LA GRANDE FESTA DELL’ITALIA

Excedido en las celebraciones por la conquista del tetracampeonato italiano (cuatro estrellitas en su escudo), con una resaca que todavía se rehúsa a dejarme quieta la cabeza, creo que no queda mucho por escribir al respecto, pues la efervescencia de ver la Copa alzada por Cannavaro, gritándole al mundo que el fútbol italiano es más grande que los problemas y denuncias en el Calciopoli, lo vale todo. No es ningún secreto que Italia era mi gran favorita, (y Portugal mi equipo sorpresa y la Juve, es la Juve, aunque sea en la Serie B) por eso no escatimé en realizar varias apuestas que como suponen, ya he ganado y comenzado a cobrar desde la tarde del domingo. En mi familia nos queda alegría futbolera para cuatro años, otros cuatro años que, a diferencia de los primeros por España 82, en que yo era demasiado pequeño para asimilar como se debe semejante euforia campeona, pienso disfrutar de refilón, por aquella sangre itálica de mis abuelos. También nos queda la cada vez más irreal posibilidad de ver nuestra Selección Peruana en el próximo Mundial, Sudáfrica 2010. Con Alemania 2006 concluyen además mis vacaciones. Las mañanas de ocio y letargo esperando la transmisión de los partidos, el anotar los resultados y jugar con las probabilidades, husmear en la Internet por noticias al respecto, jugar los mismos encuentros pero en Winning Eleven, leer los periódicos deportivos y coleccionar artículos y fotos interesantes, etc. El Mundo se detuvo por cuarenta días o acomodó su ritmo al del Mundial. Yo estoy en el Mundo y más que detenerme o acomodar mi ritmo al del Mundial, me inventé un ritmo de vida que ahora me cuesta abandonar. Trabajo. Madrugar. Recibos por pagar y una renta que no perdona. Responsabilidades. Mundo real. Vivir. Volvemos entonces también a lo nuestro. Al cine y la literatura. Al arte. A los mundos que se forman o formamos para hacernos olvidar un poquito éste que pisamos. Olvidarlo o verlo distinto. Fútbol. Goles. Sangre italiana que se festejó y remojó en cervezas y vinos como nunca antes se había hecho en casa de mi nonna ni en ninguna otra de mi familia. Fotos de familiares míos abrazados por sobre sus diferencias, gritando los goles y jugándose la vida en cada comentario. Mi abuela bebiendo vino sin entender lo que era un “fuera de juego”. Hermandad. Eso fue lo que más me agradó del Mundial. Más todavía porque después de terminado, sabemos que nos queda un mundo capaz de abrazarse sin distinciones; más todavía, porque ese mundo, al menos durante los próximos cuattro anni, será un mondo d’azzurro.

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