EL CUERPO DE LAS PALABRAS

Sucede que demasiado fácil es desbaratada nuestra agenda diaria. Basta realizar una acción no planeada. Quizás, con una simple llamada telefónica. O con la venida a la memoria de algo olvidado aunque necesario en momento inoportuno. Somos vulnerables a las comunicaciones. Más cuando éstas exigen algo de nosotros. Incluso obviadas, sabemos ya algo de ellas: que las hemos negado. Como el nombre o el número, antipático entonces, que destella en un celular y que no es atendido. Caso contrario, al contestar el teléfono o el intercomunicador. Al atender el llamado a la puerta. Y al recibir la correspondencia, sea ésta física o virtual. De este modo le cuentan a uno, en comunicaciones por debajo de la puerta, o bien en llamadas telefónicas o vía Internet (cuando no por diversos medios), algún comienzo, un final o una porción de alguna historia que quizá no nos corresponda enterarnos. O que nos rehusamos a practicarla. Ejemplo de ello son los mendigos o los vendedores. Incluso a los seres queridos se deja de amar un tanto: cuando con sus historias en nuestro oídos, pretenden aliviar sus pesares, en momentos en que no nos importa nada ajeno a nosotros. No obstante, una vez oída o leída la comunicación, ya nada es lo de antes. En cierto modo, todo se vuelve distinto. Sabemos que sabemos algo de más, pero no sabemos por qué ni para qué. Enseguida, quiérase o no, se piensa en consecuencias y soluciones, provocadas todas ellas por lo recién enterado. Más tarde, imaginamos el pasado de futuros actos, propios y extraños, llevados a cabo mentalmente desde la seguridad de nuestro presente. También quiérase o no, es bosquejado el presente nuestro y lo contiguo a él, planteado en circunstancias pretéritas, en que no nos habíamos enterado de nada todavía (sea por teléfono, correspondencia o en persona), cuando aún no éramos molestados.

Se confunde así nuestro presente con aquel pasado inmediato: el que pensamos por un momento, para ver lo que éramos, antes de que supiésemos algo de más (antes de la llamada, la correspondencia o la visita). No obstante, ese pasado, el recién imaginado sin noticias de nada ni de nadie aún, modifica al instante y sin reparos nuestra actual historia. Altera, además, nuestra perspectiva de las cosas venideras: pues las vemos ya no desde la objetividad que el presente les confiere, sino, desde un pasado que las demora. Creemos entonces no habernos enterado de nada, a pesar de que sí lo hicimos.
Ocurre que los tiempos gramaticales (el pasado, el presente y el futuro) poseen instinto caníbal, al menos cuando son administrados en nosotros, cual si fuera tiempo cronológico. El pasado devora sin respeto el presente que lo formó; con tan sólo intentar recordar algo. Desde el presente es engullido el futuro que no se desea andar, y con ello, postergamos o desviamos nuestros actos. Las historias conocen muy bien todo esto. Tal vez por eso disfrazan sus hechos, bajo la apariencia de palabras. También es sabido que las acciones engendran consecuencias imborrables; aunque tomen a veces, las acciones, la forma de palabras. Escritas o Pronunciadas. Se sabe, además, que una vez proferidas las palabras, y oídas por terceros, no se puede nunca devolverlas a la boca; cual una bala que fuera disparada, por accidente, o por voluntad propia.

4 Comments

  1. Y uno entonces va y oye, oye las más de las veces, tantas temoroso y tantas también halagado, nada es tan lisonjero en principio como estar en situación de conceder o negar algo, nada -eso también llega muy pronto-tan pegajoso y desagradable: saber, pensar que uno puede decir “Si” o “No” o “Ya veremos”; y “Tal vez”, “Voy a mirarlo”, “Te daré mañana una respuesta” o “Esto otro querré a cambio”…Javier Marías, “Tu rostro mañana” 2 Baile y sueño

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