N. B. MOTHER

A principios del último invierno empecé a recibir una singular correspondencia de alguien que firmaba “N.B. Mother”, a secas. Supuse, y en ese momento sabía que mi suposición podría ser algo más débil que una simple suposición, que se trataba de una mujer, aunque esto bien podría ser falso. No obstante me reconfortaba figurar que una admiradora se había animado a romper el hielo y escribirme. Antojos de mi vanidad. Quería que se tratase de una mujer joven y hermosa, poseedora de cierto aire intelectual que suele acentuar las féminas líneas de un cuerpo bien formado. Me enamoré falsamente de su sonrisa furtiva, hermosa y discreta, y de su voz abandonada a las notas del vino y el tabaco, que tampoco sabía si le apetecían. Con el trajinar de nuestras epístolas, la dama que me había imaginado fue cediendo ante otra, esbozada por su trémula caligrafía y su obsoleto sentido del humor. Es decir, alguien que en palabras a tinta y en cursiva letra corrida y en lengua inglesa no conseguía arrancarme una completa sonrisa, cuando esa intención era la que se adivinaba del texto, no podía ser tan hermosa ni tan joven y menos, intelectual. Y digo esto tan solo para no ahondar en las manchas de grasa o café que venían salpicadas en dichas hojas desde Norteamérica, junto a una ortografía que algunas veces me parecía intolerable. Aún así, bajo el peso de mi férrea educación, sus cartas fueron respondidas y enviadas, como de costumbre, a una casilla postal en Phoenix. Jamás cometí la indiscreción de preguntarle cómo había conseguido mi domicilio. En parte no lo hice para no delatar cierta estupidez o ignorancia y más, por no ser descortés. Durante las primeras comunicaciones que cursamos, me limitaba a aclararle (o a inquirirle, según el caso) algunos detalles que parecían habérsele pasado por alto (o yo no había notado, en el otro caso) en algunas películas de Hitchcock, a quien descubrí que N. B. Mother le guardaba cierta ojeriza. Me asombró en un par de cartas con algunas dilucidaciones de orden escénico que, aunque ya eran de mi entero conocimiento, no creí a su alcance. Entonces yo me contenía y le reponía mis argumentos con un tufo gazmoñero. No comprendía entonces (y tampoco hoy) por qué prefería enviarme cartas empleando el servicio postal y no la Internet, como es usual en este tiempo, más porque me consta que ella domina este tipo de comunicación, pues es una de mis frecuentes comentaristas en mi blog. Y de momento tampoco dudé si gustaba del cine o si podía leer castellano (como saben, yo redacto este blog en castellano, aunque bien podría hacerlo en inglés, francés o italiano). Con el silencio de mis respuestas y suposiciones, vinieron aparentes confirmaciones. La mujer era mayor y sí gustaba del cine o mantenía (de una forma que me era velada) una relación con el acontecer del Séptimo Arte. Más con el llamado Clásico que con el Contemporáneo. Poco antes de que nuestra epistolar relación se entibiase, el sentido del humor de N. B. Mother cobró un realce inusitado, para luego desaparecer en el más profundo silencio; y aquel silencio me parecía doblemente mudo, ya que N. B. Mother había borrado no sólo su existencia virtual, sino que además, me había hecho depender del rítmico tráfico de nuestros escritos. Imploraba porque el cartero volviese a llamar a mi puerta cada veinte o veintiún días. Pero jamás volvió, y sólo me dejó una angustia que por ella tiene nombre y apellido y fecha en mi calendario. Recuerdo, de una de sus mejores cartas (que me he tomado la molestia de releer las veces en que una brisa de nostalgia parecía empujarme hacia Phoenix, el hogar anónimo de N. B. Mother), que me escribió sobre la cleptómana enamorada de su queridísimo hijo, custodio y administrador de un hotel de carretera junto a la casa en que ella hacía su vida. En ella me contaba que la muchacha también leía mi blog y que no podía despegar los ojos de estas páginas casi en ningún momento. Me pareció perturbador que alguien subordinase su vida a lo que uno buenamente escribía en la Internet. No me halagó, sino que me hizo reflexionar sobre historias vistas, creídas y asimiladas. Me dijo, también en la misma carta que acabo de cerrar hace un momento, de la que he extraído la foto que he escaneado y colgado arriba, que su hijo no era culpable de nada y que, por el contrario, era ella la culpable de la toma que todos recordamos (de la foto que me envió y que yo, repito, he colgado aquí para ustedes), pues capturó el instante en que le gastó una broma a su provisional nuera mientras tomaba una ducha en ese hotel de carretera, al amenazarla con cambiar Nuvolaglia de la pantalla de su portátil y la joven, fuera de sí, visiblemente afectada por la Internet, le gritara: “Don’t you change that page!”

3 Comments

  1. Sam

    La historia es entretenida. Lo que me llama la atención de todo esto es saber porqué a algunos nos atraen tanto los anónimos.

    Ahora que alguien me deja mensajes que no logro descifrar me quedo pensando en quién carajos puede verte, quién te observa y tú no te das ni cuenta. Quién se convierte, a la vez, en lector de tus cartas y quién se vuelve adicto a ellas.

    N.B. Mother, will you come back?

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