EN TORNO A ÍTACA

Recuerdo haberme sentido apabullado pocas veces por algunas de mis lecturas o por alguna película. Y cuando aquello sucedía, en ambos casos lo que perduraba breve en mí, a diferencia del inolvidable recuerdo, era una sensación de inmovilidad, de no querer sentarme a leer o a ver nada, de no hacer nada inclusive; al menos por un tiempo, mientras me acostumbraba a la ausencia irremediable e inmediata que venía con el fin de la lectura o de la película. Recuerdo, por ejemplo, haber sentido esta extraña sensación con “Cien años de soledad” en mi adolescencia. Luego con “El Lobo Estepario”. A la vuelta de los años la sentí con “La Montaña Mágica” y con “Retrato de una dama” en mis días universitarios. Después con “Rayuela”. La última vez que recuerdo haberme pasmado de tal forma por literatura, fue hace un año, con “Los Detectives Salvajes”. Sé, también, que me falta mucho por leer y espero siempre, con anhelo y temor, la llegada de libros semejantes. En cuanto al Cine también conservo algunas películas causantes de este “encantamiento”. Están, por ejemplo, “Amarcord” de Fellini, “Persona” de Bergman, “Taxi Driver” de Scorsese y la misma “Corazón Valiente” de Gibson, “Ciudadano Kane” de Orson Welles, “In the mood for love” de Wong Kar-Wai” por nombrar algunas, consciente de que he sacrificado a Pasolini, Kieslowsky y algunos otros. Y si he mencionado todo ello, es porque esta semana he agregado una más a esta escueta lista aquí inconclusa. Una película que venía postergando hasta concluir algunas lecturas de Joyce que parecen, cada vez que las retomo, que jamás las hubiera leído o ellas hubieran cambiado; se trata del film “La Mirada de Ulises” del griego Theo Angelopoulos, estrenado en 1995.

La Mirada de Ulises”, de casi tres horas de duración (y quizás por eso y por cierto preciosismo algunos buenos amigos míos sienten que los fatiga), es tan rica en lirismo, en literatura, en denuncia, en fotografía, en estructura, en concepción artística y argumental que se han escrito ensayos, estudios y artículos sobre ella; aparte de los ya existentes sobre su autor. Textos que no he conseguido leer todavía, como el de Pere Alberó: “Theo Angelopoulos. La Mirada de Ulises” de la editorial Paidós, Barcelona, 2000. Apabullado como estoy, y mientras me recupero o me acostumbro a acomodar mis días lejos de aquellas imágenes, de momento los voy a dejar con un fotograma y un extracto del diálogo que sucede sobre la mitad de la película. No sin antes, para ubicarlos, les digo que Harvey Keitel encarna poderosamente a A., un director de cine griego (alter ego de Angelopoulos) que regresa a su país a proyectar su reciente película luego de un prolongado exilio en U.S.A.; aunque esto es tomado por A. como pretexto para partir en busca de su obsesión: tres bobinas de una película que nunca fueron reveladas, las mismas sobre las que recae el mito de ser las primeras imágenes filmadas por los hermanos Manakis, los primeros cineastas griegos. Bobinas que permanecen perdidas en algún remoto lugar de los Balcanes. En el fotograma mostrado A. está charlando con su amigo Nikos a la salida de un bar en alguna calle de Belgrado, ciudad a la que arriba en su odisea luego de haber estado en Bucarest, y antes en Bulgaria, y antes en Skopje, Monastir, Albania, Florina y Salónica, a donde llegó inicialmente a proyectar su película.

A: –Brindemos… por el mar. El mar inagotable. El principio y el fin.

Nikos: –Por Charlie Mingus. Por Tsitsanis. Por Kavafis. Por el Che Guevara. Por mayo del sesenta y ocho (risas). Por Santorini (bebe un trago de su vaso).

A: –Por Murnau. Por Dreyer. Por Orsen Welles.

Nikos: –Por tus tres bobinas. Por Eisenstein… le queríamos ¿no?

A: –Le queríamos, pero él no nos quería…

Nikos: –Pues brindemos por nosotros (chocan los vasos, y beben). Nos dormimos dulcemente en un mundo, y nos hemos despertado brutalmente, en otro.

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