ESTAS PALABRAS TUYAS

Si estos hubieran sido los años noventa y no el principio del siglo XXI, pensaba anoche, ya me hubiera volcado a las calles, a buscar a un par de amigos y sortear la Alameda de los Descalzos y luego el puente Trujillo por sobre las aguas del río Rímac (a cuya vera crecen aún entre villorrios y fumaderos las herrumbrosas vías del Ferrocarril Central, indiferente a la Casa de Pizarro), para al fin arribar a las lúgubres callejas del Centro de Lima y tomar por asalto una esquina cualquiera (en realidad nos encantaba una a pocos metros del ingreso del Cordano, en que entrada la madrugada y afiebrados de poesía y de noche, esperábamos hasta el alba por ver salir macerado de pisco a un Martín Adán vuelto a la vida por nosotros, abrigado por su raído gabán). Nos hubiéramos quedado sentados en el piso con las piernas recogidas y con algún alcohol entre manos y subrayados libros de poesía, a leerlos en voz queda, casi extinta, sólo para nosotros y para las sombras alcohólicas que nos cruzarían como aparecidos. De haber sido la anoche de ayer, seis de setiembre, una noche de los noventa, aquel manoseado libro de poesía hubiera sido alguno de Wáshington Delgado; tal vez el primero que tuve y que luego perdiera en una apuesta absurda: “Formas de la Ausencia” editado por Cuadernos Trimestrales de Poesía en 1965, una verdadera joya, y no sólo por el contenido, sino porque además, en aquella época, esa edición era inconseguible: sus páginas amarillentas, su delgadez, su olor a poeta oculto en imprentas.
Mas luego regresé por mi nostálgico recorrido y reparé en que en aquella soñada noche del seis de setiembre de los noventa, Wáshington Delgado estaba vivo todavía, y en todo caso el tributo no hubiera sido para él, sino, quizás, para alguno de mis amigos, que por entonces empezaban a publicar unas plaquetas que pasados sus veinte años, ahora, la madurez y el pudor no les permite mostrárselas a nadie. Quizá hubiésemos leído aquella noche, como era usual, a Martín Adán (a pesar de no estar frente al mar, sino frente al Cordano) o a Sologuren (también vivo, entonces) o a Pessoa o a Montale o a Leopardi (pues leer a los franceses en la calle, ya no era lo mismo que antes). Quizás, de haber sabido que un seis de setiembre de algún año futuro y, obviamente, distinto al de esa noche, Wáshington Delgado moriría enfermo, sin poder reconocer a nadie ni hablar ni siquiera gesticular desde la víspera a su deceso, sí lo hubiésemos leído sentados en aquella esquina y no nos hubiera importado mucho no ver salir a Martín Adán, porque hubiéramos estado leyendo con fervor de nigrománticos sus versos para así, tal vez, espantar a la muerte que, sin saberlo en ese momento con exactitud, se cerniría sobre nuestro poeta el seis de setiembre de 2003, a sus setenticinco años. Pero mi noche, es decir, la de anoche, no fue una de los noventa sino una del nuevo siglo, además, mis amigos de entonces ya han muerto prematuramente a mano propia o en las del destino o están en algún país a un océano de distancia y por lo que sé, de los vivos, ya ninguno, incluso yo, escribe poesía. No obstante, a pesar de no haberme escapado a ninguna calle a la noche, pues algo me detuvo a la salida de mi departamento; quizá el saber que una sola soledad en una esquina, aferrándose a las ausencias que el viento anuncia, no es romántica sino ridícula o dolosa, más todavía cuando esa esquina, anoche, quedaba bastante lejos de la anhelada. Opté por no salir. Por no ver a nadie. Por no llamar a nadie. Por no responderle el teléfono a nadie y por no hacer nada que no sea leer, leer ya no en esa esquina cerca al Cordano ni en los noventa, sino leer en la solitaria escalera que entrega a mi hasta anoche desconocida azotea, a Wáshington Delgado. Leer “Un Mundo Dividido”. Lo leí hasta que mis ojos se hicieron páginas; hasta que a media madrugada, entre ladridos y maullidos y parcos sonidos de autos y silbatos de los serenos, Wáshington Delgado se convirtió en uno de sus versos, en “alguna forma, alguna breve forma de tristeza donde tanta memoria permanece”.

6 Comments

  1. Anónimo

    Hola Óscar,

    Me has hecho acordar amargamente de la presencia de la muerte. No puede ser de otra manera. Hay quienes no deberían morir nunca y otros que urgen matarse.

    Me ha gustado mucho lo que escribiste sobre Wáshington.

    A propósito, y creo que ya lo habías escrito en otro post, hay una larga entrevista hecha a Wáshington por Alberto Alarcón que ha sido recientemente publicada en una revista local de literatura. La revista se llama La Mosca Ingrávida. Merece ser leída.

    Jorge

  2. Tres años ya de su partida, pero no hay mejor manera de trascender que mediante el legado que nos dejò, su presencia viva, palpable en cada verso, en cada jugosa palabra, como Formas de ausencia de un alma errante, que siempre anduvo por pàramos desconocidos y se encontro al fin con su destino. Como su poema: Encadenado a su sueño de Libertad.

    U_U
    Un maestro. Uno de mis poetas favoritos….

  3. Gracias a uds. por compartir desde vuestras trincheras con el poeta pintor de ausencias, W.D. Gracias.

    Jorge, lo de la revista. añgo me han dicho, y creo que es el título de un poemario trunco de Alberto Alarcón; trunco o creo jamás editado por el poeta centrícola.
    Jack, tantas cosas se ven postergadas casi por siempre.
    Cortavenas, gracias a ti por refrescarme la memoria.
    Magda bella, te encantará WD.

  4. Anónimo

    oscar, ya sabes que soy un salvaje, he perdido mi correo por no visitarlo, y ahora que entrè a lamoscaingràvida@ tengo la suerte de encontrarte.
    Lo de WD està excelente. Esa pluma tuya se va afinando y creo que ya mucha gente ewspera cada vez mnàs de ti.
    Saliò la MOSCA. Ya hablaremos sobvre eso, un abrazo. Alberto

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