LA VALIJA OLVIDADA

La paz de América del Sur nunca había sido tan apreciada por los países europeos como en los convulsos años cuando las Guerras Mundiales se hicieron de ellos. Más propiamente la Segunda que la Primera para lo que importa a esta crónica, en caso no sea ya una exageración o un error llamar así a lo que ustedes están leyendo y yo también, además de escribiendo. Benito Mussolini, el “duce”, estrechaba sonriente la mano de Hitler luego de que el ejército alemán desfilara bajo El Arco del Triunfo y con esto la Italia de Leopardi quedaba partida en dos. A decir verdad, había sido zanjada mucho antes, luego de que el rey Vittorio Emmanuelle III le cediera el poder al “duce” el día siguiente de la llamada “marcha sobre Roma”, el 29 de octubre de 1922. Cuatro años más tarde el régimen unipartidista del Gran Consejo Fascista llevaba las riendas de una Italia confundida y romántica. La península itálica, desde los campos, comenzó a vestirse con las nefastas Camisas Negras.

Una tarde de julio de 1940, el padre de Giussepe Grandi, que a la sazón vendría a ser mi bisabuelo, ingresó a su hogar vestido con una aún impecable y nueva gabardina negra que, además, lucía una esvástica apretándole el brazo izquierdo. Sostenía bajo el otro brazo y pegado a ese costado, pero sin que le quitase la pompa del pecho en donde colgaban relucientes medallas ganadas en siquiera teóricos combates, un paquete con pan, queso y morcilla que se repetiría cada mañana o tarde y a veces dos veces en un mismo día, en los próximos meses que nunca llegaron a sumar un año, hasta que una bala Aliada atravesó el delgado y lustroso metal de su casco y luego el cráneo y después el cerebro, cuando aguardaba agazapado por emboscar, según rezaba el parte militar, a una abultada patrulla enemiga que se aproximaba a donde estaban guarnecidos. Antes de que todo esto sucediera, es decir, antes de que el improvisado coronel muriese por bala enemiga en la cabeza y las bombas cayeran sobre Roma, se entristecía por las noches en su trinchera y también antes de que fuera destacado a ella, en su mesa del comedor familiar. Su casa, en pleno corazón de Roma (pues de la Fontana di Trevi a su barrio no habían más de siete u ocho cuadras, aún transitadas y simpáticas aunque pertrechadas), conservaba todavía cierta armonía a pesar de los estantes tan vacíos como la despensa, pues el pan, el queso y la morcilla se hacían nada en las cuatro bocas al llegar la noche; una casa, además, en cuyos balcones cada vez colgaba menos y más raída ropa y desde los cuales se veía, también, menos gente y más humaradas en lontananza, cada almuerzo se extrañaba la presencia del hijo mayor, mi abuelo, de quien nadie sabía nada desde hacía poco menos de un año y poco antes de que el pan, el queso y la morcilla fuera habitual en la casa de mis antepasados que todavía no sabían que lo serían de mí.

Mi abuelo, Giussepe Grandi, no se enteró de que mi bisabuelo llegó a ser coronel de el “duce” ni que le había volado los sesos una bala Aliada y que ahora creen no fue de los Aliados sino de la Resistencia, sino muchos años después de instalado en una modesta vivienda en Breña, un distrito popular limeño, con la que entonces todavía no era mi abuela pero lo sería veintidós años después. En ese momento mi abuela, que no lo era todavía, era madre de mi tío Marco y mamá de la mía que estaba en su vientre y esposa de mi abuelo de quien es su viuda ahora pero sin que entonces ninguno de los dos supieran que iban a tener un nieto al que se le ocurriría escribir sobre ellos bastante después de que mi abuelo llegara a Perú, propiamente a Lima, al puerto El Callao, al culminar su viaje en un vapor en el que ningún mal, ni aun la malaria, ni el hambre ni la sarna podía ser tan atroz como la guerra dejada a espaldas.

Confío en que ahora que hemos (no puedo dejar de incluirme en el hallazgo de mi abuela, puesto que si bien ella posee la memoria, yo todavía la fuerza de un hombre que entra en los treinta), digo, mi abuela ha desbaratado con sus recuerdos y yo con mis manos y un pequeño martillo, el interior y más aún el fondo en quincha y adobe de un antiguo closet en lo que es ahora un baño amplio, en la antigua casa de Breña en donde no hace mucho ha muerto una de las hermanas de mi abuela, la misma que hizo efectiva la hipoteca a causa de las deudas milenarias de mi abuelo, poco después de que muriera él en el setenta y ocho a causa de una cirrosis que le sigue causando rubor recordarla a mi abuela y a mi madre pero no mucho a mi tío Marco, también dado a la bebida. Confío, dije antes, en poder conocer algo más de él, del esposo de mi abuela que siquiera conocí para heredar su lengua original y ahora casi perderla porque mi abuela desea borrarlo todo, hasta su lengua, más ahora que su memoria, frágil a los ochenta y cinco años, se ha vuelto su cómplice. En ese closet, dentro de él pero detrás del muro que hacia las veces de su fondo, hemos hallado el pasado martes una valija empolvada, envuelta en una tela de tocuyo que ha sabido cumplir su misión, con la que dice mi abuela que su difunto esposo le dijo cuando aún no era su difunto ni su esposo ni pensaba que con ella formaría una familia, había salido de la Italia un verano allá por 1939. Una valija que atesora fragmentos de una historia, puesto que las fotos y las cartas, un diario llenado hasta los bordes y enfundado en cuero negro, unos botones dorados que seguramente alguna vez contuvieron el pecho de mi bisabuelo dentro de su polaca y un sombrero, pocas corbatas y tres encendedores y una raída Camisa Negra importantes antaño para alguien que ahora no los precisa porque está muerto y que cuando vivo, ya los había olvidado o pretendió hacerlo al encerrarlos en una valija, precisamente en esta valija, y antes también, no todo, ya había sido olvidado o postergado por su padre o quizás por su madre que se los legó a la muerte del marido, todo ello son fragmentos sólo para quien los hallase, para mi abuela y yo en este caso, que me he empecinado en reconstruir la historia incompleta de una vida que nunca terminó de ser, de la que me quedan unos dias al sol en la Costa Verde y hoscas frases italianas que entiendo a la perfección, aun así algo incompleto, puesto que siempre habrán fragmentos de ella, aquélla vida, que jamás fueron dichos en su momento y ahora con la muerte delante, nunca podrán ser dichos, a pesar de que exista alguien, en este caso yo, que crea sentirse parte de dicha historia, a pesar de no haberla vivido nunca.

18 Comments

  1. hola pita..
    te llame el sábado, pues teniamos una presentación en el coliseo inca..
    bien, te voy invitando para el 4 de febrero, en chaska, a la presentación del disco venenosa – azulejos.. que ya está terminado..
    saludos mano..
    tito

  2. Pita! yo perdiendo la cámara de mi padre y tu recuperando la maleta del abuelo, lo que son las cosas…

    La reconstrucción de las historias familiares, creo, le incumbe a todos los hijos de inmigrantes, una cuestion de desarraigo. Yo también ando tras las pistas perdidas de mi familia española. La historia del abuelo que se vino luego de ser artillero y prisionero de guerra por culpa de Franco y varias cosas más.

    Saludos Pita, me has dejado pensando, un dia de estos tomamos un café

  3. Hola Pita. Hay una historia similar en mi familia por parte de padre. Mi abuelo fue un soldado italiano que se enamoró de una quinceañera trujillana (mi abuela). Él falleció antes de nacer mi señor Padre. Mi abuela, pobrecita, embarazada y sin un céntimo, dio en adopción temporal a su hijo. Lo dio a una amiga y vecina que por entonces era solvente. Cuatro años después, ella, Gabi, regresó por su retoño, pero le fue negado. Esa historia ha sido velada por la familia adoptiva de mi padre y por él mismo, quien considera un hecho de “alta traición” contactarse con sus orígenes. Hace poco estuve tras la pista de mi abuela, aún no doy, pero no cesaré de buscar. La sangre llama a la sangre. Me dicen que tengo un primo idéntico ¿quién será?

    Saludos

  4. Que historia tienes detrás! el peso de la historia! deberías escribir un libro de generaciones, una narración en la que tu mismo te descubras a través de los tuyos; es muy lírico y nostálgico saber que somos el mar donde van a parar toods esos riachuelos… Fantástico Óscar

  5. Muy bueno el relato Pita. Me has hecho ensoñar acerca de mis orígenes. Aún busco el rastro del patriarca norteño de la familia. A veces lo imagino como un prodigioso preparador de chicha de jora y ceviches de caballa; y otras veces, como un eximio orfebre fabricador de huacos eróticos. El pasado es infinito.

  6. Lo conozco, de chico hablaba mucho con él. Él tiene un familiar, a quien siempre visita, en la misma cuadra de mi casa en la avenida del Ejército. Por aquellos días no era tan famoso como ahora, pero tocaba bien las canciones de Sui generis. La primera canción que parendí a tocar en ese tiempo, no por que me haya enseñado, fue Cancion para mi muerte. En ese tiempo no pasaban automóviles por la avenida y los árboles entrelazaban sus ramas en las copas. Las veredas estaban siempre alfombradas por pétalos naranja, rojos o rosáceos. Si mirabas bien, a veces veías puntos violeta. Pedro es un poco más bajo que yo, y es una personalidad entre down y Einstein, pero sobre todo, es bueno.

  7. Gracias a todos por colgarse de estas nubes que a veces son caprichosas. Zuriñe, de hecho es una posibilidad tomando forma y algo de este post flota en mi nuevo proyecto de novela. Es como lo que dice Alvaro, que distingo como un lector acucioso y no lo digo sólo por coincidir con él, fragmentos de algo algunas veces podría formar algo y ese algo, en el monento en que se halle, en que se forme, ya estará cambiando o sujeto a mutar por dentro y por fuera, aunque otros ojos y corazones sean quiene lo noten. La búsqueda empieza con la pérdida de algo. Lo difícil es saber si realmente nos importa lo perdido o si nos hemos percatado de que nos falta algo. Después, sólo queda un largo camino por recorrer.
    Gracias a todos y Xavier, espero que si algún día encuentras a tu pariente, el que hacía huacos eróticos, por favor, mantenlo lejos de mi departamento. Tal vez César, enamorado de Venus y Afrodita esté interesado en conocerlo y e todo caso, ahí anda Antolín, auqnue sin cámara, para testimonear la escena y quizá convertirla en un corto que alguna vez sería un largo. Adiós.

  8. Anónimo

    Hola Oscar,

    De repente la valija ya no es una valija, es tu puente (enfermadades incluídas), tu valija ya no es una valija si la miras bien es un espejo mirado “desde atras”, una suerte de maquinita del pasado o una moneda de oro.

    Me gusto lo que escribiste, saludos,
    Jorge

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