ÓDIAME, POR PIEDAD

Estábamos hablando de cine y literatura la otra noche, y uno de mis amigos me preguntó cómo se pasa de lo “torcido” a lo “retorcido”. De momento vinieron muchas posibilidades que no voy a repetir acá, sino más bien, conversar en torno a situaciones que a mi gusto, siguieron ese camino. Situaciones literarias (algunas) que después fueron llevadas al cine. Una imagen vale más que mil palabras, reza la sentencia, y nadie se atreve a discutirla. Bien, en el caso que nos interesa, y para irnos metiendo por las ramas (por las espinas y los alambres de púas), podemos aseverar que la violencia es inherente al hombre. Cierto, lo es. El escritor Juan Carlos Onetti (Uruguay, 1909-1994), decía que en literatura existen tres grandes temas: la vida, la muerte y el amor. Y que todos los otros temas se desprenden de estos tres. Entonces, considerando el cine como una forma de literatura, podemos también asignarle los mismos tres temas referidos por Onetti (aunque Borges también lo decía, pero a su manera). En todo caso, ninguno de ellos (la vida, la muerte y el amor) es necesariamente ajeno a la violencia, y por el contrario, conviven con ella. Expresiones cinematográficas de cruda violencia las hay por montones en el llamado “cine gore” (“Matanza en Texas”, “2000 Maniacos”), pero esa violencia raya con lo fantástico, con lo terrorífico. Ya lo “retorcido” deja de ser tal en el “cine gore”, al ser exagerado (y no por eso necesariamente malo o despreciable). La violencia que perturba es la que surge en donde ésta no era esperada. La que uno cree ser capaz de padecer alguna vez o no cuesta mucho trabajo creerla verdadera. Trabajar ficción en torno a la violencia es morboso, es algo “torcido” que muchas veces copia a la realidad. Pero moldear la violencia en donde uno espera cualquier tipo de expresión, menos una violenta, es ya “retorcido”. Osea, lo “torcido” más una vuelta de tuerca. Por ejemplo, poner violencia en los actos de los niños, cuando estos se presumen siempre inocentes. Tal vez no hacerlos cometer acciones violentas, sino, hacerlos partícipe de ellas. Víctimas o testigos. Lo mismo con los adolescentes. Los códigos que en casa los padres desconocen, priman en la calle. Definen. El silencio es entonces necesario para formar un carácter que tal vez no se desee. Una personalidad que no rime con nosotros. El silencio y el dolor, propio o ajeno, son soportados hasta que algo se quiebra. Ahí están “El joven Törless” (1966), “El Señor de las Moscas” (en 1963 y luego en 1990), “La ciudad y Los Perros” (1985), “Solo contra sí mismo” (2003), etc. Luego, de corte antropológico, la mísera vida en las fabelas de Río de Janeiro, en que se aprecia el frágil hilo que divide la pobreza de la delincuencia: “Ciudad de Dios” (2002), acaso una versión moderda de “Los Olvidados” de Buñuel. En Colombia también hallamos un trato semejante de la violencia juvenil en las calles de Medellín: “La vendedora de rosas” (1998) de Víctor Gaviria, en que adolescentes sobreviven mediante la venta ambulante y el robo, en un mundo feroz donde cada día pueden ser asesinados y cuya única vía de escape está en las drogas y en la esperanza de encontrar un mundo mejor, al igual que les sucede a los asesinos a sueldo de “La virgen de los sicarios” (2000), dirigida por Barbet Schroeder basándose en la novela autobiográfica de Fernando Vallejo. Sería dificil estudiar antropológicamente episodios semejantes, debido a la casi imposibilidad de que algún testigo sobreviviera para compilar la cruda y violenta realidad reinante a la sombra del silencio. Por ello es que las soluciones cinematogràficas no divagan en lo que la ciencia no podría realizar, sino, que centran el foco y el problema en uno o dos personajes (el joven Törless, “el poeta” o “el jaguar” de Vargas Llosa, etc.) para retratar el trasfondo que siempre se escabulle de la totalidad y de la veracidad. Héroes y antihéroes viviendo en ciudades reales, episodios copiados de lo cotidiano; violencia, mentiras y abandono que no podrían nunca ser plasmados por completo, ni siquera con cámaras escondidas ni infiltrados. Entonces podríamos aplicar al final de esta nota, un concepto de Win Wenders en su texto La Memoria de las Imágenes: «El cine es, en mayor medida que las otras artes, un documento histórico de nuestro tiempo. El que llaman séptimo arte es capaz como ningún otro de captar la esencia de las cosas, de captar la atmósfera y las corrientes de su tiempo, y de expresar sus esperanzas, sus angustias y sus deseos en un lenguaje universalmente comprensible».

3 Comments

  1. hola Oscar,si deseas saber más sobre la revista “Renacimiento” puedes ir a la pagina web: http://www.editorialrenacimiento.com/
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    saludos:
    amigo

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