UN ZOOM AL SAXO Y LA REMINGTON

A propósito de construir literatura con técnicas del jazz, personalmente no creo en la rigidez del lenguaje. En un solo camino para expresarse. Tampoco en las escafandras que suelen formarse determinado arte, con lo que se pierde el buen aire o el veneno fuera del suyo y así se condenan a la putrefacción. Pienso que el lenguaje del arte es uno solo pero que tiene diversas formas de manifestarse, así como la especie humana. Somos una sola especie pero tan diferentes uno del otro. Cada cabeza es un universo. El concepto de “selección natural” también prima en el creador que es seducido por una manifestación artística, pero que no ha dejado de enamorarse de otra, o de las otras. Vale decir, que podemos pintar canciones, escribir poemas o historias sobre cuadros, componer música inducida por cierta escultura, formar acordes con los colores de una acuarela, etc. Luego viene lo audiovisual, que tiene el poder de ser totalizador, o al menos eso pretende, y forma adaptaciones fílmicas de libros, elabora documentales sobre biografías y demás. Lo digo en referencia al tema del jazz y la literatura, porque lo que Julio Cortázar hizo con el jazz fue traducir dicho lenguaje al de su narrativa. El cineasta argentino Manuel Antín, amigo personal de Julito, ha hecho en los setenta varias películas basadas en sus relatos (“Intimidad de los Parques”, “Circe”, “La Cifra Impar”); aunque la que más resonancia tuvo fue “Blow Up”, de Michelangelo Antonioni en 1966, por más que nunca acabó de gustarle a Cortázar, quien soñaba con que fuera Buñuel quien llevara una de sus historias al ecran. Hablando de formas del lenguaje. Después tenemos el film que Clint Eastwood hizo en el 88, una película basada en la biografía de Charlie Parker, llamada Bird, por el sobrenombre del músico. Hasta aquí, para este pequeño ejemplo de formas y lenguajes, tenemos una biografía (la de Charlie Parker), un estilo de música (el jazz), un literato (Cortázar con el cuento EL PERSEGUIDOR, homenajeando a Charlie Parker) y una película (BIRD, basada en la misma biografía). Para hablar de una columna vertebral de todo este racimo de manifestaciones, diremos que el jazz estuvo antes de Charlie Parker, pero sin Charlie Parker, su vida siempre bajo un halo de pesadumbre y su talento con el saxo alto, el jazz no hubiera sido lo que es. En buenas cuentas, creo que podríamos afirmar que el conjunto Charlie-Jazz es el eje de esto, el mismo que articula la versión literaria y la fílmica. Cortázar tradujo sonidos musicales en palabras bajo la forma de literatura, Eastwood tomó la biografía, es decir, información escrita sobre el músico, después de todo, letras. Charlie cogió el saxo y se fue por el mundo y por los mundos, pensando que nunca podría pertenecer al tiempo que lo devoraba y queriendo quedarse en algún sonido que sólo alcanzaba a oír dentro de él. Literatura. Cine. Jazz. Expresiones artísticas que no tienen por qué ser egoístas ni tímidas con su lenguaje, pues éste sólo se ha cambiado de ropa, a pesar que pareciera que habla distinto. Al final, un arte sin riesgo sería como estar vestido todos los días con el traje dominical. Aburrido. Incómodo. Encartonado. Pienso que el arte, haciendo una especie de analogía matemática, es como una ecuación indefinida que tiene varias soluciones momentáneas. Por supuesto que éstas podrían ser comprobadas, de un modo particular y acaso personal. Pero no importa, porque cuando el arte se empieza a explicar, comienza a desaparecer.

5 Comments

  1. Anónimo

    Por los libros collage de Julio Florentino andan sentidas, ingeniosas celebraciones -más que críticas- de Louis Armstrong, Thelonious Monk, Clifford Brown. En Rayuela -plagada de contraseñas culturales que por su entonación bordean el abismo de la pedantería si es que no se lanzan gozosamente a él- abundan las citas de jazz: el omnipresente Dippermouth, Ellington, su saxofonista Johnny Hodges, el pianista Earl Hines (uno de los favoritos de Cortázar), Jelly Roll Morton, Sonny Rollins, Bix Beiderbecke, Horace Silver, Kenny Clarke…Y siguen nombres. Eso sí, alternándose con los de Schönberg y Klee y Mondrian y Beckett y Crevel… Como si se quisiera demostrar que el autor y sus criaturas no en vano se cuentan entre los iluminados habitantes de la ciudad luz. O reconocerle al socarrón de Borges que el snobismo es la más sincera pasión argentina.
    Además, en uno de los capítulos de Rayuela se teoriza acerca de una presunta y especial universalidad del jazz: …una música que permitía reconocerse y estimarse en Copenhague como en Mendoza o en Ciudad del Cabo, o cualquier coordenada de Peruland, que acercaba a los adolescentes con sus discos bajo el brazo, que les daba nombres y melodías como cifras para reconocerse y adentrarse y sentirse menos solos rodeados de jefes de oficina, familias y amores infinitamente amargos…
    Es bien opinable si el jazz cumplió o no con tan ambigua función cultural, y vale la pena poner en juicio esa misma función cultural, más atribuible al rock/pop. Ambigua porque, más allá de los efectos bien apuntados por Cortázar, el imperio de esa universalidad -que le debe más a la geopolítica y la propiedad de los medios de producción y difusión que a la estética-, mantuvo por años sumergidas a expresiones como la chanson française, el fado, el flamenco o el tango.

Leave a Reply