CARLOS REYGADAS: CARA Y CRUZ

Pagando ciertas deudas con el cine latinoamericano, me dispuse a matar dos pájaros de un solo tiro: “Japón” y “Batalla en el cielo” del mexicano Carlos Reygadas. Debo confesar, además, que me dejé llevar por la portada del disco y primero me animé a ver la que mostraba los juveniles pechos de una jovencita; película que me defraudó y que me resultó un mero coqueteo con estructuras inconexas que debieron de formar un argumento o hacernos pensar que aquella estructuración plasmó situaciones alternas a la trama, que por lo demás fue muy confusa; pero no, eso nunca sucedió, al menos yo no lo percibí más allá del vendedor felatio y la interesante confrontación de una inusual estética corporal. “Batalla en el cielo” quedó en mí como un fallido drama-sexual-psicológico en que lo “negro”, a fin de cuentas el móvil del asunto, jamás pudo despegar ni desprenderse de ese lastre escénico tan fallido por querer ser vanguardista (gente que cruza el Metro enfocada por gusto por una cámara que parecía dopada, la extensa peregrinación de algunos fieles y del susodicho expiando culpas arrastrándonos en su aburrimiento, los benditos travellins agotadores que ni como paseo turístico logran convencer), además de la casi incomprensible vocalización del personaje principal que balbuceaba más que hablar. Esto por no referirme a la pobreza con que se trató un jugoso tema: el secuestro y la muerte de un niño rico, tema sacrificado por “un ensayo” escenográfico, y que bien pudo terminar en un mejor puerto si no se hubiera obstinado en mantener el endeble punto de vista del protagonista, sumido en artificiosos problemas existenciales. Luego pude ver la anterior película, “Japón”, de la que sí me quedaron algunas ideas interesantes por tratar. Veamos.

Los hiperbólicos comentarios que aparecieron en Le Monde de Francia respecto a “Japón” en 2002, catalogándola como La película más bella del siglo que comienza ya me hacía dudar del resultado; no obstante haber obtenido significativos premios internacionales, entre ellos la Cámara de Oro en Cannes de dicho año. El argumento es sencillo: un ateo artista cuarentón decide abandonar Ciudad de México e ir a matarse a La Truja, un refundido pueblo de campesinos, y en éste, halla a una solitaria anciana, Ascensión y no Asunción, que le despierta el deseo sexual, alejándolo de lo que en la ciudad lo impulsaba a la muerte.
Una de las decisiones más inteligentes de Reygadas en la concepción de “Japón” fue instalar su drama en el campo, donde es imposible sentirse insignificante, una partícula en medio de tan extensa belleza natural. Así también lo fue extraer un espécimen de modernidad, el perturbado pintor, y confrontarlo contra el mundo campesino, donde operan otras leyes en forma silenciosa. Igual de encomiable en “Japón” es lo acertado de la simbolización (la paloma decapitada, los caballos copulando, la casa desmantelada); y justamente el simbolizar acertadamente es una de las deficiencias del cine peruano; ya lo dijo Ricardo Bedoya respecto de “Madeinusa”. Y quizás aquella vocación por los símbolos es lo que lleva a Reygadas a plasmar una poética visual que hace recordar a Kieslowski, sin llegar a alcanzar la contundencia de éste; pues “Japón” cuando empieza a demorarse en juegos que atosigan algún desenlace, estorba, entorpece la limpieza que por momentos era encomiable, estorbos como las escenas bajo la lluvia en que nada se resuelve, o los prolongados travellins que no tienen mayor justificación. No obstante la naturalidad de las actuaciones, herencia directa de Pasolini, (asimilada muy bien por el cine uruguayo: “25 Watts”, “Whisky”, “La Perrera”) la espontaneidad de los lugareños es algo que rescata de ese “mundo de fantasía” o de pesadilla a la realidad, más todavía por apoyarse únicamente en los registros sonoros del propio ambiente campestre y de la música de cámara que oía el pintor en unos audífonos. Reygadas en “Japón” no permite que se le escapen los detalles, y para eso filma “en primera persona”: la cámara rueda básicamente desde los ojos del protagonista, que no son otros que los ojos del director, y esto le confiere cierto carácter personal, cierta pasión por el claustro a pesar de estar a campo abierto.
Potenciado por una cálida fotografía y rompiendo los patrones de lo estético en cuanto a materia de sexo se refiere, cruzando los límites de la repulsión y de la atracción, Reygadas esboza en “Japón” la decadencia de un hombre cuya vida, apreciada en lo que sería su último tramo, surge deslumbrante ante los ojos de una miseria más grande que la propia. Y si algo particular, bizarro, valiente hay que aplaudirle a Reygadas, más allá de lo fallido que me resultó “Batalla en el cielo”, es la terquedad con que se ha planteado realizar el cine que de verdad le interesa, el llamado cine de autor, donde el suyo ha hecho de la potencia de imagen su voz y de lo repulsivo, de lo grotesco, de lo despreciable pero a su vez posible, su sello personal; aunque todavía me siga pareciendo un cine con mucho remanente.

2 Comments

  1. Tu artículo y la descripcion me hace rememorar esa película tan diferente, extraña y a la vez estimulante por lo mismo, los escenarios áridos se hacen bellos y contrastan con el descubrimiento de la trama.
    Rescato muchas sensanciones a raíz de tu artículo, como la sutileza de las interrelaciones.

    Japón me pareció una película interesante y diferente, por lo natural y simple, es increible que lo natural y espontáneo, en estos tiempos, resulte mucho mas atractivo que la fastuosidad y glamour holliwodense. Y mas aun esta que esta llena de símbolos, como bien lo dices. Los estereotipos actorales, generalmente marcados y establecidos por el cine tradicional de alguna u otra manera saturaron a tal punto que lo natural de regiones no norteamericanas, resulta mucho mas actractivos, el mismo idioma y el acento de otras regiones es toda una experiencia.

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