UNA MAÑANA DE VIEJO

Por diversos motivos había estado posponiendo mis incursiones, al menos la primera, a la constante Feria de Libro de Viejo, tan bien ordenada por la Cámara Peruana del Libro, reubicada desde hace un poco tiempo atrás junto al Campo Ferial Amazonas, en la alta rivera del río Rímac, junto al Puente Balta. Desde allí, algo imposible de ignorar por ser inherente al variopinto paisaje de la Lima de antaño que ha sobrevivido al arribo de la modernidad, se domina la robusta Plaza de Toros de Acho, el paternal Cerro San Cristóbal con su inmensa cruz sobre Lima, y las vías del herrumbroso ferrocarril, que al medio día redobla por unos románticos minutos bajo los pies de quienes ambulan por la Feria, al paso festivo de una locomotora que arrastra vagones rebosantes de carbón y rostros ennegrecidos. Cuatro horas de pesquisa, de una incompleta pero agradable pesquisa, me dejaron con algunos títulos en las manos. Cosa obvia, por ninguno pagué más de veinte soles, y ahora que lo menciono, sólo pagué veinte soles por una edición exquisita de Aguilar de 1961, de su colección Obras Escogidas en muy buen estado, en este caso, de Thomas Mann, en lomo empastado, que contenía uno de mis imprescindibles, “Los Buddenbrook” junto a “Alteza Real” y “Señor y Pedro”; tres obras del Premio Nobel de 1929 en una edición de colección, de quien el librero (que he olvidado su nombre mas no su rostro y su locuacidad), un tipo amable de al menos setenta años, me dijo que no le faltaba ni una coma y cuya traducción, es una de las mejores (cosa curiosa, me quedé charlando cerca de una hora con este simpático caballero acerca de cuando en Lima los tranvías y de las putas en la época de Odría y de que Martín Adán era amigo de su padre y etcétera. Me pidió que volviera así no le comprase nada; pues creí haberle caído en gracias y me dijo, que a sus años, sería bastante tonto que se fuera a la tumba sin contarle a un muchacho herido por la literatura, las andanzas de un viejo burdelero que jamás escribió un libro, no obstante, haberse devorado miles y haber compartido carpeta en San Marcos con ilustres narradores, ensayistas y poetas. Le prometí volver a cambio de que me separase, o escondiera de los ojos del resto, tres obras de Valle Inclán, casi extintas en cualquier parte). Seguí mi recorrido más animado y me hice de otra perla: quizá los orígenes de la llamada e irrepetible Generación del 50, un libro titulado “Poesía Peruana”, editado en 1951 por el Ministerio de Educación Pública (desaparecido actualmente, o disfrazado con otro nombre y menos entusiasmo), que contenía los mejores trabajos presentados –a juicio de la Comisión Técnica– al Premio ‘José Santos Chocano’ de 1949, ellos son ‘La Torre de los Alucinados’ (Premio Nacional de Poesía) por Alejandro Romualdo Valle; ‘Máscara del que duerme’, por Sebastián Salazar Bondy; ‘Agonía del Amor’, por Demetrio Quiroz-Malca (Cruz del Risco); y algunos poemas de ‘Los Cantos Elementales’ por Luis Nieto (Orimar) y de ‘Marianita Coronel’ por Luis Valle Goycochea (Juan Volatín). Cabe mencionar que la Comisión Técnica en aquella ocasión estuvo conformada por Manuel Beltroy, Aurelio Miró Quesada y Luis Jaime Cisneros. Y también de poesía peruana, pero de los sesenta y setenta, en una edición actualizada de 2000 y con fotos de algunos poemas inéditos (‘Grande es mi dolor / que en lo alto está / sereno lo contemplo / pues no me asusta ya’), ‘Los Poemas del Ropero’, de Luis Hernández. Entre hallazgos narrativos, en la colección ‘Best Sellers’ de Oveja Negra, encontré a la mejor amiga de Capote, Harper Lee, quien al igual que

J. D. Salinger, no concede entrevistas y vive retirada tras haber escrito una única novela Matar a un ruiseñor (To kill a mockinbird); escrita en 1960, que obtuvo el premio Pulitzer el año siguiente y que fue llevada al cine por Robert Mulligan en una memorable película galardonada con tres Premios Oscar en 1962 y protagonizada por Gregory Peck en el papel de Atticus Finch y Mary Badham como Scoutque le valió el Pulitzer”. Cuánto te cuesta cuánto te vale ‘Matar a un Ruiseñor’: cuatro soles. Y el éxtasis: una impecable y muy conservada edición de ‘El Lamento de Portnoy’, de Philip Roth, de 1969, de la Editorial Grijalbo, a diez soles. Bueno, y el lunes a la noche, entre jazz y cervezas, me hice del poemario de mi buena amiga Erika Almenara, presentado en sociedad en esa noche, llamado ‘Reino Cerrado’, del que se me hace difícil no volver a leerlo y hundirme en ese mundo tan suyo que ha sembrado de misterio y cuestiones Erika Almenara, quien administra el blog Little girl in blue. Como verán, ha sido más un inicio de semana literaria que cinéfila, por no hablar de la próxima Feria del Libro en Chile ni del homenaje a la poesía peruana en Uruguay. Nos vemos.

*En la foto, El Puente Balta, construído en 1870; al fondo, El Cerro San Cristóbal y más próximo, las vías del ferrocarríl.

5 Comments

  1. Así no, pues. Así no vale. Eso de privarle al resto la impotente (e imponente) congoja de mirar, siquiera, sin poder comprar es de acaparadores. Un poco que me decepciona usted, Oscar.
    Al margen del a vuela pluma que inicia este comentario, hace buen tiempo que no caigo por Amazonas, donde antes siempre estaba (hasta que me estalló en las narices una rinitis alérgica del carajo).
    Habrá que dar un paseíto por allá, aunque solo sea para recoger los pasos.

  2. Sabes, curioseando un poco más en la feria de Amazonas tambien puedes encontrar cosas sobre cine. Gracias a los libreros, me he podido surtir de biografias de Buñuel, Hitchcock, Visconti, Chaplin, Griffith, Godard, guiones de Fellini, Antonioni, Dreyer (las que lanzó Alianza Editorial), revistas como Hablemos de Cine (eso SI es oro en polvo),textos de la U. de Lima (críticas de Desiderio Blanco, Huayhuaca), el gran Cabrera Infante. Es una suerte porque los libros de cine son casi inaccesibles por los precios. Y tu articulo me ha hecho recordar que hace un tiempo regentaba con mi padre un puestito de metal instalado primero en la Av. Grau y luego en Amazonas, donde nos dedicábamos a este noble oficio de la venta-reventa de cultura “al alcance del pueblo”. jaja. Hay mucho que contar.

  3. Y yo que andaba “prejuiciado” y cada vez que iba sobre un puesto de venta de libros lo hacía con la espada desenvainada no fuera que el “ígnaro” comerciante me apurara con el “¿Vas a comprar, causita?”.
    Oye, Rodrigo, alguno de los libros míos posiblemente me los hayas vendido tú.
    Un vendedor informado y al tanto de lo que ofrece es lo que más escasea, generalmente, en las ferias de libros (creo recordar a dos o tres de Grau o de Amazonas).
    Por supuesto que si el vendedor está al tanto, incluso, de lo que no tiene en venta, mucho mejor.

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