BOCETO ROMANO

Resulta difícil pensar que una ciudad, por lo general estimada solo como escenario o telón de fondo, fuera a tomar el lugar del personaje principal en algún film. Hay ciudades míticas que se convirtieron en tales debido a los personajes que por ellas discurrían, sembrando historias difíciles de olvidar, escapadas de la mente de algún escritor. Por ejemplo, y subiéndome al coche de los festejos por los 80 del Gabo, los Buendía vivieron y murieron en Macondo; La Maga y Horacio de Cortázar se encontraban sin querer en cualquier puente de París que cruzaba el Sena; las calles, los muelles y astilleros de Dublín están vivos gracias a Leopold Bloom y a Stephen Dedalus de Joyce; las promiscuas calles de La Habana, que nunca aparecen en postales, cobran vida y se reproducen gracias a los marginales y estrambóticos de Pedro Juan Gutiérrez. Y en las infectas playas de Venecia languideció Gustav von Aschenbach, contemplando la hermosura del joven Tadzio de Thomas Mann.
En Cine, los ejemplos son otro tanto: una apocalíptica Ciudad de México alojaba a “Los Olvidados” de Buñuel en los cincuenta; el bajo mundo de Los Ángeles era el dulce hogar de los chicos de Tarantino en “Tiempos Violentos” en los noventa; Nueva York ha sido desde siempre asociada a Woody Allen más que a Scorsese, a pesar de Travis y de las pandillas del Bronx; las calles de Londres fueron violentadas por los drugos de Alex en “La Naranja Mecánica” y así por el estilo. Ciudades de personajes. Pocas veces una ciudad se ha robado las cámaras.

Sin embargo, uno de los momentos del cine en que las ciudades fueron el “gran personaje”, fue durante el apogeo del neorrealismo italiano. De Visconti a Fellini. La sociedad forzada a vivir en escombros de posguerra, las penurias de la clase social, el entorno que nos condiciona. Entre 1942 y 1961 se produjeron en Italia cerca de 2000 películas, de las cuales algo de un centenar fueron del llamado cine neorrealista. Bien, desde entonces la preocupación o el deseo de volcarse a las calles a rodar, ha pervivido como un acto bizarro, casi de rebeldía, que luego fue heredado por los franceses de la Nouvelle Vague; aunque pocas veces los personajes de Godard, de Truffaut, del mismo Rohmer cedieron ante el carácter de alguna ciudad y se dejaron plasmar por ella. Así, el neorrealismo italiano alberga un profundo humanismo y muestra una profusa preocupación por el individuo de la calle. Y haciendo un poco de memoria llegamos a la película que lanzó al neorrealismo italiano al reconocimiento internacional: “El Ladrón de Bicicletas” (si bien la mayoría reconoce que “Roma, ciudad abierta“, inauguró el género). Luego, en los tiempos modernos se ha percibido su influencia en filmes como “Cinema Paradiso” de Giuseppe Tornatore en 1989 o “Kolya” del checo Jan Sverak en 1996. ¿Pero dónde queda la ciudad?

No es sencillo pensar en una ciudad y no en sus habitantes, salvo que se trate de un pueblo fantasma (y en ese caso, los habitantes ausentes serían los personajes; y el cómo y el porqué han desaparecido formarían parte de la trama). Es decir, la idea de lo que es una ciudad y lo que son sus habitantes, no podrían nunca tratarse por separado sin ser incongruente o mezquino. En la vida el hombre es siempre la medida de las cosas. El Cine es una forma de plasmar la vida. Obvia conclusión: el hombre también será la medida de las cosas que pasen en el cine. En este punto arribamos a una ciudad que nos resuelve muy bien esta sentencia: Roma. Es decir, llegamos a un filme que por medio de su gente hace que la ciudad sea protagonista. “Gente de Roma” (Italia, 2003) es una de las últimas películas que en estos tiempos se mantiene asida al neorrealismo italiano. Es casi una de esas producciones que muy bien encajarían en el llamado Cine Antropológico (“Salvatore Giuliano”, Francesco Rosi, 1961. “Aguirre: La Ira de Dios”, Herzog, 1973), en que por medio de técnicas cinematográficas se reconstruye algún evento siginificativo o un pedazo de la historia de alguna sociedad, teniendo como base de dicha propuesta un sustento histórico debidamente documentado. Ojo, el Cine Antropológico no puede desligarse de lo histórico; aunque, dependiendo de la propuesta, bien podría discutir los planteamientos documentados en que se basa, e incluso enhebrar paralelismos entre disímiles versiones de un mismo episodio. Un breve ejemplo peruano de ello seria un film que relatase las actividades (crímenes sumarios) del grupo Colina desde la óptica de Fujimori-Montesinos; y otro muy distinto aunque basado en lo mismo, sería un film desde la orilla de la Comisión de la Verdad.

En el caso de “Gente de Roma” el término “casi” referido a su filiación al Cine Antropológico, se sustenta en que no da cuenta de ningún pedazo específico de nada; tampoco ha sido basada en ningún documento probatorio. No obstante ¿qué documento más probatorio de los usos y costumbres de una sociedad, que ser testigos de cómo su gente misma vive el día a día? Ettore Scola, su director, ha preferido el collage de anécdotas, las historias saltarinas, el punto minúsculo antes que el abismo y no se ha decidido por ninguna historia en particular, pues de haberlo hecho, las puertas del estrellato no se le hubieran abierto a Roma, sino a algún singular episodio. A favor de mantener los reflectores siempre sobre el cuerpo de Roma, Scola ha preferido la pluralidad antes que la singularidad; y cosa rara, con ello ha logrado ser singular. Me explico: “Gente de Roma” ha conseguido poner sobre el tapete la dermis de la capital italiana: su arquitectura, el trazado de sus calles, sus bares y discotecas, su servicio de transporte, sus atractivos turísticos, etc. Y también ha conseguido retratar su espíritu: el moderno ciudadano romano: sus usos y costumbres, la forma de perder el tiempo, sus miedos, su juventud y senectud, sus prejuicios raciales, su pasión culinaria, su picardía, su lengua ligera, etc. Y debemos entender por “ciudadano romano” incluso el medio millón de inmigrantes extracomunitarios que habita en Roma, proveniente de Pakistán, India, Latinoamérica, Rusia, China y otros. Roma no hace guettos, y esto parece que lo perciben los extranjeros, y viven como en su casa, dice uno de los personajes. Y misteriosamente los chinos, los árabes, los griegos, los turcos, los rusos, políticamente enemigos, viven en Roma en paz y se hacen romanos. Roma a los inmigrantes no los ama, no los odía: los ignora, porque sabe que tarde o temprano, se irán. Roma sabe, piensa, entiende, aguarda, disimula, respira, duerme, ríe, come, charla, observa y está enhiesta al paso del tiempo mientras toda su gente dibuja inquietos senderos sobre ella, que se convierte en la diva de un pueblo que no se sabe estar en silencio.

3 Comments

  1. Que curioso lo de cine antropológico. Cine de estudio y social, al fin y al cabo. Y Roma siempre es el escenario grandicoluente para cualquier película, porque en la realidad es toda un auténtico paraíso cinéfilo. Por cierto me gusta como has dejado el blog, y lo guapo que eres, vaya, vaya, con lo ligona que yo soy.
    Saludos compañero de cinencuentro

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