EL VUELO DE LAS PALABRAS

Han transcurrido siete días desde que una nefasta enfermedad nos arrebatara de las manos al poeta Watanabe, la noche del pasado 25 de abril. Hasta este momento no consigo entender la congoja que me sustrajo, cual si hubiera yo perdido un brazo o una pierna, o quizás la lengua. Una semana hizo falta para que yo viera con menos rabia y resignación su partida, y me animara a escribirle algo en este blog.
A un poeta se le ama o se le empieza a amar por su poesía. A fin de cuentas los poetas son anónimos para muchos que los cuentan entre sus queridos, así jamás se les hubiera visto en persona siquiera, y menos compartido alguna plática o café. A Watanabe lo amé como se ama al maestro que concreta lo que uno sueña. Lo leí con fruición por noches enteras cuando pensaba que mi literatura iba a la deriva. Lo leía y me preguntaba por su vida. Lo veía y me preguntaba por su poesía. Luego de un tiempo concluí que su vida no podía ser muy distinta de su poesía. Que sus días, y más sus noches, estaban comprometidos con una sincera búsqueda de lo armónico, a pesar de lo angustioso del proceso de escritura y de lo cotidiano.
Watanabe, a diferencia de Pablo Guevara, no escribió poemario alguno enfrentado a la inevitable muerte. Lo último que nos dejó es “Banderas detrás de la niebla”. Y unos pocos libros de cuentos para niños editados por Peisa. Pero la poesía debe continuar. Y continúa. Cosas de la vida, aquel nefasto miércoles, en horas en que quizás la suerte de Watanabe ya estaba echada, me reunía con algunos amigos en la presentación de un hermoso poemario de Alberto Alarcón, “La casa que habito cuando canto”. Un poeta festejaba su obra; otro, le decía adiós a este mundo. La poesía y los poetas, como la vida misma, no pueden escapar del insobornable ciclo natural de las cosas. Mas la inmortalidad negada a sus cuerpos, es posible en su obra, con nuestras lecturas y homenajes. Y con los jóvenes que desean recorrer el sigiloso camino de la poesía, esbozado por Watanabe, quien partió muy joven. Se marchó justo cuando su poesía ya se hacía indispensable incluso fuera de Perú. Respecto a su experiencia con la muerte, he hallado unas declaraciones suyas vertidas en la revista “” en julio de 1988, con motivo de la entrega de su segundo poemario, “El huso de la palabra”, luego de un prolongado silencio editorial desde que debutara con “Álbum de familia” en 1971. Las entrometidas cursivas, son mías:
“La primera sección -explica Watanabe respecto de su segundo poemario- está dedicada a la poesía en mi relación con la mujer. Se llama ‘El amor y no’, pero no es poesía amorosa. La segunda sección reúne una suerte de artes poéticas en las cuales trato de exponer lo que es mi trabajo con el lenguaje”.
“La última parte -continúa- se denomina ‘Krankenhaus’, que en alemán quiere decir hospital (coincidentemente, “Hospital” es el título del poemario-testimonio que Pablo Guevara pergeñara sabiendo que la muerte estaba próxima a él). Allí también hablo de la palabra pero en función de mi larga estadía en el hospital de Hannover, donde estuve muy enfermo. Creo que aquí sí soy un poquito más dramático”.
“Supongo que eso se debe a que estuve frente a la muerte -dice, poniéndose muy serio por un instante-. Eso es terrible, pues buscas algo que te consuele y la poesía no consuela en esos momentos. Más me consolaba una ardilla o un conejo que venía al balcón. Lo único que me quedaba era el miedo”.
“Estar frente a la muerte -concluye- te cambia todos los conceptos. Creo que a partir de entonces estoy escribiendo una poesía más expeditiva, más notarial, es decir: cojo el tema, no me salgo de él y simplemente trato de escribirlo. Eso es muy claro en el libro que voy a publicar”. Y así de clara y transparente, fue su vida misma. Imposible no extrañar a Watanabe, a quien alguna vez me cruce en un café y me supo auxiliar de mi silencio con un apretón de manos y una sonrisa, mirándome como si me conociera de toda la vida, quizás entendiendo mejor que nadie mi sorpresa de tenerlo delante de mí. Y ante la sorpresa de su rauda partida, me quedan sus poemas, sus guíones, su teatro, y aquella única sonrisa que alguna vez me rescató.

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