1957 LA INVASIÓN SEGÚN HASKIN

LA SEGUNDA GUERRA
En el post anterior recorrimos el libro The War of the Worlds en el que basan sus adaptaciones Spielberg y Haskin; ahora bien, la versión de Byron Haskin, famosa en su época y considerada por muchos entre los mejores clásicos de ciencia ficción, es más coherente que la millonaria producción de Spielberg en cuanto a la proximidad o fidelidad al ambiente que se respira en el libro, y no creo que sea tan solo por la proximidad generacional entre ambas obras (1898/1957), también debemos considerar que la incipiente y ahora chistosísima tecnología cinematográfica de 1957 no podía ser capaz de sostener, de manera digna y verosímil, una exageración efectista tipo Día de la Independencia, Armagedón o El Día Después de Mañana por nombrar algunas; tampoco olvidemos que la “maestría” en efectos especiales –al menos en esa época– de Byron Haskin, queda casi anulada por el olfato y el ingenio –muy bien soportado por la era digital– de su colega, el creador de E.T. Ambos directores habían vivido su dosis de dramatismo real, condimento vivencial de producciones de ciencia ficción en escenarios reales. Me refiero a que tanto Haskin como Spielberg ya habían sido testigos (de alguna manera) de las dos Guerras Mundiales que devastaron el mundo. Esa visión de inutilidad ante una potencia bélica notoriamente enfermiza e intimidante en primer plano y de facto, superior, se pone de manifiesto en el film de 1957 y que, además, ayudaría a Spielberg ha introducirse en el inconsciente colectivo mundial, favorecido por la sicosis histórica de La Guerra de Vietnam y después con La Guerra del Golfo, La Guerra de Irak y el teatro de las bombas químicas y muy descaradamente con el atentado que desplomó las dos Torres Gemelas. !Cómo no estar sikis! Ahora, después de tantos años y tantas guerras, parece que el título La Guerra de los Mundos más que acertado ha sido premonitorio y quizás aún lo siga siendo.
Pero obviamente esto no es el libro sino una adaptación. Sucede que bajo el título de adaptación los cineastas, dentro de sus limitaciones económicas, tecnológicas, sociológicas y creativas han transformado algunas buenas piezas literarias en elementos de orden risible y prescindible en un caso, pero también de muy buena factura, con mucha inventiva e inteligencia, en otros. Nota aparte, pero no tanto: no hace mucho leí la carta en la que Julio Cortázar se quejaba con Manuel Antín, director cinematográfico argentino y amigo suyo desde hacía un chorro de años. Julito le increpaba que la película Intimidad de los Parques (película en blanco y negro filmada en Macchu Picchu y Lima en 1965, dirigida por el susodicho y en la que además actuó Ricardo Blume) basada en los cuentos Continuidad de los Parques y El Ídolo de las Cícladas (ambos relatos en Final del Juego, ver link de Julito Cortázar en el índice de la derecha) era bastante incongruente a lo que él esperaba de la proyección de sus relatos. Sin embargo, algunos directores han incursionado con éxito en la producción de películas basadas en piezas de literatura; tal es el caso de Jhon Ford, Alfred Hitchcock y Stanley Kubrick por nombrar a los que más me atraen. Entonces, qué es lo que separa una buena adaptación de una pésima: básicamente, la visión del director; claro, salvando los problemas externos al artista y a su producto final. En tales términos la adaptación que Haskin hiciera de la novela de Wells, La Guerra de los Mundos, logró un tímido efectismo justamente por no alejarse demasiado del original pero también por ser bastante cucufata y no arriesgar en conflictos o situaciones que insinuasen algo diferente a lo que los gringos nos tienen acostumbrados: un ilusorio orden social, el estribillo hedonista de retroceder nunca rendirse jamás y amar a Dios por sobre todas las cosas y más todavía por sobre las que no tienen explicación. ¡Qué bodrio! No olvidemos que en el libro, en primera instancia, los que padecen las escenas de encierro en la derruida cabaña –Haskin pone a una pareja endeble; Spielberg al huachafo de Tom Cruise, su pequeña y engreída hija y a un demente– son un sacerdote y un filósofo; imagínense los diálogos metafísicos impresos en aquellas páginas. Aún así, Wells, inteligente, hace primar el instinto de supervivencia (como Spielberg) y hace que el filósofo mate al vicario enloquecido por su fervor religioso y presto a divulgarles su ubicación a los marcianos. Ahora lo bonito, ya que llegamos a los marcianos: si nos resultan cómicos los efectos visuales de este film, es porque fue hecho hace 48 años y además, porque nosotros gozamos de otra tecnología que nos embruja a su antojo. Por ello es por lo que no vale la pena referirse mucho a los rayos que muy ingeniosamente pulverizaban a la gente y sólo dejaba de ellas, en el piso, un rastro semejante al que dejaba Don Ramón luego de ser aplastado por El Señor Barriga; y es verdad, los rayos que disparaban los marcianos parecían extraídos de la rueda de un afilador de cuchillos. Tampoco abundaremos en los torpes movimientos de los tres únicos marcianos voladores que azotaban New Jersey, tierra de campesinos. Es obvio que Haskin no pudo resolver el famoso trípode de Wells, cosa que consiguió Spielberg y de manera bastante convincente; he allí que nunca aparecieron en el film de 1957, pues le fue más fácil simular que volaban (cosa que nunca ocurrió en el libro) que ponerlos ha andar. Aun así, en esta versión podemos apreciar el momento en que los cilindros caen sobre la tierra; el instante en que se abre la escotilla y aparecen los marcianos y luego, el ataque. Spielberg no muestra esta afinidad con Wells, sino que nos lleva más lejos todavía: los cilindros habían sido sembrados desde antes que el hombre habitara sobre la tierra. Una teoría muy alucinante para mi gusto, menos mediática, más pretenciosa y por ello bastante discutible. Tanto Haskin como Spielberg ignoraron el arma más letal y temida que portaban los marcianos según Wells: el gas negro que no era sino el veneno que envolvía con muerte las ciudades. Algo tan obscenamente tergiversado y bastante tonto por parte de Haskin en relación a Wells y a Spielberg, es que presume hallar la manera de vencer a los marcianos por medio de la elaboración de una sustancia virulenta. Unos científicos con más pinta de viciosos ludópatas de tragamonedas se encierran en una habitación y funjen ser los salvadores de la humanidad; propósito que casi logran de no ser por un accidente en el que se jugó el destino de la raza humana. Luego, el final vendría mejor resuelto. Más nítido. Con una previa suposición que instala al espectador en un mundo de posibilidades y no de dudas explicadas (como el de Spielberg) sólo por la misteriosa voz (Morgan Freeman emulando a Orson Welles) en off que aparece al final, cuando ya no queda nada más por ver que los créditos.
PD. Siguiente post para cerrar la saga: 2005 LA GUERRA DE SPIELBERG

6 Comments

  1. Hey óscar, me convocas a ver el film, que ya han visto mi niño y su papá, 2 veces.
    Dime, ¿viste ‘1984’?
    es como un círculo cinematográfico…
    esras películas, los libros y la cinefilia en acción.
    De allí sale algo sustancioso…

    Salutes óscar.

  2. Hey óscar, me convocas a ver el film, que ya han visto mi niño y su papá, 2 veces.
    Dime, ¿viste ‘1984’?
    es como un círculo cinematográfico…
    esras películas, los libros y la cinefilia en acción.
    De allí sale algo sustancioso…

    Salutes óscar.

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