LA LLORONA DE LOS ÁNGELES Y DAVID LYNCH

Trujillo. Poco antes de las diez de la noche. El taxi me lleva por el Centro Histórico hacia la casa de un amigo que todavía no conozco. Es decir, aún no en persona. Por eso me resulta peliagudo considerar que realmente nos damos por conocidos el uno al otro, y sólo por nuestras frecuentes charlas por la Internet. El comenta en mi blog y yo, en el suyo. A veces no opino lo mismo que él sobre alguna película, o no la he visto aún o quizá no me interesa y entonces mejor no comento nada. Él, supongo, hace lo mimo con mis reseñas y artículos. Mi amigo. No obstante no sé si es alto o bajo y no me fío de las fotos suyas que muestra en su blog, pues me parece demasiado apuesto muchas veces y otras, es una caricatura que responde al mismo nombre del anterior tipo apuesto. Por ende, tampoco percibo sus costumbres. Ni si es flaco y desinteresado de los atuendos y con canas venidas desde el futuro, como yo. O, por el contrario, gordito y de buena percha y aun rubio. También desconozco el tono de su voz y el brillo de su mirada. En caso de que ésta brillase y de que gruesos lentes no la opacasen. En caso, también, de que mi amigo gustara de mirarme a los ojos cuando conversáramos, de llegar a concretarse nuestra cita esta noche.
Quizá no tenga ojos ni lengua que me salude al verme llegar a su puerta. Entonces no conversaríamos de nada y sólo me fijaría en las cuencas vacías bajo sus cejas enarcadas. Unas cuencas distintas a las del chofer del taxi, que las lleva llenas de sus ojos que me encuentro en el retrovisor antes y después de tomada una curva o dejada una esquina. Jirón Pizarro. Ayacucho. Ningún cartelito verde dice Mulholland Drive en letras blancas, le digo al chofer, sólo por decir algo. Un taxista lacónico que se dedica sólo a conducir y a mirarme callado, por el retrovisor. Un vejestorio. Sin voz y con ojos que se mueven en el parabrisas y en la noche. Y en el retrovisor. Testigo silente de mi travesía en una ciudad que apenas conozco, rumbo al encuentro de un amigo nunca antes visto por mí (es decir, su aspecto y lo demás, mas no sus ideas), en un domicilio insospechado; y quizá por eso tengo la sensación de que esta ruta es inacabable o errónea. Como pienso que lo fue también para Rita, la hermosa morena de cabellos azabache, descender en vestido de noche por una ladera arbolada hacia la iluminada ciudad de Los Ángeles desde la autopista Mulholland Drive, luego del accidente que truncó su cita futura y la dejó sin memoria. Hemos dejado atrás fachadas de coloniales ventanas en breves pero abundantes calles y avenidas. Parques y alamedas. Barrenderos nocturnos desatentos al tráfico escaso y a los ruidos de la ciudad, este martes, pasada ya las diez de la noche. En un giro apretado retornamos a otra urbanización de calles estrechas, que penetramos con mesura. Le pregunto al taxista si es que estamos cerca, y me responde desalentado, negando sólo con la cabeza, vigilando, encorbado, los baches de la pista cual si fueran minas quisquillosas. Mulholland Drive, no debe andar bien David Lynch, me digo entonces, y miro las minas que vamos dejando atrás.

Creí saber más de la gente a través de sus escritos. De sus opiniones. De su prosa y de su lenguaje. De sus guiños culturosos y de su ingenuidad. Pero no es así. El que escribe, o mejor dicho, el autor de lo que leemos, es alguien distinto del que se enamora o saluda a la madre o se despide del padre. Distinto del que va al trabajo y cumple un horario y atiende llamadas telefónicas de personas que jamás verá en frente de él. Distinto del que habla con gente y amigos en la calle, en el trabajo o en la universidad o donde fuere, a quienes nada les interesa lo escrito por él. Con aquella persona (es decir, sólo con una de ellas, con el blogger), tan distinta de sí misma frecuentemente y de acuerdo a la ocasión, iba yo a reunirme. A charlar acerca de “Mulholland Drive” no con el enamorado ni el trabajador ni el buen o mal hijo, ni siquiera con el que hablaba de fútbol o política con quienes no se interesaban en lo que él escribía (y tal vez aquellas personas jamás se enteraron de que él escribía, y menos sobre cine y en la Internet). El taxi ha disminuido su marcha y dos tipos se llegan a nosotros desde la penumbra. El chofer les pregunta por la dirección que yo le brindé al abordarlo. Uno de ellos, acodado sobre la portezuela del copiloto inexistente, aspira fuerte de un pestilente cigarro y exhala dentro del taxi; sonríe y señala a la derecha con su mamotreto de cigarro. El chofer y yo dirigimos nuestras miradas hacia esa dirección. Una calle moribunda con sombras de árboles al final. Los dos tipos se retiran. El taxi retoma lento la marcha hacia la oscuridad de un parque. Regreso mis ojos al vehículo y hallo al chofer por el retrovisor; viro luego la mirada hacia atrás, y veo a los dos tipos dejados ahí, viéndonos partir, imaginando, tal vez, episodios que sólo ellos podían predecirnos. Se extinguen.

Tenía clara la intensión de David Lynch en “Mulholland Drive”, pensaba decirle a mi amigo; aunque eso era falso, pues para que me la aclarase, es que iba yo a reunirme con él. Me dije: Esa Betty, la inocente rubia que sobre el final de la película la apreciamos perturbada, y que no era Betty como nos lo planteó en un principio, podría muy bien equipararse a mi amigo que todavía no conocía, aunque yo decía conocerlo sólo por leerlo en la Internet. El desconocimiento del uno por el otro equipara a las personas. El hecho de usar un nombre masculino en la Internet, no implica necesariamente que uno lo sea, pensaba. Esto me planteó una breve interrogante: Si Betty nunca fue Betty, (pero nosotros lo creímos así por casi toda la película) y Rita (la guapa morena) tampoco usaba su verdadero nombre porque no lo recordaba, entonces, yo bien podría ser otro y no quien digo ser. Tocar a la puerta de mi amigo y decirle a quien me atendiera que no soy Oscar Pita-Grandi, sino, Camilla Rhode (la verdadera identidad de la amnésica morena en la ficción de Betty que creímos verdadera). Total, yo tampoco he colgado una foto mía en mi blog. Y si lo hubiera hecho, bien podría tratarse de mi rostro falseado.

Había poca luz en la calle y el parque estaba penumbroso, les respondí en Lima a mis amigos de El Cinematógrafo, cuando me preguntaron por el barrio de Betty (actualmente utiliza esa identidad en su blog y no creo necesario señalar qué fotografía ha colgado ahí). “Mulholland Drive” es una muestra prolija de la supremacía del tiempo sicológico sobre el real, proseguía explicándoles con más fundamento, luego de mi cita con Betty, en Trujillo. Les narraba, además, que Betty, osea, Diana Selwyn al descubierto sobre el final del film, había mandado a matarme; pero no sólo por celos hollywoodenses, debido a que vivía bajo mi sombra desde que mis encantos le arrebataron el papel protagónico en “La Historia de Silvia North”, plató en que nos vimos por vez primera; sino también porque no soportaba compartirme con otras ni con otros. David Lynch es un genio, les dije. Consiguió engañarnos con las mentiras que Betty imaginaba agónica desde su lecho carmesí, imaginando un mundo confuso, en el que ella acudía en mi auxilio desde antes de que yo supiera que mi nombre era Camilla Rhode y no Rita, adoptado desesperadamente de un afiche de Rita Heyworth en la puerta de ese cuarto de baño en que me halló tirada, metida en una bata de su tía que había salido de viaje justo cuando yo me filtraba a su casa en un descuido, ante mi falta de memoria luego del accidente en la autopista Mulholland Drive. Mezcló en su caótico cerebro a todos los que recordaba y reconstruyó una historia que jamás existió, me lo había confesado Betty en su casa de Trujillo, bajando las escaleras desde su dormitorio en que estuvimos viendo con exageradas pausas ese film, poco antes de que nos despidiéramos y nos quedara claro que al menos dos muertes sí ocurrieron de verdad: la de Betty, y la mía, Camilla Rhode.

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