezaron con sus preguntas intelectuales y tontas que lo alejaron de mí. Mejor dicho, del rastro que ahí habitaba con ellos.
Poco antes que abandonase la cafetería y bebiendo apresurado lo último de su café, me anotó su teléfono y su e-mail. Sonrió para sí, meneando la cabeza, cuándo al final y no sin soflama, le extendí mi edición popular de su novela. Una colección de El Comercio. Me dijo que eso no le dejaba mucha plata y se acordó de un cheque pendiente. En fin. Lo guarde tan pronto como lo firmó y me disculpé. Me dijo que alguna vez podría escribir en serio, que no haga a un lado la literatura, que la vida era eso: literatura. Algunos nos miraban callados. Otros pactaban sus cuentas con el mozo. Nunca lo busqué. Tampoco lo llamé ni le escribí. Algunas veces me gana la vergüenza. Tal vez lo busque luego, ahora que tengo otro cúmulo de escritos. Quizás ya cambió de número y de dirección. No sé. Es posible que algún día mis textos se publiquen y ustedes tendrán la última palabra. Posibilidades que forman imposibilidades.

Desde entonces y por las noches, entre el apretado espacio que me obsequia el insomnio cuando se aburre de mí, cuando todo no es sino un silencio congelado que persiste sobre el tráfico, me inventaba un barullo en el ficticio bulevar del Barrio Latino en donde –recluido en una buhardilla del segundo piso y con vista a le rue– fungía de escritor. Las veces que necesitaba hacer uso del baño y abría la puerta de mi buhardilla para internarme en el corredor hasta coger la sexta puerta a la izquierda, tenía la impresión de que en cualquier momento iba a cruzarme con mis compatriotas: el pícaro Bryce subiendo por las escaleras con el periódico bajo el brazo, acomodándose los lentes y pidiéndome con el índice sobre los bigotes que guardase silencio. O el flaco Ribeyro, que con un imperceptible movimiento de cabeza aprobaba mi auto-encierro y me cedía el paso en el estrecho corredor mientras exhalaba el humo de sus inacabables cigarros. Incluso Varguitas, que me buscaba en bata para intercambiar algunos de esos extraños textos de De Quincey que nadie sabía cómo me los agenciaba. Por supuesto que no le iba a prestar otro hasta que me brindara su opinión acerca de un relato de mi autoría que obraba en su poder poco más de un mes y que además, con mi limitado conocimiento, lo consideraba entre los más logrados. Luego me diría que ese relato era inopinable pero sabes qué, Pita-Grandi, no te desanimes, alguna vez escribirás en serio. Parecía que se había puesto de acuerdo con Alonso Cueto. Proseguía un tanto preocupado y llegaba a la puerta del baño y evacuaba el café o el vodka y cuando retornaba por el corredor con las frescas palabras de Varguitas aún en mis oídos, me asomaba a nuestra habitación y ahí estaba ella: durmiendo en diagonal sobre nuestra King, con sus pequeños pies escapándole a la sábana. Retornaba a la mesa y organizaba mis libros, fichas, diccionarios y me enfrascaba en la corrección del relato inopinable. Ejercicios de desolación artificial, según mi amigo Evo.

A los condenados a escribir nos sucede lo que a los trapecistas: que de tanto caernos adquirimos cierto estilo y elegancia; sin contar el cariño que entre vértigos le tomamos al vacío. Además, es posible que alguna vez atinemos y quedemos de pie. Pero son sólo posibilidades que, como ya saben, forman imposibilidades.

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