LA PEQUEÑEZ DE MISS SUNSHINE

Uno de los mayores atractivos que guardan las familias disfuncionales es el hecho de que éstas no saben que lo son. O en todo caso, no lo sienten tal y por tanto, la seudo normalidad de sus vidas hogareñas y sus enfrentamientos con el mundo exterior, es lo que alimenta a nuestro morbo, provocándonos, principalmente, risa, extrañeza y curiosidad. Sin embargo, esta misma extrañeza y curiosidad, vuelto su principal atractivo, también podría condenarlas si se llega a exagerar lo ya exagerado o disfuncional. Y entonces su historia se tornaría previsible, como una cadena de fatalidades en que ya nada o casi nada consigue sorprendernos; como sucede en “Pequeña Miss Sunshine”.

Los miembros de esta atípica familia, los Hoover, parecen a simple vista gente “normal”: el padre es un fracasado vendedor de métodos para alcanzar el éxito en la vida; la madre es una responsable ama de casa sobre quien recae la función reguladora o conciliadora; su suegro es un anciano cocainómano que gusta de las palabrotas y de la pornografía; el mayor de los hijos es un nihilista adolescente que dice odiar a todo el mundo, incondicional de Nietzsche, y que ha hecho votos de silencio hasta que consiga ingresar a la Fuerza Aérea para hacerse piloto de pruebas; la menor es una entusiasta niña poco agraciada aunque con una voluntad a prueba de balas. A ellos habría que agregarle la sorpresiva presencia del hermano de la esposa: un reputado especialista en Proust, que luego de haber sido rechazado sentimentalmente por uno de sus alumnos, comete un intento de suicidio. Todos ellos viviendo bajo un mismo techo. Y luego, todavía juntos, viajando en una furgoneta durante dos días desde Alburquerque, para llevar a la pequeña a que se presente en un infantil concurso de talento, cuyo nombre le da título a la película: Little Miss Sunshine.

Pequeña Miss Sunshine” (U.S.A., 2006) más allá de plantear un conflicto de comunicación e inconexiones entre los miembros de una familia disfuncional, es una de aquellas películas de viajes, de recorridos, conocidas como road movie, donde el punto de partida y el de llegada no importan tanto como lo que acontece al medio, durante la travesía. Aunque esta cinta independiente más toma como pretexto el tema del viaje, tras el telón del concurso, para echar a andar el mecanismo de lo que realmente pareciera haber interesado a sus directores (Jonathan Dayton y Valerie Faris): el experimento de cómo una “pelea de pulpos” finalmente se resuelve con un orden poco pensado en ellos, y todo gracias al despertar de los lazos familiares. Pero justamente este “despertar” solidario viene provocado por las desgracias personales que una a una se van sucediendo, mayormente durante la segunda mitad de la película. A estos episodios me refería cuando hablaba de lo previsible que se torna la solución de su argumento. Ya ningún giro funcionaba. Ni la esperanza de éxito del padre por la publicación de un libro suyo; ni a mitad del viaje, los nefastos episodios del abuelo. Es decir, lo que hasta cierto momento había conservado un aire de naturalidad y veracidad (digamos, antes de que emprendieran el viaje, lo que se preciaba de ellos dentro de su casa, creo que es lo mejor de la película: la fluidez de los diálogos, los variados puntos de vista, la construcción de aquel pequeño “sistema” llamado Hoover), de pronto, todo empieza a oler a falseado, a mera necesidad de motivos que resulta si bien no inverosímil, bañado de extrema mala suerte (desde que abordaran la furgoneta rumbo al concurso, hasta poco antes del final, que ya no era difícil de imaginar). Y ya que estamos tocando el final de “Pequeña… ”, he visto sus 4 finales alternativos. De todos ellos me quedo con el que que adorna esta reseña, un fotograma a la salida del hotel del concurso (y cosa obvia, no aparece en el film estrenado). Esa imagen habla por si sola, aunque debo agregar que el trofeo es robado. Pienso que en cierto modo le habría servido mejor al film este final, ya que hubiera favorecido a redondear la idea de complicidad entre sus miembros, y de no ceder ante una “normalidad” que no consigue comprenderlos. Aparte de las risas adicionales que nos hubiera ocasionado. No obstante “Pequeña…” tiene el atractivo de contar con un mesurado manejo de cámara que hace recordar, por momentos, el buen cine de los años ochenta, más todavía en exteriores o en sus planos frontales. Sin embargo es una película que entretiene, y nada más.
Tema aparte, el actor Alan Arkin, quien encarna al abuelo drogadicto y querendón, ganador del Oscar a Mejor Actor de Reparto, no me parece que lo haya hecho mejor que el muchacho James McAvoy, protagonizando al médico escocés de “El Último Rey de Escocia”, que también estuvo nominado en dicha categoría, y quien para mí, debió llevarse esa estatuilla. Pero como dije, eso es ya otro tema.

3 Comments

  1. A mi me encantó esta película. Para mi eras de las favoritas en los Oscar. Puede que si sea muy previsible, pero es tan politicamente incorrecta que me parece adorable.
    Y es cierto que le médico escoces de Amín, fue toda una sorpresa interpretativa.

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