APUNTES PARA OLVIDAR ESTACIONES


‘En el año 2046, una vasta red de ferrocarriles se extiende sobre el globo.
Un misterioso tren parte hacia el 2046 de vez en cuando. Todos los pasajeros que van al 2046 tienen la misma intención: quieren vivir recuerdos perdidos. Porque nada cambia nunca en el 2046. Nadie sabe si es realmente cierto. Porque nadie regresa, salvo yo.’
Pocos inicios de películas son tan apabullantes como el mostrado arriba, correspondiente a “2046” de Wong Kar-Wai en 2004, uno de mis directores favoritos; aunque algunos amigos míos ya me tildan de hiperbólico cuando me refiero a su obra. Estuve detenido por un momento pensando en ese enigmático y armonioso comienzo, y finalmente concluí que era más propio de la literatura que de lo cinematográfico. Y creo que en ese detalle recae dicho acierto; un detalle muy bien resuelto y abalado en la potencia visual desplegada entonces, semejante a la que cedería al sosegado lenguaje ya apreciado en el reciente Wong Kar-Wai (planos secuencia, más la penumbra que lo luminoso, cambios de registro y velocidad muy sutiles, encuadres tiraditos a un lado, etc.). Como se sabe, “2046” viene a ser una especie de continuación no tanto de otra genialidad como “In the mood for love” de 2000, sino del destino melancólico de uno de sus protagonistas, el escritor Chow (Tony Leugh, actor fetiche de Kar-Wai, conocido también por “Hero”, 2002). “2046” coge la hebra argumental, dejada con tino al viento en su antecesora (creo, mejor lograda), y nos instala en lo que resultó de aquel viaje de despedida del escritor a Singapur, en 1962. El señor Chow, cuyo rostro y maneras nos son familiares, con algunos kilos de más y unos incipientes bigotes que resaltan su madures, regresa a Hong Kong a finales de 1966 y vuelve a ser inquilino de un hotel. Se aloja en la habitación 2047 del Hotel Oriental, pues la 2046 que había solicitado, mismo número de habitación en que vivía su amada en “In the mood…”, está echa un fiasco.
Wong Kar-Wai nos instala, desde que se abre el telón, en la mente del escritor atormentado por un amor imposible y una precaria vida que no contempla el arte que lo domina. Así, leemos y vemos el fascinante inicio de la novela que el Sr. Chow está escribiendo; luego, la seguimos en la medida en que ésta se desarrolla. Una novela que no es otra cosa que la excusa perfecta para seguir aferrado a aquel amor perdido y apasionado, vivido con la Sra. Chan (Maggie Cheung) en Hong Kong en 1962 en “In the mood…”. La madures lo ha vuelto receloso de las mujeres, y ahora es más un noctámbulo casanova que un romántico empedernido. Esta vocación de casanova será puesta a prueba por una hermosa y promiscua vecina suya, Bai Ling (Zhan Ziyi, “Memorias de una Geisha”), enamorada de él al correr las aventuras de alcoba. No obstante la presencia de la hija mayor del dueño del hotel, Wang (Faye Wong, “Hero”), lo perturbará: pues cree descubrir en ella ciertos rasgos humanos que los años a él le han arrebatado; cosa curiosa, ella también escribe y padece de amores por un imposible. Esta orientación o refracción de las cualidades artísticas y personalidades conflictuadas con ellas mismas y con su entrono, es inmanente al cine de Wong Kar-Wai, quien con acierto no emite juicios de valor. Y limita a sus personajes a la más hermosa de las fronteras: la de vivir exigidos a ellos mismos, enfrentando la vida que les sale al paso, insistiendo en avanzar, retroceder o detenerse o en todo caso, hacerse la ilusión de que aquellos desplazamientos existen o existieron. Los roles se invierten o trasmutan con el paso del tiempo. El olvidado se permite olvidar. El engañado se permite mentir. El que ama, ahora tiene que callar. Etc. Esto delata la intención de Wong Kar-Wai de querer plasmar un todo sostenido por sensaciones y sentimientos, una realidad subjetiva que toma visos de lo posible, convierte horas, minutos y aun años en piezas de un lego inimaginado, que cualquier niño estaría tentado a desbaratar. El inexorable paso del tiempo jamás es evitado, sino, disimulado u ocultado, como en los mejores cuentos de hadas. A fin de cuentas, el tiempo es una ilusión que viaja, entre boleros, en un tren rumbo al 2046.

3 Comments

  1. Compre dos tickets, en uno estoy sentado yo, el otro está vacío con la inscripción asiento reservado. Me duermo en el tren que tiene voz de murmullo, con la esperanza que cuando me despierte, este ocupado el asiento.

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