MAMA FIONA

Demasiado grande para encajar en un departamento. Libertad, espacio, movimiento, eso es Fiona. Esbelta, morena, bella y asesina. Estuvo a punto de ser condenada al encierro perpetuo y quién sabe sino a la muerte, por aquellos cinco minutos en los que la antropofagia le ganó el juicio, luego de que paseara su preñez con más pesar que orgullo. Soledad. Quiero pensar que eso fue lo que la atrofió. Luego la inapetencia. Las costillas prominentes. Los párpados abultados y una oscura habitación.
Fiona estaba destinada a perecer. Su maternidad le había sido totalmente desconocida, molesta, asfixiante. Ahora ha vuelto a ser madre pero de una niña que no le pertenece. Yo me limito a observarla desde la ventana, pues todavía no sé si puede reconocerme. Las veces que la chica del servicio se aburre de su niña, la deja encerrada con Fiona, para que juegue con ella. La dueña de la casa, mi tía, no dejó de extrañarse y pronto corrió a rescatarla de ahí dentro, luego de que la doméstica, picando las cebollas, le dijera sin ninguna preocupación y por vez primera que ahí la he dejado a la Ivonne con la Fiona, pa’ que jueguen un rato. Llora que llora está, señora, y no me deja hacer nada. Era imposible imaginar que la pequeña criatura aun estuviera a salvo, encerrada con Fiona desde hacía buen rato, luego de conocer su deblidad por los bocados tibios. Pero no. Ni siquiera se le había acercado. La niña gateaba y se le acercaba a Fiona pero ésta le huía y así empezó el juego. Luego se fueron conociendo un poco más. Llegaron a tocarse. A olerse. A acariciarse y así, poco antes de las seis de la tarde, la madre verdadera tenía que marcharse y, con algo de desconfianza, al abrir la puerta de su habitación en la parte posterior de la casa, vimos a Fiona prodigarle calor a la pequeñez que dormía sobre su vientre; luego entendió que volvería a quedarse sola.

Al día siguiente Fiona abandonó su habitación y paseaba por la sala, la pequeña cocina, el comedor y los ambientes del segundo piso en busca de la niña. Parecía ofuscada, desesperada, contenta; hacía tiempo que no sabíamos lo que sentía. La niña no estaba en casa. Era domingo. Fiona pasó otra noche sin comer ni dormir.

Por la mañana del lunes sucedería lo que se ha convertido en una especie de ritual en el pequeño hogar que ya casi nadie habita. Mi tía me ha contado que al comienzo no lo podía creer. Que la seguía para todos lados. Luego su relato proseguiría en plural: las seguíamos. Pregunté quiénes, a quiénes. Yo, me respondió, la chica, doña Lupe, el jardinero y cualquiera que se le ocurriera estar en la casa cuando Fiona e Ivonne parecían estar tan unidas y lejos de nosotros. Me contaba que cuando la bebe gatea por la sala –porque al poco tiempo se animaron a salir de la parte trasera de la casa– Fiona la empuja desde el poto, sobre el pañal, con el hocico, como indicándole que debería de pararse y caminar en dos piernas y no como ella. Cuando llegan al borde de la escalinata que entrega al patio, Fiona antepone su cuerpo desnudo como una negra barrera y no hace sino ladrar como desaforada hasta que alguien acude donde ellas. Es increíble que permita que la pequeña Ivonne meta la mano en su bandeja y coma de allí, a vista y complacencia de Fiona. Nadie se atrevería a quitarle la comida a una mastina napolitana. Luego le lame el rostro y las manos, aseándola muy a su estilo. Después de dormir la siesta tiradas en el rincón, juegan con una pelotita de jebe y con los restos de alguna muñeca. Por las noches, cuando la bebe llora por alguna razón, lejos de Fiona, se escuchan los más tristes aullidos y entonces mi tía tiene que bajar y hablarle no sé qué mentiras para calmarla y así deje dormir al vecindario. Una tía tan extraña como la casa en la que vive, en el Centro, a la que voy cada martes para ver si no le falta algo. La madre de Ivonne, una chaposa señorita que tampoco sabe mucho de embarazos ni de cuidados, aunque tranquila porque sabe que Fiona sería incapaz de hacerle daño a la pequeña, no deja de estar intrigada. Ivonne todavía no habla y por más que nadie lo diga, yo sé que muchos dudan de que pueda comunicarse sino con ladridos, y por ello estamos al pendiente de oír lo primero que la niña ha de pronunciar y saben qué, me arrepiento de no haber tenido una cámara.

7 Comments

  1. Sí, infinidad de veces, reclaco: infinidad de veces, los animalitos son mejores que algunos seres humanos. Además las soledades unen… Que hermoso que, al menos, hallan hallado el amor.

    Un excelente relato, Óscar.

  2. Sí, infinidad de veces, recalco: infinidad de veces, los animalitos son mejores que algunos seres humanos. Además las soledades unen… Que hermoso que, al menos, hallan hallado el amor.

    Un excelente relato, Óscar.

  3. Sí, infinidad de veces, recalco: infinidad de veces, los animalitos son mejores que algunos seres humanos. Además las soledades unen… Que hermoso que, al menos, hayan hallado el amor.

    Un excelente relato, Óscar.

    (perdón por enviar tres, pero tenía tres errores 🙁 )

  4. intrigada por tu post, y por como habias conocido mi blog me meti en el tuyo, q por cierto es bastante interesante… sanamente te envidio, porq has logrado con tu relato algo q yo no pude con uno mío q guarda semejanzas en cuanto a la idea narrativa, pero se distancia en el argumento, quizás lo q falla sea esto…

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