ADIOS MADRID

ESTACIÓN DEL TREN
Aquellos días aún estaban bastante lejos de ser lo agitados y bulliciosos de ahora, o bien lo eran pero muy a su manera, sin que nosotros, todavía muchachos, nos percatáramos sino hasta bien entrada la noche, cuando invadíamos las calles del Rímac en hordas de enamoradas parejas las veces que salíamos del cine a ocultarnos en los edificios a robarle algunos besos a la chica que paseábamos abrazada a nosotros. Es de suponer que para ello las calles debían de estar libres de rejas y vigilantes, lo mismo que los ingresos a los edificios, y así era. También que podíamos escabullirnos en el mismo corazón de las plazoletas formadas por la ronda prismática de frontispicios medianos e idénticos de la Unidad Vecinal sin ser perseguidos ni asaltados.
En un distrito popular como el nuestro, al que en las Pampas de Amancaes Chabuca Granda enviara a su José Antonio a buscarle a su amada la hermosa flor que sólo allí crecía, los lujos de los centros comerciales en San Isidro y Miraflores eran canjeados por recorridos armoniosos por los parques floridos y estancias breves pero intensas en sus bancas o en las butacas del cine Madrid, un tanto incómodas y pulgosas, pero suficientes al fin. Los fines de semana, cuando se demoraban en cambiar la cartelera el día jueves, íbamos al cine Latino, en la avenida Tarapacá, a pocas cuadras del Madrid por Alcázar o cruzando el bosque de cemento que era la Unidad Vecinal, aunque ahí, la entrada costase unas monedas más y desde el mezanine nos arrojaran empaques vacíos de chocolates, papitas y refrescos. Otras veces, cuando lo que queríamos era caminar, llegábamos hasta el Perricholi, algo más modesto que el Madrid. Lo hacíamos después de recorrer el amplio pasadizo de la Alameda de los Descalzos y si quedaba tiempo, el Paseo de Aguas. Al salir de la función, sabedores de que los besos podían aguardar para otro día o después, caminábamos tomados de las manos por el Puente Trujillo sobre el río Rímac, y como si una inaudible voz para el resto se limitara a hablarnos sólo a nosotros, nos deteníamos acodados sobre las barandas oxidadas, observando los pequeños rápidos y cataratas que se habían formado por la crecida. Luego proseguíamos la marcha y doblábamos a la izquierda y penetrábamos por la espalda del Palacio de Gobierno rumbo a la estación de Desamparados, a esperar la puesta del sol que se hundía donde decían quedaba El Callao, inventándole biografías a los trenes y sus vagones frente a nosotros, sobre la rivera del río, y lejos de la cruz del cerro San Cristóbal que nos enfrentaba solitaria desde lo alto. La sonrisa de nuestra primera juventud vencía siempre los insuficientes atisbos de nuestro futuro y preocupaciones lejos uno del otro, en tiempos y lugares aún desconocidos e indeseados. Un poco tristes y callados retornábamos al barrio pasada la media hora de caminata, pensando en que el domingo estaba cediendo ante el lunes, que nos amenazaba desde un cercano futuro con la gente que ya pronto se perdía rumbo a sus hogares a pie, si no en los autobuses lentos y aburridos.

Hace dos noches, ambulando solitario en la madrugada del 25 de diciembre, quizás negando lo que hacía mucho se había confirmado ante mis ahora breves recorridos por las mismas calles y avenidas, entendí, finalmente, que somos habitantes de otro tiempo cuando no de otra realidad. Las iglesias evangélicas y congregaciones religiosas se han apoderado de los cines de barrio, de algunos colegios y bibliotecas ya no sólo en el Rímac, también en los distritos en los que los primeros cines, caso del Orrantia y San Isidro, han sido vilmente vencidos por la modernidad y el olvido. A la espalda de Palacio aún se yergue la estación ferroviaria, pero ya no podemos recorrerla libremente, pues los soldados lo impiden luego de que desde ahí cerca, años atrás, se lanzara una granada terrorista al patio de Pizarro. Entre los edificios de la Unidad Vecinal apenas pude caminar, puesto que esbeltas rejas protegían aun los más miserables corredores. Luego el consejo de una apesadumbrada pareja de custodios, que se sorprendió de verme caminar bajo la noche y entre los edificios cual si esto fuera un soleado bulevar. Vuelva a su casa, señor, que es Noche Buena y no tiente al diablo, que allá atrás, dos muchachos lo han estado siguiendo.

11 Comments

  1. Hola Pita, verás; me gustó tu post y nada. Vuelvo a comentar porque había perdido mi “agenda” donde tenía la contraseña de mi blog, jeje. ( pero ya la encontré o rescaté en todo caso) saludosssssssssssssssss.

  2. Anónimo

    Hola Oscar, Zenia desde:

    http://imaginados.blogia.com

    He caminado contigo en ese recorrido citadino. ¡Hay tanta belleza en el mundo¡. También mucha pobreza.
    Preciosos los zapatos del post anterior. Tengo un compañero de trabajo que siempre cuenta que le encanta escuchar el taconeo de las mujeres. Lo dice cuando yo le paso cerca. Y mi vanidad se enciende, aunque no soy bella ni mucho menos.
    Hoy ando con unos taconcitos modestos, pero que también repican… ja ja ja ja

  3. Me has hecho acordar de la terrible experiencia de perder el Cine Peru (hoy Saga). Con la modernidad hemos perdido muchas de esas cosas curiosas y sabrosas de antaño, por ejemplo al tio que pasaba en la moto o la bicicleta con los rollos de peliculas, para que se vieran en varios cines… a ese solo lo vi una vez, pero mis papás me cuentan de esos otros tiempos… felizmente todavia nos queda deambular y recordar.

    Saludos desde mi fortín

  4. El tema de la seguridad y de la pérdida de identidad es algo grave que parece que nunca nos va a dejar.
    Magada, me voy a dar una vuelta por la web de tu amiga y Anto, toda ciudad posee su pasdo tras las fachadas de neón y cristal. Joky, pensé que estabas muerto, veo que no es así, qué gusto.
    Zenia preciosa, acabo de oir tus tacos cerca a mi escritorio. Ireneo, gracis por descolgarte por acá, pero no sé que significa “rss”.
    A todos, felicidades.

  5. RECEITA DE ANO NOVO
    Carlos Drummond de Andrade

    Para você ganhar belíssimo Ano Novo
    cor do arco-íris, ou da cor da sua paz,
    Ano Novo sem comparação com todo o tempo já vivido
    (mal vivido talvez ou sem sentido)
    para você ganhar um ano
    não apenas pintado de novo, remendado às carreiras,
    mas novo nas sementinhas do vir-a-ser;
    novo
    até no coração das coisas menos percebidas
    (a começar pelo seu interior)
    novo, espontâneo, que de tão perfeito nem se nota,
    mas com ele se come, se passeia,
    se ama, se compreende, se trabalha,
    você não precisa beber champanha ou qualquer outra birita,
    não precisa expedir nem receber mensagens
    (planta recebe mensagens?
    passa telegramas?)

    Não precisa
    fazer lista de boas intenções
    para arquivá-las na gaveta.
    Não precisa chorar arrependido
    pelas besteiras consumidas
    nem parvamente acreditar
    que por decreto de esperança
    a partir de janeiro as coisas mudem
    e seja tudo claridade, recompensa,
    justiça entre os homens e as nações,
    liberdade com cheiro e gosto de pão matinal,
    direitos respeitados, começando
    pelo direito augusto de viver.

    Para ganhar um Ano Novo
    que mereça este nome,
    você, meu caro, tem de merecê-lo,
    tem de fazê-lo novo, eu sei que não é fácil,
    mas tente, experimente, consciente.
    É dentro de você que o Ano Novo
    cochila e espera desde sempre.

    FELIZ 2006, Santa.

  6. Anónimo

    Hola Oscar,

    Creo que si se trata de comentar tacos. Yo puedo opinar con propiedad, desde chico (a escondidas) me he probado todos los zapatos de mi mamá, de mi hermana. Ahora por vocación ambigua de mi novia me pongo sus zapatos.

    Buñuel a filmado esto con especial obsesion. También podriamos comentar Tacones Lejanos de Almodovar ¿no?

    Jorge

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