LOS CRÍMENES DE CHABROL

EL CARNICERO (Francia, 1969)

En el pequeño pueblo de Trémolat dentro de la región de Périgord, en plena campiña francesa, una soleada tarde y durante la recepción por la boda de su colega, Hélène, una solitaria y hermosa institutriz de escuela conoce a un tipo agradable; parco pero agradable. Luego de la boda y la presentación de los protagonistas, anteriormente seleccionados por un delicado zoom de entre los demás asistentes, hay un largo travelling de seguimiento frontal en el que Popaul (Jean Yanne) y Hélène (Stéphane Audran) hablan un poco cada uno de ellos mismos. Él, de profesión carnicero, no se amilana ni ante la belleza ni el intelecto de su nueva amiga. Además le diría que nunca fue bueno en matemáticas más sí en letras y que pronto le obsequiaría una excelente pierna de cordero, puesto que en ello, nadie mejor que él. Popoaul, igualmente, le confiesa haber sido soldado durante más de diez años de guerra y aunque lo detestaba, no se incomodaba ante los cadáveres y demás atrocidades propias del campo de batalla. La incipiente relación y candidez de la pareja sería el reflejo tanto de los temores del uno por el otro –a pesar de ser adultos– como de la monotonía y el tedio que cundía normalmente en aquel poblado de una sola panadería. El final de esta caminata concluiría en un plano hermoso que nos recuerda una escena semejante, preciosa y correcta, plasmada por Jean Vigo en “L’Atalante”. El universo equilibrado y parsimonioso en que todo se veía envuelto, pronto cedería ante la sorpresiva desaparición de una muchacha. Policías, sabuesos y detectives invadirían Trémolat y le robarían su acostumbrada tranquilidad. La muchacha aparecería asesinada entre los matorrales a los pocos días, con cortes producidos por una cuchilla común, de las que casi todos tenemos alguna. Desde entonces, ya todos saben que entre ellos, habita un asesino.

Claude Chabrol (París, 1930), uno de los mejores herederos de Hitchcock (pues coescribió con Eric Röhmer un libro sobre el cine de “el mago del suspense”), sabía muy bien que en el cine negro y más en el de ellos (Röhmer, Truffaut, Godard), el llamado Nouvelle Vague, las interrogantes deben ser planteadas desde el inicio y no tan solas ni burdamente expuestas, sino, con sus antagonistas: las posibles respuestas o soluciones. Digo “posibles” porque nunca se orientan hacía una única opción, necesariamente, y las veces en que esto es apreciado, por lo general sirve como elemento de distracción de la que sería la verdadera y con ello, el giro está dado y el nudo desatado, después. Producto obtenido y servido al espectador: una fina tensión que apenas nos deja apartar los ojos de la pantalla y, desde nuestras butacas, intentamos adelantarnos al interior de las habitaciones o callejones que en breve recorrerán nuestros personajes. Misterio y seducción; crímenes, morbo, juego de valores, acertijos: Cine Negro. No obstante, Chabrol, en “El Carnicero”, parece rebelarse ante los usuales procedimientos de este tipo de cine, no en su planteamiento sino en su desarrollo, puesto que si bien estamos al pendiente de hallar al asesino en serie que aterroriza a Trémolat (tarea nada difícil y así la ha pensado Chabrol que sea), lo que importa es la evolución y posterior desenlace de la relación entre Hélène y Popaul (posible asesino y “único” sospechoso para nosotros). Claude Chabrol, en esta oportunidad, utiliza muy bien su merecida reputación de ser un realizador escabroso y provocador para darle una vuelta de tuerca al problema policial e instalarnos en las mentes de la pareja protagonista. La destrucción de las ilusiones de ambos: las de la maestra: una joven mujer que parece haber renunciado a los placeres sentimentales y carnales, y esto por una decepción amorosa que sufrió hace poco. El hecho de que Hélène viva en los altos de la escuela, es una sutil muestra del simbolismo de Chabrol, pues con esto nos dice que ella ha renuciado, que se está ocultando del mundo, incluso del que habita en ella. Ahora, Hélène cree sentirse querida y amada, deseada pero por alguien de quien sospecha es un asesino. Popaul, confundido y enamorado de alguien a quien nunca le dirá que la ama y, sin embargo, corteja de una fría manera aunque sincera, en las que apenas si esboza una sonrisa; además, padeciendo por no poder contener el deseo de sangre en sus manos, las mismas que también anhelan el calor del rostro de Hélène; quizás, asesinando por no sentir correspondido su amor, un amor que no se atreve a confesar.

Los primeros planos serían, por lo general, de ellos y en esto, Chabrol es uno de los maestros, acompañándolos con breves y definidos diálogos entre ambos que, además, protagonizaron sus roles de una manera magnífica. Así, enfocando al uno cuando habla y luego, al otro cuando hace lo mismo o calla. Otras veces la cámara se posaría en lo que ambos ven y ello, sin abusar, es utilizado tan solo para hacernos partícipe del mismo silencio que nadie se atreve a romper o los pensamientos que no desean exteriorizar: un camino en medio de la noche que pareciera no querer llegar nunca al hospital; un ascensor que se cierra con el cuerpo herido dentro mientras que afuera, sólo las luces que indican la consecución de los pisos, se encienden mientras sube por el edificio: otra sutil simbología del último recorrido.

Ya en sus primero filmes (“El Bello Sergio”, “Los Primos”) Chabrol mostraba su intención de emular a Hitchcock en cuanto a las intrigas policíacas. Sin embargo, sería a finales de los sesenta que alcanzaría un estilo particular y notorio, evitando centrarse únicamente en la trama e intentando mostrar el entorno social de los lugares en donde se desarrollaba la historia, haciendo que dicho perfil sea el condicionante del comportamiento y las actitudes de sus personajes. Esto se pone de manifiesto en películas como “La Mujer Infiel” y “Accidente sin Huella”. En estos filmes es notoria la madurez del director parisino, no obstante, “El carnicero” es considerado por la crítica como “el film de Chabrol”. Por tanto, éste film viene a ser una buena muestra de tratamiento psicológico de iluminación y fotografía. De una orquestación que no nos atropella ni empuja, sino, que nos insinúa un posible sendero. Es una película en la que la teoría del Minimalismo encaja cómodamente, tanto en la trama como en la sucesión de las escenas y la corrección de los diálogos, como en la performance de los actores. La poesía no podía estar ausente en este film como tampoco en ninguno de Chabrol, (compartía esta fascinación con Röhmer, quien hallaba en Pasolini un antagonista al respecto) pero sin atosigarnos para no perder el cordón umbilical que nos alimenta de realidad. El amante y asesino desangrándose sobre la camilla, mientras esperan a que llegue el ascensor, le dice que la ama y le pide que lo bese. Ella, como esperando por años a que alguien se lo propusiera, se aproxima tímidamente a la camilla, se inclina suave y le imprime un beso temeroso en los labios quedos de Popaul, pálido e inerme; un beso que cortan los camilleros al introducirlo en el ascensor, que acaba de arribar.

Hace treinta y seis años que se estrenó “El Carnicero” y todavía nos sacude su fuerza sugestiva y su finura. La estrecha armonía entre la puesta en escena y la concepción del argumento bañan al film de varios momentos de perfección, los mismos que no son frecuentes de observar en el cine moderno. Claude Chabrol sabe que las necesidades de la sociedad nunca estarán alejadas de las del individuo, por ello ha elegido muy bien una trama policíaca y un drama amoroso para amalgamar los conflictos que por aislados cederían ante los “lugares comunes”. De otro lado, la simpleza con que se muestran hasta las más profundas situaciones, es una cátedra para los ahora enrevesados realizadores que grotescamente se extravían en juegos metatextuales o anacronismos primariosos en sus rodajes. Claude Chabrol ha probado ser uno de los más inteligentes “detectives” encargados de plasmar con realismo y corrección las más complicadas situaciones y aun en los silencios simbólicos llega a sobrecogernos de una manera tal que no sería posible por medio de una previsible explicación.

14 Comments

  1. Quizás el momento detonante de la película sea el hallazgo del encendedor en la escena del crimen. Este detalle, aunq pueda parecer pueril, se repite en La Mujer Infiel, donde un encendedor cumple la misma función. Me pareció un dato curioso al comienzo, pero en pélículas de este tipo y directores de este nivel no hay cabos sueltos.
    Un asesino encantador, un buen tipo, algo tímido y servicial. El carnicero representa la proximidad a la q convivimos de la locura, del crimen, del deseo.

  2. Pita, no se cuenta los finales de las películas sin advertir… aunque yo ya la habia visto.

    Si Chabrol no fuese director de cine, quizá sería sociólogo. Sus películas siempre tienen ese filo estudioso y mordaz sobre la sociedad sobretodo burguesa.

    El Carnicero es una gran pelicula por tratar sobre el amor antes que de la muerte o el crimen, porque hasta un asesino se enamora y renuncia por ese ideal. Otra película muy recomendable es “Que muera la bestia” si está programada este mes, no te la pierdas.

    Saludos

  3. Chabrol es un director impregnado de detalles. Todos ellos originados a partir del vaivén sicológico de sus personajes…
    Por eso sus tramas fluctúan por caminos, en apariencia, impredecibles; pero que, después de todo, retratan la inestabilidad de nuestra mente.

    Hace unos días vi un documental sobre Isabelle Huppert, una de sus actrices fetiche (y una de mis favoritas!), y era un goce ver a Chabrol dirigiendo a sus actores, con una pasión y sosiego (a la vez) que sólo un genio puede irradiar…
    en fin, ya platicaremos más sobre estas intnesidades que nos rodean.

    Estamos en contacto.

  4. Anónimo

    Saludos Oscar, Zenia desde:

    http://imaginados.blogia.com

    Me ha gustado este post, igual que los demás. Me encanta el suspense. Parece que las situaciones límite actúan sobre mi inconsciente y le ayudan a liberar endorfinas.
    Te confieso que las películas de Bruce Lee, aunque muchas veces simples y esquemáticas en el enfrentamiento entre el bien y el mal, despertaban en mí atracción, quizás por el vínculo que existe entre la música y las artes marciales, será por la libertad de movimientos del cuerpo, el desafío del equilibrio, en fin, aunque simples, algo les encontraba.

  5. Zenia, en este momento te imagino tiritando de frío en el caribe cubano (algo jalado de pelos que aún no creo). Así es, amiga, la música en todos lados, los enfrentamientos y Bruce Lee, además, aportaba la parte gestual y mística. Cuando subo a tu blog, el sistema se pone medio lento y a veces no puedo dejarte ni un saludo porque demora la respuesta. En ´fín, yo siempre insisto. Besos.

  6. Si es que cine europeo,especialmente el francés e italiano de ese espacio de tiempo en que alumbró magníficos cineastas, es una de las maravillas que tenemos. También en España tuvimos nuestros Chabrol, en la figura de un Buñuel indescriptible. Gracias por estas informaciones cinéfilas tan buenas.

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