LA BASTILLA DE BAUDELAIRE

La fría noche del 14 de julio, acompañada por una leve garúa, nos acogía en el patio principal de la Casa de la Emancipación, cedido a la Alianza Francesa. Estábamos allí más que por festejar 226 años de la toma de la Bastilla, para escuchar la conferencia acerca de Charles Baudelaire, la que incluía un recital de “Las Flores del Mal”, en francés. No éramos más de cuarenta personas repartidas en dos sectores que podían alojar al doble, sentadas casi todas, y salvo un grupo que parecía más preocupado en recibir los flashes, conocía a casi todos los asistentes; los mismos que rondan los cineclubes, las ferias de libros viejos o algunas presentaciones literarias. Nada raro. Debo decir que en francés sólo sé decir bon jour, bon soir y bonne nuit, también sé que aprenderlo es una de mis tareas pendientes y que quizás nunca la haga; además que los porteños lo acusan de haberle robado el acento argentino a Julio Cortázar, cuando en realidad lo que él tenía era frenillo. Cosas de gauchos.
El declamador, un profesor de francés, baudeleriano, antiguo residente de la Francia en los 80, leía apasionadamente al poeta en su lengua natal, otorgando la pausa necesaria entre cada verso, para que otro declamara la traducción harto conocida pero en un tono equívoco al poemario, pues parecía más que recitaba a Neruda que a Baudelaire. No vale la pena demorarse mucho en la nefasta intervención dizque melodramática de un poeta (dizque, también), en el intermedio, que apareció ante la audiencia –más extrañada que sorprendida– con el rostro pintado emulando al mejor Marcel Marceu, recitando, con un mechero en la mano y un manto sobre los hombros, alguna tontera suya que nunca acabé de entender ni de sentir, de la cual sólo reproduciré algo de lo más trillado: “he aquí la marihuana, la traducción peruana del hachís… “. Mientras las interrogantes aún flotaban en el ambiente pese a la desaparición del infortunado, el profesor retomaba el control de la conferencia, con voz segura y verbo preciso, introduciéndonos en la otra vida del discípulo de Theóphile Gautier, el perfecto mago de las letras francesas. Debatía teorías psicoanalistas y lapidarias que erróneamente pretendían otorgarle a la obra del artista la misma valía que la caótica existencia del autor. Luego de ello declamaría “El Albatros” y me parece que fue después que, en un acto que podría asumirse como involuntario, como si con la última palabra del poema hubiera despertado en su interior una recóndita señal, habló de manera muy queda, sólo para él, con los ojos sobre la mesa, lejos del papel. Luego se llevaría la mano a los bolsillos del saco en busca de un cigarro; se lo colocó en los labios pero no lo encendió. Se disculpó por no haber hablado en voz alta, para todos, y más aún porque lo dijo en francés. Luego repitió la frase, era un refrán parisien, antiquísimo, según él, para explicarnos el mundo psicológico y patológico que había impulsado a Baudelaire a escribir Les Fleurs du Mal con semejante perfección. Lo que atrapé de la traducción está rondando mis pensamientos estos días y sé que lo hará durante mucho tiempo más: la imagen de una vela encendida por ambos lados, consumiéndose en silencio y resguardada de cualquier soplido. Simbolismo. Una vela, encendida por uno de sus extremos, semeja el recorrido inevitable de la vida hasta el último milímetro de cera y de mecha: la muerte. Pero, ¿encendida por ambos extremos? El plazo se acorta y crece la angustia. La desconocida pero concomitante necesidad de realizar todo en la mitad del recorrido, acaso única posibilidad. ¿Serán las negaciones que encontramos en el presente las que encienden el otro extremo de la vela? Compulsión. Esquizofrenia. Arte. Luego el profesor seguiría declamando y yo continuaría sentado en mi asiento hasta el final, pero también, me había alejado con una vela encendida entre mis ojos. Aplaudiría poco después de iniciados los aplausos, sonreiría con los camaradas entusiasmados, más jóvenes que yo, brindaría con una copa de pisco sour y me fumaría un cigarro con el profesor, al pie de las escaleras, felicitándolo y el me diría muchas cosas más, emocionado, pero yo, igual que hace un momento, me había escapado con la imagen de la vela derritiéndose en mi interior, trepando hacia mi cuello, a pesar que lo seguía oyendo. Luego, al caminar por las calles y entre el tráfico rumbo a mi departamento, con el sabor del coctail alojado en mi boca y fumando un cigarro, pensaba en algunas coincidencias. Extrañas coincidencias. El pequeño Charles nació en 1821, cuando Thomas de Quincey publicó en el London Magazine “Confesiones de un inglés comedor de opio” (el mismo libro sería traducido magistralmete por Baudelaire, agregándole un resumen y comentarios, siendo publicado en la Revue Contemporaine con el nombre de “Un Mangeur D’ Opium”, el cual sería la segunda parte de “Los Paraísos Artificiales”). Antes de los veinte años Baudelaire ya había experimentado con esa droga y muchas otras; incluso formó en París el Club des Haschischins (club de fumadores de hachís). He allí el material que nutriría las páginas de la primera parte de “Los Paraísos… ”. Pocos años después moriría al lado de su madre, casi mudo, consumido por la sífilis. Al pensar en la muerte de este artista, maestro de Verlaine y Mallarmé, la vela volvió a iluminarse. Vinieron a mí otros que estoy seguro habían encendido sus vidas por los dos lados. El precoz Rimbaud traficando en Africa, la locura en Hölderlin, en Nerval; la muerte prematura de Keats, de Leopardi, de Kafka; el suicidio de Von Kleist, de Van Gogh, de Arguedas, de Andrecito Caicedo, Sylvia Plath y Pizarnik y después, mientras ingresaba a la tranquilidad de mi apretado departamento, que me enfrenta con el espejo, los pocos muebles, la biblioteca y el ordenador, pensaba que no correría a buscar los libros de Baudelaire que no leo hace tiempo, sino, que me prepararía un café y después me sentaría a escribir algo, no sé, quizás lo que ahora me obliga a sentirme un hipócrita lector.

One Comment

  1. Esa vela encendida por ambos lados, es una imagen enigmática que le da a tu post esa atmósfera/preludio para tus referencias a Baudelaire y los poetas suicidas…

    Grato hallazgo, encontrar tu
    ‘Nuvolaglia’. Salutes.

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