El Círculo (Jafar Panahi, 2000)

En esta parte del mundo hablar del cine iraní (¿se habla del cine iraní?), es hablar mayormente de Abbas Kiarostami y de su discípulo, Jafar Panahi. En el cine de ambos directores se respira abiertamente la influencia del neorrealismo italiano (nacido oficialmente en 1945, con Roma, ciudad abierta, de Rossellini): tanto del llamado “crónica cinematográfica” (un cine marcadamente objetivo, de poca vinculación con el imaginario fílmico), al que pertenecen, entre otros, De Sica y Rossellini; así como del que llevaba la “etiqueta” de neorrealista como punto de referencia para instalar en sus personajes una carga social de crítica, pisando terrenos de lo melodramático y llegando a convertirse, por el tratamiento de sus argumentos (drama=realismo social; comedia=realismo rosa) en cine de género, como el cine de Visconti y Comencini, por ejemplo. No obstante, el tipo de neorrealismo que parece primar en El Círculo, película ganadora del León de Oro en el Festival de Venecia 2000, es el que busca colisionar la realidad interior del hombre con la realidad exterior, destructora del individuo desde el simple hecho de operar bajo factores standar. A este cine podemos asociar a Fellini, Pasolini, Antonioni, al mismo De Sica (muchos directores de entonces recorrían más de una forma de neorrealismo). Así, Jafar Panahi es propenso al gusto por las pequeñas victorias o los triunfos personales que, en cierta manera, se toman como serían tomados en olor de multitudes. El mismo tratamiento es aplicado a las derrotas. Y ambos casos, quizás por el dramatismo que alcanzan en sociedades fundamentalistas los actos más simples incluso, es inevitable contemplarlos cual epopeyas.

El Círculo retrata crudamente, sin adornos ni embelesamientos, el recorrido de las vidas de mujeres con un obscuro y desconocido pasado, en un mismo día en una ciudad iraní, en que sus destinos, insospechadamente, se cruzan. Una mujer en una pública sala de partos, pensando en cualquier cosa menos en lo distinto que sería el futuro imaginado por ella ni bien alumbrase a una niña y no a un varón, como le fuera vaticinado, y a ese varón que nunca llegaría esperaba el padre y la familia de éste y la madre de la parturienta, quien al enterarse antes que todos de lo traído al mundo por su hija, huye de ahí, lamentando el aciago porvenir que incluso alcanzaría a su ya indeseada nieta. En la calle, tres mujeres en libertad condicional buscan no tener que regresar a prisión; una de ellas es detenida por la policía en una confusión y de las otras dos, la menor tiene que partir en autobús rumbo a su tierra, donde esperaba ser hallada jamás; y de la tercera, no se sabrá nada hasta el final. Una imprudencia de la viajera la dejaría sin documentos, lanzada a su suerte, en el Centro de la ciudad custodiada por la policía, mintiendo, arriesgándose a ser descubierta y padecer por ello, de ser aprehendida, castigos severísimos. Una cuarta amiga, ausente mientras las otras tres estaban juntas todavía, será solicitada por la viajera metida en aprietos. Esta cuarta mujer, también compañera de prisión, prófuga y refugiada en la casa paterna, será golpeada y expulsada de su hogar por sus hermanos debido al deshonor de cobijar en el vientre un hijo sin padre. Entonces, se volcará a las calles tan solo con un bolso a buscar a una amiga, esperanzada en que ésta le practique un aborto. En las calles, al caer la noche, su destino se cruzará con el de otra mujer que, agazapada tras un auto, observa desde la otra acera a su pequeña hija, a quién ha abandonado ahí, aguardando que alguien la recoja y se la lleve.El Círculo está plagado de triunfos aislados y momentáneos que guardan, sin saberlo, derrotas duraderas. Es el trazado de los destinos de mujeres atormentadas por un pasado, perseguidas por culpas y errores que nunca llegaremos a enterarnos. Ese límite de información es el que nos insta a mantenernos atentos al presente que recorremos en complicidad con ellas, siendo capaces de quitarle hierro a sus desconocidos pasados procesables al compadecerlas por sus momentos luctuosos vividos ante nosotros. Panahi consigue penetrar, de manera simple pero profunda, con su conocido estilo minimalista, en el desigual e inviolable orden político-social islámico en que la mujer (al menos vista con ojos occidentales) vive a la sombra de un sistema que la condena como un accesorio del hombre, y por tanto, de la sociedad. En forma silente, con recorridos de corte documental, las diferencias entre cultura y civilización empiezan a asomarse para luego agigantarse con el correr de la historia, o de las historias, que en un final preciso (quizás lo más cinematográfico del film, pero sin traicionar su ideal estético), para no resbalar en lo mórbido, terminan de cerrar aquel círculo metafórico planteado por el director.

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