CONTROL AÉREO

Entre mi departamento y la tienda del chino, a dos cuadras, existe un parque verde, grande y sin bancas, con una especie de pileta elíptica en el centro, la misma que nunca he visto llena sino de muchachos, parejas o cachorros saltando ahí dentro. En torno al parque, se extienden los edificios. Es una de esas tranquilas urbanizaciones en las que la voz del tráfico en las avenidas rara vez se llega a oír; son más frecuentes las dementes sirenas de las alarmas que se activan por las noches, los pitos de los wachimanes, los silbidos de los enamorados o los pájaros por las mañanas. “El Aeropuerto”. Ese es su nombre de batalla. El verdadero, poco importa.
A pesar de cruzarlo varias veces al día, nunca había reparado en el por qué de su apodo, aunque barajaba algunas posibilidades. Sería talvez porque las parejas y los grupos de universitarios aterrizan allí, por las noches. Luego, un amigo me diría que no aterrizaban allí, que por el contrario, acudían allí a despegar. A tomarse un traguito. A leerse poemas. A fumarse algo. A sentarse en círculo sobre el gramado y sólo estar allí, hablando tonterías tan importantes para ellos y para nadie más. La mancha. Los patas. Las chicas descubriéndose entre el alcohol, las carcajadas, los diminutos vasos de plástico y la poca luz. Luego se marchaban pasadas las doce de la noche. Algunos se quedaban ahí, solos, un rato más, en la pileta, tan alejados de todo como en el último patio de sus casas. Una de la madrugada. Botellas, latas de cerveza, bolsas de papitas y puchos quedaban regados como evidencia de vida. No más vuelos. Al menos no desde el mes que viene. Así es. “El Aeropuerto” seguirá allí, triste y desolado como chiquillo malcriado dentro de un traje dominical. Acaso como un dopado león de feria. Quizás como los interiores de nuestras casas. Próxima obra: “Colocación de un cerco invisible en el parque bla bla bla”. Este tipo de cosas no se les pueden explicar a los muchachos. No me refiero al alto enrejado que piensan colocarle, sino a la invisibilidad. Hace pocas noches, detenido ante el cartel municipal que anuncia la obra, cuyo monto asciende a 10,000 dólares, me vi rodeado por un grupo de muchachos con un trago en las manos. Se quedaron y leyeron, perplejos, conmigo. Cómo es eso de invisible si lo vamos a poder ver y tocar, me preguntó una chica. Le sonreí y seguí mi camino con las compras rumbo a mi departamento, a través del parque. Sólo sé que los parques son públicos y nunca podrían dejar de serlo. Es lo que me dijo un amigo abogado. Que es un atropello. Yo le dije que era un facilismo. Todo siempre es un facilismo, continuó. Hubiera sido más barato que le instalen tachos, bancas y contraten algún tipo de guardianía antes de encerrarlo. Parece inevitable. Los agujeros que cobijarán los pies de las columnas de acero, ya están hechos. Todavía sigo cruzando por el centro, en diagonal, cada vez que voy donde el chino en busca de provisiones. Los muchachos no han vuelto a aparecer. Parece que solo con saber que “El Aeropuerto” va a ser encerrado por un cerco invisible, los ha espantado. Quizás los encuentre en algún otro. Alguno de los pocos libres y tranquilos que sobreviven a la imbecilidad. Quizás me acostumbre a bordear las dos cuadras en lugar de cortar camino. No sé. Pero, ¿y el chino? Creo que también me buscaré una nueva bodega.
(*) La foto pertenece al archivo de Antolín

6 Comments

  1. Pita, hay una disposición municipal que prohibe enrejar mas parques. Justo eso se puso de moda hace un tiempo y enrejaron varios, incluso el de por mi casa, qe le habiamos bautizado, “Centro de Convenciones”, pero, vamos esa es otra historia, aun se puede saltar el alambrado, pero jode con solo el hecho de estar ahi, y es que no le pones alambre de púas alrededor del ropero de juguetes de tus hijos, o si? Los parques son espacios publicos para divertirse, para disiparse, los vecinos le están poniendo puas a su propio espacio, son unos imbeciles, como los ediles que les apoyan, me ire a chupar al aeropuerto pronto, si no me filman… maldita paranoia

  2. Anónimo

    Te diste cuenta? Ya estás comenzando a conciliar tu profesión y tu pasión, tu chamba oficial y tu chamba clandestina. La prosa, además, mejora post a post. Te hace bien la soledad, tío. Aprovecha para escribir todo lo que puedas durante estas cortísimas “vacaciones”. Y aprovecha también que aún no hay niños jodiendo en casa.

  3. Anónimo

    La nostalgia

    Podría sentir nostalgia por la ciudad despedida, puedo sentir nostalgia por los parques y calles que ya no ando. Puedo sentir nostalgia por los lejanos amigos, por la casa abandonada, por su patio, su sala, el rincón de mis lecturas, nuestra alcoba de deseos.

    Puede llegar la nostalgia por las ideas no realizadas, por las cosas no terminadas. La nostalgia recuerda mi agua y mis armonías, el cariño y el afecto. La nostalgia trae el recuerdo de la simiente, el olor de la tierra trabajada, más aún, mis escuelas, mis maestros, mis sitios preferidos, los lugares de amores, mi plaza y mi parque, y nuestro invierno.

    Pero no alimento esa nostalgia, no me rinde, no me vence. Me repito en otro espacio, en otro tiempo, para no sentirme extraño. Así descubro que existe la nostalgia por lo nuevo, porque tengo bella ciudad, nuevas calles, muchos parques, nuevos amigos, otra sala, otros libros, nuevas ideas, pasiones encantadas, cosas por hacer, calles por andar, rincones que descubrir, lugares que fundar, paredes que atravesar. Tengo más verano, canciones y voces, cuadros, nuevos poemas y danzas. Sigo teniendo a Silvio, Lennon y al Che. Una plaza, un hogar, hijos que educar, cultura por asimilar. Batallas por librar, victorias por lograr.

    No bebo rencores y dudas, aunque ya tengo cicatrices y lesiones. Mi hijo me tira del brazo, un beso y abrazo, vienen y van. Despierto, me sacudo; la nostalgia no puede hacerme naufragar pero puede y limpia mi corazón. Además existes tú, para amar y perdurar.

    Muy buen escrito.Sigue asi Pita

  4. Anónimo

    PARQUES

    A las ciudades les gusta reservar trozos de terreno, cercados por vallas o por la costumbre, a los que se da el nombre de parque como si todos fueran iguales, como si sus múltiples variedades de formas, fines y destinos pudieran guardarse en una palabra única, aunque tal vez sea imprescindible que exista una palabra para encerrar la idea común que los conforma. Los hay propicios para niños, con juegos, con arena, con bordes imaginarios de ensoñaciones. Los hay para personas mayores, con paseos que prolongan y ensanchan sus pasillos apelmazados de recuerdos, con bancos para sentar las palabras, con amigos de nostalgia común. Los hay de amores fugaces, con parejas dispersadas entre círculos imprecisos de distancia, recorriendo el futuro con caricias que tal vez no se han dicho todavía. Los hay de jóvenes jugando la prórroga de su niñez, con señoras conversando los rincones, con un periódico doblando sobre un banco el tiempo que sólo ocurrió mientras lo leyeron.

    Hay parques asociados a la mañana, que amanecen con la ciudad, que crecen con las mangueras del riego del alba y declinan con el mediodía hasta quedar reducidos a un bostezo de luz. Los hay que despiertan por la tarde, cuando los niños meriendan los colegios abandonados y todos los platos lloran gotas de limpieza en algún escurridor. Hay parques de la noche, los que sobrevuelan el último juego, los que corretean perros sin collar, los entrelazados por besos dichos en la sombra oscura de los recodos. Y hay parques muertos por un dolor de agujas desparramadas de arrebato, parques vacíos de esperanza que dejan a la intemperie un esqueleto metálico de sueños.

    Pero en todas las ciudades hay un parque, marcado por el destino, en el que si en una tarde soleada de invierno se pasea con una determinada lentitud, o un pensamiento te sorprende sobre un banco, el sol no broncea, entristece.

    Admito ser nostalgico de los parques desde mis primeros besos furiosos y de que mis inexpertas manos cruzaban fronteras elasticas

  5. Parques en otoño: allá en San Miguel, cerca de la costanera, con su pequeño mirador y sus flores dispersas. La humedad intensa, los ancianos con sus bufandas y abrigos, los enamorados dando vuektas, los papás y las mamás con triciclos y los niños acalorados corriendo aunque llovizne. Una noche de agosto, salimos mi niño y yo y nos sentamos en un banco céntrico, como para que los puntos cardinales del parque nos magnetizaran. Y la luna tan blanca como esfera linda era el misterio y la breve fiesta. Mi nene recién había aprendido a caminar y se veía como un oso con su abrigo amarillo y su capucha. Sobre mis rodillas se arrecostó y acarició mi cara, mientras suaves gotas de lluvia sobre nosotros caían.

    Por eso amo aquel Parque de la media Luna, por eso cada parque me rescata y refresca…

    Un muy grato salute Óscar.

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