SEXO EN EL TRÓPICO

Hace dos noches, una de esas noches en que uno suele sentirse desprovisto de fuerzas para hacer lo que fuere, menos tumbarse sobre la cama o el sofá y engreírse con enfermizo zapping, me pareció ver en la pantalla de mi televisor y frente a mí, a un hermoso rostro femenino harto familiar. Estaba yo fatigado por una jornada que pensé en olvidar; por eso creo que no lo asimilé del todo. Aquellas fugaces facciones quedaron suspendidas de este lado, el mío, más que del otro, el del televisor. Más aún, quedaron así en lo que se llama en lenguaje cinematográfico Primer Primerísimo Plano (un encuadre a los ojos sólo), los ojos hermosos y misteriosos de Uma Thurman, la diva de Quentin Tarantino.

La dejé pasar. Mejor dicho, mi mal acostumbrado pulgar la cambió por un partido de fútbol de la Premier League.
Me detuve un instante, por inercia, en el ataque del Arsenal. Propiamente en una pirueta del francés Tierry Henry. No obstante pronto la voz del locutor argentino y las correrías laterales de los defensas del Aston Villa, preocupados, y de los delanteros del Arsenal, dispuestos en pleno ataque, se confundieron con la mirada de Uma Thurman que paseaba oronda detrás de mis ojos ahora, cuando yo todavía no estaba seguro de que hubiera sido ella, realmente, la que viera yo hace dos o tres canales atrás (casi anotó Henry luego de burlar a dos defensores, su disparo se estrelló contra el travesaño). Esa mirada, de haber sido la de Uma, no correspondía a la “femme fatale” de “Pulp Fiction”. Menos a la infalible asesina en “Kill Bill 1” ni en “Kill Bill 2”, sino a una escena de otro de los tantos filmes con ella y no de Tarantino. Una película imposible de conseguir en todo tipo de mercado (Negro y Blanco), y que siempre he añorado visionar. De ella, la película, únicamente guardo en la memoria, desde 1998, los ojos indiferentes y sensuales, adormilados pero atentos de June; quiero decir, de Uma Thurman, capturados en una imprecisa fotografía de “Henry and June”, el film de Kaufman de 1990, conseguida no sé cómo por un amigo mío, venido entonces desde Nueva York, y que ahora diseña modas en Pekín.

Indefectiblemente, y bastante en contra de algo arraigado en mí, es decir, arraigado en los partidos de fútbol europeo, volví a buscar a Uma Thurman dos canales atrás. Su voz; sus largos gestos; su retorcida sonrisa; su espigada anatomía y su tersa blancura que le escapaba a un escotado vestido oscuro a contraluz. Era ella. Sin dudas. Uma, de pie y aspirando delicada de un burgués pitillo de marfil, sosteniendo en su otra mano una copa colmada de lo que me pareció champagne, casi apoyada, casi acodada de espaldas sobre la barra de un doméstico bar, parlando con el protagonista de Henry Miller (inconfundible con ese sombrero) de algo que apenas empezaba yo a enterarme.

Era la Francia de 1934. Henry y June eran invitados de Anaís y de su esposo, un matrimonio nuevo y acomodado que gustaba, ella como escritora y él como lector, de la literatura y de lo que ese oficio, en aquellos tiempos, guardaba bajo la manga o en todo caso, mejor en este caso, bajo las faldas y dentro de los pantalones. Pronto Anaís Nin, a causa de un casual vouyerismo de las relaciones sexuales a tajo abierto entre Henry y June, empezaría a descubrir su lado salvaje. Una sexualidad que en ese instante, tímidamente, principiaba a encender los postergados deseos carnales de una mujer en pleno apogeo de su instinto sexual. Anaís cedería en breve a la fascinación de convertirse en June. Provocativa, segura, seductora. June quedaría enamorada de Anaís y en una posición sumisa pero educadora, a pesar de ser June una mujer posesiva e independiente, al menos con sus amantes y su esposo, el erotómano escritor Henry Miller.

A la partida de June a América, Anaís queda a cargo de los cuidados del esposo de su amante, el escritor Henry Miller; un tipo que nunca dejaba de fumar y que consigue descubrir en la tímida Anaís los dones de niña y de mujer que había perdido ya Uma, digo, June, al menos para él. Esto esbozaría un extraño triángulo amoroso. Henry Miller es el esposo de June; June tiene sexo con Henry pero más con Anaís, o quizás no más pero sí mejor o más placentero. Luego Anaís sería seducida por Henry (nada raro en el promiscuo escritor) y entonces llega a amarlo más que a su propio esposo pero menos que a June, al menos en las tórridas noches, tardes o mañanas cuando copulaba con el escritor: un tipo perturbado y perturbador. Todo esto sucedía a la sombra de la ausencia de June y a hurtadillas del “marrie” de Anaís, con quien consideraba esta última que le era infiel a Henry (jenri), su amante y escritor, pero no francés jugador del Arsenal, Henry (anrí), que seguro estaba corriendo detrás de un balón dos canales adelante, narrado en argentina voz mientras yo veía esta película.

La Francia previa a la Primera Guerra Mundial, y en la mira de Alemania, colmaba las calles de un París que festejaba el arte y el circo callejero, también el cine de Buñuel junto con los poemas y las actuaciones mudas de Artaud y las primeras fotografías de Brasaï. Anaís Nin escribía en tanto su diario personal. Unos escritos que muchos años después servirían para retratarla en el centro de una relación poco convencional. Su amante y amigo, además de guía literario, Henry Miller, estaba culminando el libro que venía escribiendo desde hacía poco más de tres años, “Trópico de Cáncer”. June había sido la inspiración, según dicha historia, si es que Miller admitiera en su literatura el término “inspiración” y no “móvil”. En todo caso, luego de las lecturas de sus Trópicos, no creo que Miller hubiera creído en toques divinos. Más bien me animo a pensar que Henry estaba convencido de pocas cosas. Me refiero a nuestro Henry el escritor y no el futbolista. Entre ellas, de que su talento fuera alguna vez reconocido mundialmente, como así ocurriera después (aunque en esto ambos Henry se parecen, cada cual en lo suyo: uno luego de pocos partidos en alguna Copa; el otro después de un libro prohibido por años). En fin, Uma Thurman lució fantástica, esplendorosa y de una femineidad tan natural como su voz engrosada, pero tan solo lo suficiente para mantener la armonía con su sensualidad y figura monumentales, pero sin dejar de anhelar, uno, que aquella voz salida de sus calmos labios, alguna vez pudiera susurrar siquiera algo nimio a nuestros oídos. Tal vez un simple bon jour.

Francia seguía en una tensa paz mientras el eco de los tambores de guerra se hacía sentir desde Berlín. Anaís Nin le haría prometer a otro fiel amigo (y amante), que su libro, el de ella, el diario que el director Kaufman cogiera muchos años después para plasmar esta película, fuera publicado únicamente luego de muerta. La pequeña y fogosa Anaís Nin murió, como todos alguna vez hemos de hacerlo; sin embargo dejó una obra que por el momento desconozco, aunque fuera ésta lo suficiente para agradecerle no por lo que aún ignoro, sino por entregarme los ojos misteriosos y tristes de una Uma Thurman tan femenina, a pesar de que ahora su única arma sea no un sable Samurai, sino su mirada laxa y un pitillo de marfil que sus labios besan, a pesar, también, de que le deba de agradecer yo al director o al encargado del “casting” más que a Anaís. Luego de que aparecieran los créditos, volví al canal deportivo en busca de Henry, pero ya trasmitían sólo la repetición de las mejores jugadas del encuentro. Entre ellas un Tiro Libre, cobrado por Henry, con efecto cambiado desde la derecha y por sobre la barrera a pocos pasos fuera del Área Grande, que el comentarista argentino postuló como candidato al Gol de la Fecha.

P.S. En Perú consulten la guía de Cable Mágico para el mes de febrero, creo que Cinemax fue quien la proyectó.

8 Comments

  1. Pura sensualidad: Anais, Uma. Pura fogosidad Jenri y Anrí. Aquellos felices años del filósofo Miller y la evanescente Nin que, además del que mencionas, tiene un libro de cuentos, pues entiendo que ella y Henry se ganaban unos pesos escribiendo cuentos para diarios, revistas y editores sin nombre. Por supuesto, cuentos eróticos.

  2. O post me fez lembrar as cenas. Como se o filme em minha memória, passasse novamente , quadro a quadro tendo o previlégio de tê-lo como narrador de tão forte encontro da arte , história e alma humana.

    Um grande beijo aqui do Brasil.

  3. Excelente.Muuuy excelente texto.Ví la “pela” en casi las mismas circunstancias; era muy tarde y, claro, venía de una noche especial. Creo que a esas horaspasan en verdad pelìculas que vale la pena mirar. No pasa nada con el día (reflexiono). Lo mismo me pasó -y esta vez en una noche especialísima- con Faraway so close, de win wenders. La película empieza con una toma increíble desde un avión o un ángel (cuál es la diferencia) en torno a la estatua del ángel en el centro de berlín. Berlín. Para qué os cuento.

  4. Precisamente Zuriñe has dado en el clavo con lo de la baba. Todavía me estoy limpiando la mía. Y como dice Julio, existe un libro de cuentos de Anaís Nin, el mismo que es difícil de conseguir, pero creo que no la web. Para mi amiga Santa de Brasil, le digo que es así como lo ha dicho, escenas que son diíciles de borrar, pero por hermosas y sensuales, con un respeto increíble a la belleza del cuerpo y a su libertad.
    Chicho, veo que hemos estado en las mismas, de alguna manera sintonizados. Provecho con Wenders, uno de los que rescato de aquella camada y sabes, a veces no existe mucha diferencia entre un ángel o un avión; y esto sucede frecuentemente cuando queremos ir más allá de aquél angel o avión.
    Saludos.

  5. Una película que me gustó mucho cuando la ví. Esa sensualidad que desprende en todas las tomas, las dos actrices que son magníficas, y ese mundo literario de París, tan explotado y tan snof. Toda una obra de arte para los sentido. Va a ir a parar al rincón esta reseña. Besos

  6. La gravedad Oscar. La gravedad, esa fuerza de cohesión que nos atornilla al mundo, es también la fuerza que despliega nuestras más elevadas capacidades, como la de amar. Bee Gees. Andy Gibb. No sé porqué lo menciono, es puro falcete, pero qué buenas canciones hicieron los hermanitos. ¿Y Olivia Newton John? No vino, pero estuve a punto de tomar un avión para besarla, y claro, hacerla profundamente mía.

  7. marcela

    sin duda una película exitante de principio a fin. deja entrever aquella sensualidad que llevamos dentro de cada mujer, que sin duda Anaís Nin nos enseño a conocer. “todas las mujeres llevamos algo de Anaís” gracias.
    Marcela

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