DE CUBA, CON AMOR

BUENA VISTA SOCIAL CLUB (Alemania, 1999)
Dicen que en la vida, las más de las veces, funciona cierta regla de compensación. Algo de ello debe ser cierto, puesto que ya me estaba sintiendo muy mal por no haber podido ir al concierto de Omara Portuondo la semana pasada, cuando en el cable (Europa Europa), en pleno zapping morboso, hallé BUENA VISTA SOCIAL CLUB, el documental que hiciera Win Wender en 1999 sobre el disco premiado con el Grammy y que, además, les obsequiara a la crema y nata de la música cubana, su merecido desempolvo y reconocimiento.

Se trata de un grupo de amigos octogenarios y algunos mozos de ayer, adultos hoy, que antaño se reunían a tocar por el mero placer de hacer música y por qué no, a esperar a ver si la música hacía algo por ellos. Mientras tanto, seguían tocando, estudiando música –la mayoría– y bebiendo ron. Paseando por el malecón cubano mientras rompían las olas. Fumando habanos. Sembrando los campos. Recogiendo caña o vendiendo lo que fuera. Estirar el sombrero por algunas monedas. Rezarles a los santos traídos desde el Africa por sus antepasados, los mismos que les legaron la sangre traviesa que hace imposible que mantengan quietos los pies y la lengua y ¡azúcar! El tiempo transcurrió y ciertamente no sucedió mucho; al menos nada de tanta resonancia, hasta que se grabó dicho disco, luego la gira internacional y después el documental. Es decir, Compay Segundo, Ibrahim Ferrer, Omara Portuondo y compañía alabados como los más fuertes cimientos sobre los cuales descansa la tradición musical cubana, la misma que es difícil de rechazar, así no se hubiera nacido en la isla de Fidel o se viva fuera de ella.

Los ensayos, el color local, los encuentros callejeros en una Habana derruida pero que no ha perdido la sonrisa ni el salero, quedan plasmados, al vaivén de rumbas y boleros, en los pasajes del documental, tan inteligente como profesional, artístico y emotivo. Algo increíble: nadie podría creer que al borde del fin corpóreo de su vida, se le concedería el cumplimiento de un sueño. La América. Nueva York. El concierto de despedida en el codiciado Carnegie Hall. No dejaron de cautivarme las miradas inocentes y juguetonas de ellos, deambulando por las amplias calles neoyorkinas, empotrando los ojos en las vitrinas de los establecimientos; o Ibrahim Ferrer, sosteniendo una corriente cámara fotográfica, capturando tan sólo a la gente que cruzaba ante sus ojos, cuando las luces de los autos y de la ciudad empezaban a despertar con el ocaso, tras los rascacielos. Luego, el contraste con los interiores de su modesto departamento en el centro de La Habana. Su esposa y sus anécdotas. Tardes de dominó sobre una vetusta mesa a la sombra de un arbusto, un puro en los labios y la vida que se va como el viento que agita las hojas. Algunos ya se fueron antes que nosotros y me agrada pensar que lo han hecho con una sonrisa en los labios y un guaguancó. En definitiva, es un bello documental que no parece un documental, sino, el bien logrado hechizo que ha derramado vida sobre un álbum de fotos musicales y tal vez sea mejor hacerle caso a Ibrahim y guardar silencio, que están durmiendo los nardos, y las azucenas.

5 Comments

  1. Ver a Cuba como una ciudad detenida en el tiempo, las guaguas chapuzeadas por las olas y la increible vitalidad que deslumbra desde su pobreza. El documental también explora el ambiente de la Cuba actual. Canciones que parecen rescatadas del sueño de los abuelos, con toda la carga nostálgica de un baile interminable de aquella lejana Habana.

  2. Óscar, salutes.

    Ayer no entraban los comentarios en la madrugada…

    Este entrañable documental lo he visto
    tres veces. Y escucho las canciones con un placer … Queá maravilla.

    Tu post lo describe más que acertadamente.

    A Omara Portuondo, tampoco la vi…
    ¿Volverá a pasar por Lima?

    🙂

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