EL IMPERIO DE LA VENTANA

Referente al Séptimo Arte, en lo que ando más flojo es en cine japonés. No obstante, aunque sea difícil de creer, mi primer acercamiento al cine de Nagisa Oshima sucedió cuando yo contaba apenas algo de siete años, y nada menos que con “El Imperio de los sentidos”. Me explico. No es que mi madre fuera una mujer irresponsable, sino, todo lo contrario. Ella trabajaba entonces en la avenida Tacna, en el tercer o cuarto piso del coloso que todavía permanece erguido y empolvado frente al clásico, y ahora venido a menos, cine que recibe el mismo nombre de dicha avenida. Recuerdo que aquella tarde estuve bajo los cuidados de una de sus alumnas de aquel cenecape de cosmetología en que mi madre trabajaba, pues ella, joven y traviesa entonces, dada al cine, la poesía y todo lo que decían prohibido, se escapó de la vigilia de mi padre y de mi abuela, y de la Directora misma para cruzar la pista agobiada de humeantes microbuses para escabullirse, de cuatro a seis, en algún rincón de la obscura garganta del mezanine, a ver la polémica película. Cosa curiosa, todavía me queda grabada en la memoria la inusual gigantografía derramada sobre la fachada del cine, la misma que podía apreciarse desde el frente, a través de los ventanales y balcones de las aulas en que mi madre dictaba cátedra de estilismo, en donde yo pasaba algunas tardes, embutido de chocolates, provisto de soldados, aviones y carritos que tomaban por asalto los pasillos y las escaleras, e incluso el añejo ascensor. Yo no conseguiría ver “El Imperio de los Sentidos”, que mi madre jamás comentó delante de mi padre ni de mi abuela, ni tampoco delante de la Directora, sino muchos años después; en los años en que uno despierta al sexo y las mujeres mayores no nos lo parecen tanto. Valgan verdades, creo que no me gustó mucho verla a finales de los ochenta; pues era irrefutable para mi pendenciera cofradía, experta en sobornos a los boleteros de los cines del Centro de Lima, que “La doble boca de Érika” o “Tabú” eran inconmensurablemente, y en todo aspecto, superiores a esa pareja de chinos que se cortaban todo entre polvo y polvo. Algo totalmente desatinado de aseverar cuando a uno le alcanzan los años que nunca pensó llegar a tener y le crece el gusto por el Cine; más todavía cuando es la madre de uno quien le explica que detrás de esa brutalidad, de esa barbarie y desenfreno sexual que sólo las mentes chatas pudieran catalogar de pornografía, se esconde todo un discurso de crítica social, de incomprensión y de reflexión. Y que en esa película los amantes afiebrados de sexo a tal punto de matar y morir por la sublimación de sus pasiones, existieron en la realidad. Más todavía cuando es la madre de uno quien, como recién salida de muchas funciones, le dice a uno, con un café y un cigarro en las manos, que Nagisa Oshima siempre fue un provocador, un tipo de izquierdas que se interesó siempre por los marginales, que tiene incluso documentales en los que se aprecia el drama de los soldados coreanos obligados a servir en el ejército japonés, y que, de otra parte, la estética, Oshima es una especie de Bergman oriental: pues acaso no le he dado una lectura al “Séptimo Sello” en “El Imperio de la Pasión”, filmada por Oshima en 1978 con fondos franceses, luego de la fama en Europa de su predecesora, “El Imperio de los Sentidos”. Bergman. Oshima. Creo que no es difícil adivinar un próximo post.

4 Comments

  1. Anónimo

    Hola
    Muy buen texto.. Me imagino toda la escena en el centro de Lima, hiper contaminado y congestionado de los ochentas (hasta hoy). Y en medio de todo ver nada menos que “El imperio de los sentidos”. Yo la vi no hace muchos años, ya en plena pasión cinéfila y me encantó. A la edad en que la viste debió ser todo un shock de la infancia.. Saludos

    P.D. Gracias por tus comentarios… Si, me importa mucho que las películas que comento esten accesibles a la gente. Ya sabes que viviendo en el Perú la única manera de ver pelis raras es bajándolas de Internet.

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