DE MANHATTAN A BUCKINGHAM

MATCH POINT
(Woody Allen, 2005, Reino Unido, 123 min.)
Cuando un director ha hecho de una ciudad su hogar, y de un estilo musical su inconfundible firma sonora, en este caso de Nueva York y del jazz, verlo fuera de esas calles y bares y sin esa música a la que nos había acostumbrado, resulta toda una novedad; pero también nos obliga, aunque sea un poco y al principio, a no ser tan majaderos y desperezarnos y mudarnos con él y sus discos al otro lado del mundo: a Londres.
No será la primera vez que Woody Allen incluye en su reparto a los hijos de Gran Bretaña. En “Hanna y sus hermanas” laureada en 1986 estuvo Michael Caine y además, la música de Giacomo Puccini. En 2004 estuvieron las entonces buenas promesas Chiwetel Ejiofor y Jonny Lee Millar como protagonistas en “Melinda y Melinda”. Y tampoco desentonaron. Ojo: yo pensaba que Allen veníase repitiendo desde hacía mucho y de modo intermitente, pero en 2004 con “Melinda” volvió a atraparme, y quizá porque afloró ahí atinadamente el literato que en él habita. Ese mismo literato, aunque no tan juguetón ni experimental pero sí astuto e inteligente, es el que ha plasmado en 2005 una historia de estructura lineal, “Match Point”, que no posee los giros y vericuetos tan descarados y funcionales que vimos en su antecesora. De acuerdo. No obstante “Match Point” posee otros atributos y de distinto orden emocional de los antes vistos en el cine de Allen.

“Match Point” narra los conflictos de Chris Wilton, un joven arribista y ex–promesa del tenis profesional vuelto luego un simple instructor, con el inmediato círculo social que lo rodeaba: su aristocrática esposa, su cuñado y la hermosa enamorada de éste último, Nola Rice, quien se convertiría más que en la manzana de la discordia, en el objeto de su deseo. Hay quienes destacan, y otros que lo critican, el empleo del azar en el argumento de este film. Para mí, el azar no fue poco más que un mero pretexto del director para poner en marcha su historia, pues más figura como excusa para dar rienda suelta a los verdaderos instintos e intrigas propios del ser humano. Eso sí, negados y postergados, pero jamás desconocidos. Por eso “Match Point” guarda una apariencia de “estado virginal”, a pesar de los atentados contra la moral social. Es sabido lo conservadora que es la sociedad inglesa, al menos la que aparece en las postales. Entonces, las relaciones de pareja que quitan el sueño a Woody Allen, al plasmarse no en Brooklyn ni en Manhattan ni en el Bronx ni en calle alguna de La Gran Manzana, sino en Belgravia, Marylebone, Notting Hill, Chelsea, Covent Garden y aun en una casa de campo situada en el condado de Buckingham, le otorgan al film un tono more polite, pero no menos insidioso. El apuesto y calculador Chris, suma y resta rápidamente y determina que su miserable vida pasada es una opción que él debe de negarse. Nola, aunque no con la determinación de Chris y sin la venia de su futura suegra, anda en lo mismo pero con su novio. Lo inevitable, cantado desde la primera toma en que Chris y Nola coinciden, devorándose con sus miradas, no demora en suceder. La traición. La infidelidad. El deseo que vence a la moral. Después, las mentiras, como un cotidiano e imperceptible manto, vienen para cubrir las culpas y esconder a los demás lo que uno jamás podrá ocultarse.

Ahora bien, el tema estético en esta 36º película de Allen, respira de una madurez propia de quien conoce sus fortalezas y debilidades. No le ha importado al director de “Manhattan” sacrificar un poco de tensión inicial por unos naturales recorridos en torno a la historia y a sus personajes. Como decimos en novela: no se ha apurado. Incluso nos ha planteado unas provocativas y mesuradas escenas de sexo (inusuales en él), que lejos de contribuir a lo burdo, supieron imprimirle a la trama la dosis necesaria de animalidad que escondemos los humanos bajo las vestiduras, así sean estas finas ropas adquiridas en El Corte Inglés. También se ha preocupado por mostrarnos a su héroe (o antihéroe), quien soporta la carga dramática de la cinta, el joven y atribulado Chris, encarnado por un comprometido Jonathan Rhys, como una víctima de esa tragedia en que parece haberse convertido su vida, víctima de un destino no tan al azar. Ese es el doble juego de Woody Allen: pecar no es malo pero hay que saber disimularlo. Y mejor, ocultarlo para siempre, de ser necesario (más en la última media hora de película). Y qué mejor orquestación para una tragedia que la ópera clásica. Woody es un melómano y esto no es nada nuevo. Tragedia era igual a Chris, en “Match Point”. La ópera clásica será siempre asociada a las tragedias. La voz de Enrico Caruso y otros, interpretando a Verdi y a Donizetti, acompañaban a las reflexiones y a las acciones principales de Chris, padeciendo. ¡Voilà! Agregando, los filtros más el clima propio de Londres en verano y otoño, enriquecieron la fotografía, siempre estupenda y clásica en Allen. Y también sirvió para remarcar las notorias diferencias sentimentales: el departamento de casado de Chris, era amplio y frío, paredes amplias y doble altura, un loft con vista al río a través de esbeltos ventanales; en cambio, la habitación de Nola (Scarlett Johansson bien metida en su personaje), era cálida, madera en los estantes y libros y velas y una pequeña ventana, insinuada apenas por un tul que los escondía del mundo mientras pecaban.

Curiosamente, esos pecados son los que sobre la mitad del film, imprimirían un spring que nunca nos soltaría hasta el final. Así, podría aseverar que “Match Point” está planteada como una novela de dos grandes capítulos, en los que una llamada telefónica de Nola a Chris, comunicando una inesperada noticia, cierra el primero y abre el segundo, otorgándole una dinámica sorpresiva y un fresco cambio de punto vista. También, que en ese segundo capítulo, más próximo a Hitchcock y a Godard que al mismo Allen, los últimos treinta minutos de la historia, son definitivos.
Woody Allen parece plantearse en “Match Point” interrogantes de orden existencial respecto a la culpa misma, más que a las acciones que llevaron a sentirnos culpables. Así, no es de gratis que al inicio de la historia, en casa de los entonces futuros suegros de Chris, el padre de la novia comente con su hija que Chris le parece un chico agradable y que incluso han sostenido una interesante charla sobre Dostoievski (una pequeña miga dejada en el camino del espectador). Esquirlas de “Crimen y Castigo” se perciben en el conjunto del film, no tanto en la estructura como en los paralelos ideológicos pero claro, instalados en el siglo XXI y no en el XIX, en Inglaterra y no en Rusia. ¿Acaso Chris es convertido por Allen en un moderno y egoísta Raskolnikof? Tantas respuestas como silencios y contradicciones vienen con esa inocente interrogante. Más todavía al recordar que Allen dijo alguna vez: “Solo existen dos cosas importantes en la vida. La primera es el sexo y la segunda no me acuerdo”. Aunque luego de volver con “Melinda y Melinda” y “Match Point”, ya parece haberlo recordado.

11 Comments

  1. Estupenda y asombrosa reseña que voy a poner en el Rincón, a pesar de que hay otra de Match Point, pero son las dos diferentes. Muy literaria tu crítica, y esas son las que a mi me gustan también. Porque hablar de la sensación que te produce un filme es como la que te produce un libro, y contarlo en clave literaria es como transcribir la poesía de que habla la película. Un abrazo

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