UN BOSQUE EN LA MEMORIA

El miércoles último pude ver en EL PLACER DE LOS OJOS el corto LOS GIGANTES, ALCIBIADES Y EL BOSQUE DE PIEDRAS, que resultó ganador del concurso audiovisual “Así es mi Perú 2006”, organizado por la Municipalidad de Lima. De su joven director Miguel de la Barra Gómez sabemos que en febrero partirá a Cuba, a hacer efectivo su premio: realizar estudios especializados en la elaboración de documentales, en la Escuela Internacional de Cine. A la distancia mis sinceras felicitaciones.

LOS GIGANTES, ALCIBIADES Y EL BOSQUE DE PIEDRAS posee un inusual atractivo personal: su locación es un impoluto y encantador bosque de piedras ubicado en La Oroya, Cerro de Pasco, a 4,200 m.s.n.m. que plasma, en sus caprichosas formas labradas por el paso del tiempo, simpáticas formas de animales (gallos, tortugas, cobras, etc.). Dicho bosque cuenta con un guardían-guía de nombre Alcibiades, quien habita ahí desde que nació, en el mismo lugar en que nacieron y murieron sus antepasados; y este solo hecho ya es romántico y enigmático por sí solo. Desde el punto de vista documental el trabajo de De la Barra Gómez es muy interesante, pues rescata, con bastante naturalidad e inteligencia, uno de los últimos lugares adonde todavía (y espero que jamás lo haga) ha llegado la industrializada y contaminadora mano del hombre. Además, nos muestra una de las formas de comunión de los habitantes de nuestra sierra con su entorno geográfico, en este caso, Alcibiades y su hija, encantados con dichos naturales monumentos líticos. Pero no todo queda ahí, en el mero encantamiento del paisaje luminoso y misterioso, pues la preocupación de su director ha sido, entre otras que se desprenden de lo testimonial, poner de manifiesto, según mis apreciaciones, algunas de sus preocupaciones de orden estético y personal: ahí está la historia central que une otras dos historias: la de Alcibiades, el niño que creció y se convirtió en guía-guardián del bosque en que antes jugaba. Y la historia misma del bosque, que de no ser por la volátil mirada de Alcibiades y sus padres y antes la de sus abuelos (donde nadie veía nada, ellos vislumbraron el perfil de un gallo, las formas de un conejo, etc. e hicieron de ello un atractivo) hubiera sido éste un accidente geográfico más, alejado de los turistas y sus visitantes, que no son pocos. Hubiera perecido en la memoria de unos cuantos, así como perece tanta cosa bella de nuestra tierra, por falta de iniciativa y dedicación. Y hablando de lo argumental, de lo escénico, de lo plástico, LOS GIGANTES, ALCIBIADES Y EL BOSQUE DE PIEDRAS posee un tratamiento cinematográfico: una relato que remonta los límites del tiempo y se desenvuelve con aplomo y humildad; Alcibiades enfocado a contraluz, parlando en palabras mezcladas en un acento andino que ha sabido ceder terreno a lo capitalino, a lo costeño, acompañado de amplios planos generales que luego, gradualmente venían, con nosotros, a situarse en la humilde casa desde donde Alcibiades relataba su diario trajín, su destino auto-impuesto o legado: ser guardían-guía del Bosque de Piedras de Huayllay que cuando niño, le parecía un estoico ejército de gigantes reposando sobre la tierra, aguardando las ordenes de alguien que parecía no arribar nunca, y ahora, al paso de sus 37 años, Alcibiades comparte ese misterio con su hija y con nosotros, quienes todavía pensamos en ese bosque petrificado, como en un olvidado ejército de gigantes hechos de piedra.

Leave a Reply