!QUIERO UN MINI COOPER!

The Italian Job (Inglaterra, 1969)

Siempre que me preguntan por mi infancia, me veo tirado en el patio de mi casa, jugando con un montón de carritos de metal de todo tipo. Los de marca chancho, los sin marca, aquellos que me compraban y también los que me choreaba de Sears o Monterrey (¡bien viejo!) pero sobre todos, mis adorados MatchBox, que traían a los Ferrari, los Porche, los Ford, los bólidos y a mis más queridos: los Mini Cooper. Venían en variados colores y con portezuelas que se podían abrir y cerrar y que por ser mis engreídos, los guardaba en un escondite muy especial. Por eso, cuando vi por vez primera “Una faena a la Italiana” –título con el que se le conoce en nuestro medio–, en el VH de un pata pegado con el séptimo arte, quedé doblemente fascinado: primero, porque los protagonistas, al menos para mí, no eran tanto las personas (que me disculpe Michael Caine) como los tres pendencieros Mini Coopers que se meten un vacilón de la gran flauta por calles, escaleras, plazoletas, portales, iglesias, subtes y carreteras de Turín. Y segundo, porque la película es una buena muestra de que el ingenio y el talento bien resueltos, valen más que mil efectos spielbergnianos.

La trama. Charlie Broker (Michael Caine) está fuera de cana y ha planeado lo que él llama “el robo del siglo”, pero necesita apoyo logístico, o sea, fichas. Por eso es que se cuela, caletamente, en la prisión donde está el genio del crimen organizado: el aristocrático Dr. Bridget (Nöel Coward) para convencerle de que se aventure con él en el robo de 4 palos verdes, que es lo que vale el cargamento de lingotes de oro proveniente del Japón. El Dr. Bridget, a los pocos días, luego de sumar y restar y de ordenar que gomeén al pícaro Charlie por impertinente, atraca. ¿La impertinencia? Abordarle en plena bajada de peso. Y parafraseando al mismo Dr. Bridget: “hay lugares que para un inglés, son sagrados”. Charlie y el Dr. Bridget entienden que asaltar el convoy que transporta el oro será como quitarle el dulce a un niño; claro, todo tan bien organizado; pero que lo jodido será la fuga. Peor, si además de la polizia tienen a los angelitos de la camorra local tras de ellos. El drama de este film de acción, con chispazos de ingenua comicidad y suspense, radica básicamente en la huída con el botín. No en vano la persecución por las calles de Turín es considerada una de las mejores, sino la mejor, de todos los tiempos: y que esto lo oigan bien todas las “Misiones Imposibles” y Nícolas Cage, a bordo de su Eleanor, Ford Mustang GT del 68, para no hablar del remedo gringo de esta buena película inglesa, que pretenciosamente llaman remake. Me refiero a “La Estafa Maestra” (un título literal para lo que fue la película), film de Gary Gray que se produjo hace dos años, en los gastados escenarios de Los Ángeles, con El Paseo de la Fama incluido, donde dentro de poco hasta Bush posará sus manos de Pilatos.

“The Italian Job” es una producción que tiene el soporte de ser dinámica y que además cuenta con la excelente performancia del consagrado Michael Caine (que trajo su ridículum en un disket porque impreso le pesaba demasiado) con más de 30 películas a cuestas (porsiaca el tío sigue vivito y filmando); y que tampoco desaprovechó el jale comercial del engreído de la pantalla chica, Benny Hill. Así es. El mismo gordito multifacético, pelirrojo y mañosón que mostraba, finamente, cuanta calata podía. El sólo nombrarlo nos induce a pensar que “Faena a la italiana” no será ningún drama, sino, una comedia (Pero, ¿Michael Caine?, ¿Margaret Blye?). Pues así es, pero no del todo. Es una película de una cómica acción dramática. Benny Hill, el mismo que se la pasaba dándole lapos en la pelada al viejito que tenía de lorna, sólo interviene un par de veces durante el rodaje, y lo hace para hacer lo que mejor sabe: poner cara de zonzo o pajero y pellizcar culos, aunque esta vez, obsesionado con los de mujeres gordas. Tan inteligente como frío podría resultar el humor inglés si no se le añade la cuota de absurdidad –acaso dramática– que siempre nos acompaña. Y este film, es una apología al absurdo social, visto desde la perspectiva de los mundos underground que siempre se encargan de darle dolores de cabeza al stablishment. Me refiero al emergente círculo de mafiosos que vive protegido por su astucia e influencia en los demás, y que ejerce otros códigos de justicia y supervivencia: te cortaban ese dedo meñique, te obsequiaban una estadía de por vida en el fondo del Mediterraneo, o conectaban algunos kilitos de TNT en el encendido de tu coche y demás travesuras. Bueno, el Dr. Bridget no hacía eso. Aquel gordito sesentón que se jactaba de tener entre sus amistades a la mismísima reina de Inglaterra, dirigía, encanado, por supuesto, una organización que más parecía una desorganización, pero que al fin de cuentas funcionaba, o al menos eso era lo que él creía. Es una especie de Padrino bonachón, que de arranque no te mandaba a dar vuelta, sino, a abollar; pero si la seguías fregando, a bailar con los peces se ha dicho.

Este clásico de Peter Collinson es básicamente una película de exteriores que sabe aprovechar lo hermoso y variado de los escenarios europeos. Poco antes de abandonar la guarida y salir a laburar, Michael Caine repasa los detalles de la operación con los miembros de su banda (un grupo de inadaptados que durante los simulacros parecían emparentados con Los Tres Chiflados, pero que en plena chamba se ponen las pilas), y antes de darles luz verde, les dice: “recuerden bien: en este país se conduce por el lado opuesto”. Con lo que el espectador ya está preparado para esperar lo peor. Es un film coherente, técnicamente hablando, que posee una estructura simple, lineal y que administra tan bien los conflictos y los diálogos sobre la marcha, que los convierte en situaciones de aparente frescura y espontaneidad, inclusive en los momentos en los que la tensión gobierna las escenas, ofreciéndonos primeros planos bastantes sugerentes y algunas panorámicas que en vez de hacer alarde del paisaje: el cielo o la ciudad, han sido diseñadas para que adoptemos como nuestro el movimiento desarrollado ahí dentro. Otro detalle: la original, discreta y nunca acaparadora musicalización del film, especialmente producida por Quincy Jones; genial al otorgarle a las melodías el torrente preciso para no distraernos ni sentirnos brutalmente encausados por la orquestación (“La Guerra de los Mundos”) sino, hacernos cómplices de la realidad que asimilamos a través del ecran. Cosa rara: no hubo ningún tiroteo y los choros sólo portaban macanas, por si las moscas. Es una obra sarcástica en la que todos queremos ser amigos de los malos, que no lo son tanto. Me refiero a Caine y compañía, que la ciudad, con su endemoniado tránsito peor que la Vía Expresa a golpe de las 6 p.m., con la gente agolpada en las calles, con la torpeza de los policías se hace cómplice del robo primero y de la fuga, después.

El final. Es un final abierto. Así cómo en los mejores cuentos. Ojo que no es el de los finales hollywoodences que “parecen” abiertos cuando no son otra cosa que una inminente invitación, a prueba de burros, a la continuación de las conocidas “sagas”; algunas muy buenas, por cierto. No. Este film concluye literalmente en equilibrio, con una pata en el aire y la otra en la pista. Tal una balanza que se sustenta al borde de un precipicio. Quizás el final, así abierto como está, sea la parte más seria de la película, al plantearnos el eterno juicio de valores entre la vida y la codicia. Que también, como en la película, está sin solución, o mejor dicho, con tantas soluciones como espectadores tuvo. Dos consejos para verlo: fíjense en la cartelera de la televisión por cable para este mes o sino, dense un salto por Polvos Azules, los cinéfilos, se sorprenderían.

Si alguna vez me sacase la Tinka, así luciría el parkeo de mi jato

One Comment

  1. Ta un poqito largo el texto, pero entretenido, si sabia de esa pelicula, pero como muchas otras aun no la veo… ya habra tiempo…
    bueno, pues, ya nos veremos las caras…
    Ah! la otra semana hay puro cien freak en la UPN cine de marcianos clase B!

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