CIELO ROJO SOBRE BERLÍN

DER UNTERGANG
La Caída” (Alemania, 2004, 149 min.), narra lo que se supone sería una historia conocida desde el colegio, la derrota de la Germania nazi en la Segunda Guerra Mundial, aunque lejos de los cruentos y desgastados campos de batalla europeos. Así, el anzuelo de esta notable e inteligente realización es proponernos justamente un doble juego: avanzar sin tropiezos a través de un relato del que ya conocemos su final (la definitiva caída de Hitler), pero descubriendo y disfrutando de las intrigas, conspiraciones, esquizofrenias, frustraciones, paranoias y demás alteraciones en la cúpula del partido Nacionalsocialista (nazi), develadas todas ellas a la luz del tiempo por el testimonio de sobrevivientes a dicha barbarie (no olvidemos que ésta es una película basada en los libros de Joaquin Fest, Melissa Müller y Traudl Junge, secretaria personal ésta última del Fürer y muerta recientemente. De ahí proviene el tono documental por momentos). Dichas acciones (las alteraciones, interpretaciones) cumplirían la función de avivar y trastocar esa porción de la Historia que creíamos conocer, y en todo caso aceptamos que no existe vuelta atrás ante los episodios ocurridos antaño y en esa realidad, mas sí podríamos asimilar de una manera distinta dichos acontecimientos o lo que de ellos sabíamos, luego de conocer algo más de quienes los originaron, al menos del principal, Adolf Hitler, que no obstante nos cueste trabajo aceptarlo, también era un ser humano, uno anormal, pero humano, y esto es resaltado en el film, al punto de parecer, si es que no lo fue, la mayor preocupación del director, al menos en lo referente al eje narrativo. En tales circunstancias no es extraño advertir a Hitler casi siempre rodeado de gente. Parte de la culpa del líder del Tercer Reich quedaría disipada por la ciega obediencia de sus generales y ministros, idiotizados hasta el ridículo y no tanto por temor a perder la vida, puesto que más de uno estaba dispuesto a quitársela antes que claudicar. Algo que llamó mi atención y que no es nada regalado sino premeditado en el film, son aquellos enfermizos honores y lealtades; la palabra vale más que la vida y se cobra con ésta, a pesar de haber sido empeñada entonces en una causa que también ahora se distingue como perdida. Quitemos de ese costal a los pocos generales que se atrevieron a conspirar contra él (más que contra el Régimen, contra Hitler), aunque esto haya sido no por rebeldía ni por cordura ni cobardía, más bien por ambición de poder y oportunamente cuando el Fürer parecía endeble cuando no loco (“en una guerra como ésta, los civiles no cuentan”, “los bombardeos tienen algo positivo: es mejor retirar los escombros que retirarlo todo”), escondido con el saldo de su Plana Mayor, todavía leal, en un búnker bajo las calles de Berlín, atosigadas por la metralla del Ejército Rojo próximo a coparlo todo.

La Caída” es un film que ha sabido mantener el equilibrio entre locaciones exteriores e interiores, siendo las últimas las más requeridas durante el rodaje. La explicación salta a la vista, puesto que el tema central no es tanto la guerra sino cómo se vivía ésta en sus últimos días en el cuartel subterráneo y más aún, cómo la vivía Adolf Hitler ahí. Entonces, las escenas que trazaban el realismo bélico propiamente dicho, estaban en las calles, en los exteriores y dentro de ese anillo en torno a Berlín que los rusos día a día apretaban más ante un casi inoperante ejército alemán, apenas con municiones y combustible. Esto era suficiente para que el film no dejase de respirar del dinamismo tanto dramático como escénico (travelling, tomas cámara en mano, detalles apenas morbosos, etc.) propio de los documentales, encargados de reproducir la realidad, pero sin siquiera intentar robarle protagonismo al foco principal, el protagónico carácter del líder fascista que se resguardaba varios metros bajo tierra y no todavía muerto. Con esa misma consigna, la de mantener un “perfil bajo”, pareciera haber sido planteado el diseño cromático, puesto que si bien la película es a colores, estos apenas si se lucen en la gama de ocres y entre lo vetusto, salvaguardando muy bien la evidencia de la modernidad que respalda dicha producción. “Der Untergang” consigue encerrarnos en la impasible oscuridad de la mente de Adolf Hitler, en el ambiente claustrofóbico del búnker, en donde toda la tensión es apenas hipócritamente disipada por una aparente calma. Eva Braun, su amante y luego esposa, sería la encargada de organizar las borracheras y fiestas que se repetirían inclusive cerca al desenlace. Fiestas muy bien planteadas en su concepción artística, pero que dentro del engranaje dramático delataban algunas costuras que siempre son molestas. Lo mismo sucedió con las pequeñas historias paralelas –necesarias para enterarnos de que otros también tienen vida–, como la del niño perteneciente a la Juventud Nazi, que no aportó más que demoras al desarrollo de la historia.

Oliver Hirschbiegel, alemán y director del film, el mismo que cuando mozo abandonara sus estudios para trabajar de cocinero en un barco, y que después estudiase pintura y fotografía y luego experimentara con el cine, ha querido que todo sea apreciado desde cerca. Que el espectador le pierda miedo y respeto a la proyección y deje de ser un “vouyer” para convertirse en protagonista; por ello nos empuja sutilmente por medio de inquietos Primeros Planos a lo que ocurre en el écran, con un especial detalle y capricho en los diálogos que, mención aparte, fueron bastante correctos, además de atendidos por camarógrafos que rememoraban en sus movimientos y cuidados (cuando esto era necesario) el buen cine de los años cuarenta y cincuenta. No se podría decir lo mismo de la orquestación, ya que debido a la oculta vocación de documental del film, se prefirió, muy acertadamente, los sonidos naturales propios de lo que sucedía, y no tanto los temas musicales.

Sería injusto aseverar que únicamente Bruno Ganz, en el papel protagónico de Adolf Hitler, fue quien llevó sobre sus hombros el peso dramático del film. Sería injusto puesto que, a pesar de su brillante actuación, es un personaje diseñado para ser escuchado y no por sus generales sólo, sino también por su mujer, Eva Braun (encarnada en Julian Köhler, “Oso de Plata” a la mejor actriz) además de su secretaria Traudl (asumida por la joven y experimentada Alexandra María Lara) a quien le demuestra un afecto de corte casi paternal, algo casi imposible de imaginar en él, que además es mostrado en roles que lo figuran como un negado abuelo cariñoso, en el momento en que sostiene sobre su regazo a una de las pequeñas hijas de su patético Primer Ministro, mudadas con sus padres y hermanos dentro de aquel subterráneo refugio militar. En buenas cuentas se podría afirmar que el nivel de actuación en este film estuvo bastante parejo y sobresaliente, ya que hasta los personajes más parcos aun mudos, desarrollaron un excelente trabajo gestual que es tan importante como aprenderse su parte de un guión. Con todo, es imposible dejar de remarcar, y así de olvidar, la vitalidad de Bruno Ganz en un papel (Hitler) por demás complejo que no parecía serle extraño no obstante. Muy por el contrario, parecía creado, incluso físicamente, para él. No en vano este actor suizo es reconocido en Alemania por sus interpretaciones teatrales de numerosas obras de Shakespeare, sobre todo por “Hamlet” y “Macbeth”; después interesaría en el écran por sus actuaciones a finales de los setenta en filmes de Eric Rohmer (“La Marqueza de O”, 1976) y de Win Wenders (“El Amigo Americano”, 1977).

Ganz sabe mantener templado el pulso de su personaje incluso en los momentos en que no habla y se limita sólo a quedarse ensimismado viendo a un cuadro o algún plano de Europa que muestre a su Germania rodeada por los Bolcheviques. Uno de los mejores aciertos del director fue el hecho de que prefiriera renovar la tensión antes que estirarla hasta el hartazgo, luego de que Hitler no apareciese más. Esto es valioso considerando que, como dije antes, ya todos sabíamos qué fue lo que le sucedió. Por ello, los últimos episodios de “La Caída” están bañados de un extraño misticismo, de sentimientos encontrados, de asombro, de contraposiciones coyunturales en las que se aprecian, en una larga toma, ambas caras de la misma moneda: rusos y alemanes mirándose los rostros sin saber qué hacer. Luego, la señorita de entonces poco más de veintidós años, Traudl Junge, secretaria personal del Fürer y quien nos había narrado por tramos la historia, (aunque dicha narración haya sido devorada por el carácter mismo de la película y su planteamiento) se robaría la cámara y la luminosidad nunca antes vista, cerrando la película con un apacible y remoto paseo en bicicleta, con lo que se entiende el retorno a la paz, a una vida que jamás debió ser desperdiciada andando por un camino que también nunca debió ser recorrido.

12 Comments

  1. Bacán, Oscar, a ver si te das una vuelta, sería un buen motivo para charlar en persona…Viendo esa foto, el actor que encarna a Hitler, tiene un aire a Mario Benedetti(al menos en esa foto. Pero bueno habrá que verla.

  2. la guerra no es sino otra de las posibilidades de la humanidad. la historia acabará cuando se cristalizen todas ellas. las últimas pueden ser las que paralizen aún nuestros más íntimos temores.
    qué bueno saber de una pelicula que recuerde que los horrores de la segunda guerra vinieron de un hombre.

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