EL FANTASMA DEL MONTE HATCHO

Nagisa Oshima (Japón, 1932), graduado en Historia Política por la Universidad de Kioto, afirma que el sexo y el crimen son los dos impulsos más violentos del ser humano. Asimilar el crimen como un impulso violento y más, como uno de los más violentos del ser humano, no es difícil de entender en occidente; cosa que no sucede con el sexo. Justamente a la luz de la modernidad y la ciencia, se ha descubierto que tanto el dolor como el placer excitan la misma zona del cerebro, y esto no lo sabía Oshima, ¿o sí? Crimen y sexo. No obstante, “los dos impulsos más violentos del ser humano” han sido el móvil o preocupación, de una forma u otra, del quehacer cinematográfico de este bizarro director japonés. Desde finales de los años cincuenta hasta los noventa, Nagisa Oshima ha filmado una treintena de largometrajes y algunos cortometrajes y documentales en los que su encarnada visión del abuso, el crimen y el erotismo, junto a su vocación de esteta, lo han instalado para siempre en la Historia del Cine. La película más conocida que ha dirigido es, en definitiva, “El Imperio de los Sentidos” de 1976, filme que lo dio a conocer al Mundo. Sin embargo, una de mis favoritas por sobre la archiconocida, de las que he podido ver, es una estupenda película no tan difundida entre nosotros: la adaptación de la novela de Kenzaburo Oé “La Presa”, de 1961, filmada luego de que un polémico filme suyo, el año anterior, lo enfrentara con los dueños del estudio, motivándolo a crear su propia productora, Sozosha, bajo la que realizaría el cine que realmente le importaba. “La Presa” es un desgarrador filme que es imposible apartar de la realidad, a pesar de la poesía que se derrama en su realización: narra la historia de un piloto afroamericano que, durante la Segunda Guerra Mundial, cae en una aldea japonesa y es capturado, visto y tratado cual si fuera un horripilante animal, esbozando los más cruentos conflictos raciales que todavía nos agobian. Del otro lado, por la orilla del erotismo, que nunca está alejada del arcén de la violencia, Oshima empleó el sexo como vehículo para develar los sentimientos ocultos y reprimidos por los tratados sociales, fue su documento palpitante de denuncias. Abrió heridas que demoraban en cerrarse ante nuestros ojos, formulándonos interrogantes acerca de nosotros mismos, de una porción nuestra reflejada en aquellos personajes que por un momento, en un respiro, una agonía, no nos parecieron tan distintos de nosotros, y con eso el dolor se volvía universal.
A este tipo de poética pertenece “El Imperio de la Pasión” de 1978. Un filme que desde el título hacía referencia a su reconocido hermano mayor, de 1976. Incluso la más discreta de las sinópsis que pudieran hallar al respecto, viene anunciando una muerte que no es importante en sí misma, ni menos reveladora, sino, necesaria para que el mecanismo interno del film se eche a andar; y quizás deba a ello su manejo tan previsible ante ese inicial desenlace: Gisaburo es un repartidor ambulante en la aldea Hatcho, casado con una mujer joven llamada Seki. La esposa y su amante Toyoji, un soldado que terminaba de cumplir el servicio militar, asesinan a Gisaburo y lo arrojan a un pozo en el bosque. Al poco tiempo, el fantasma de Gisaburo empieza a acosarlos sin respiro. Una vez más, los juegos de la moral se confunden con los enredos pasionales. El devenir entre el deber y el desear. Todo hace suponer que al placer inmediato no existe el temor; pero qué sucede cuando esos temores o placeres dan cuenta de una vida ajena e inocencete a todo ello. Oshima parece plantear en “El Imperio de la Pasión” una de los grandes dilemas que también, en su momento, atormentaba la consciencia de Igmar Bergman: nuestra vida cotidiana gobernada por hilos que persistimos en negar; como los psicológicos, los metafísicos, los religiosos, los morales, los pasionales, etc., como lo manifestara en “Persona” y “La Pasión de Ana” por ejemplo, aunque en “El Imperio de la Pasión” Oshima, muy a su estilo más apurado, parece rendirle culto a “El Séptimo Sello”: ahí está el esposo que retorna desde ultratumba; tenemos también un pueblo aislado, pero al pie del monte Hatcho, como salido o escapado de un cuento de hadas o de terror; percibimos el tratamiento teatral de los diálogos y las escenificaciones y más, algo bastante agradable, la pasión por la luz y esa fotografía que parecía incontenible. El gusto por lo desolado y nunca en completa oscuridad. Siempre alguien oyendo lo de otros. Ninguna certeza parece la apropiada; no obstante siempre se resuelve por algo. Oshima recurre en este film, además, al drama de “Edipo Rey”. Y pienso que lo hace para enlazar el mundo de lo fantástico con lo real, que es lo que a él finalmente le importa retratar, o desdibujar. Y de aquella realidad, amparado en el drama de Sófocles, nos plantea el tema de la justicia terrena por sobre la etérea o infernal. Una película que articula con naturalidad el abundante simbolismo argumental (el hijo menor es testigo silente de los estropicios de la madre infiel y asesina) y el escénico (la toma de ambos amantes enfangados en el pozo, o de ella siendo el centro de un círculo de fuego en su casa, o de ambos amantes abrazados a contraluz, unidos en sus resignaciones) y esto, es difícil de conseguir. Más todavía cuando se trata de un cine en que la cámara es un actor preponderante, pero siempre, amigo de la literatura que se percibe en cada detalle.
Oshima, ganador con este film del premio a Mejor Director Cannes 1978, resuelve el final en cinco minutos, a la cadencia de una pausada y femenina voz en off, cual si fuera el final de una historia que nos ha sido relatada por una mujer mayor venida de ese mundo lejano, en que varios años después, cuando los árboles del monte Hatcho… perdieron de nuevo su follaje, el invierno devoró la pequeña aldea. Una capa de nieve parecía aislarla del resto del mundo, aunque no alcance esa espesa nieve para alejarla de nuestros recuerdos.

7 Comments

  1. Buen artículo Oscar. Yo también tengo una de Oshima que jamás olvidaré, y es probablemente una de sus películas de mayor éxito comercial. El casting es impresionante: Takeshi Kitano, David Bowie, Ryuchi Sakamoto y Tom Conti. ¿Qué más se puede pedir? Creo que en el Perú se estrenó como Furyo; y en el extranjero bajo el título de Merry Christmas Mr. Lawrence. Una cosa más… ¿el de arriba es superhéroe?

  2. Rodrigo

    Quiero recomendar otro titulo del maestro Oshima: “Max Mon Amour”, surrealista y provocadora historia que involucra a la esposa de un diplomatico (Charlotte Rampling) con !un chimpance!

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