WESTPHALEN 16

Una de las pocas y buenas revistas literarias que se resiste a desaparecer, es la que auspicia la Universidad San Martín de Porres, llamada “Martín” no en honor al santo moreno, sino a Martín Adán. Bien, el pasado miércoles fue la presentación del número 16 dedicado a Emilio Adolfo Westphalen (Lima, 1911-2001). La revista, obsequiada a todos los presentes, muestra un atractivo dossier fotográfico, así como interesantes reseñas acerca del poeta y su obra. Cámara en mano, aquella noche en Larcomar, entre encopetadas tías al acecho de las fuentes de salmón y bandejas de pisco souer, estuve sentadito en una de las primeras filas. La novedad: Carlos Germán Belli y Alejandro Romualdo (uno de mis poetas favoritos… “mi corazón en pantalones cortos“), poco propensos a entrevistas y demás, iban a charlar con el público y declamar algunos poemas suyos. Tengo fotos y videos que colgaré el lunes o martes, cuando compre un cable USB para mi cámara. Entre los asistentes estuvieron Edgardo Rivera Martinez, bastante fatigado; Oswaldo Reynoso, siempre losano y vigoroso; “El Chino” Dominguez, conocido fotógrafo de los cincuenta, etc. Fotos y videos, el lunes. Plato de fondo, videos (grabados por mi camarita) de Wáshington Delgado y César Calvo leyendo su poesía. La nota curiosa la puso Carlos Germán Belli, con una anécdota venida de repente, en plena pausa, luego de habernos leído cinco poemas suyos: “¿Puedo seguir leyendo?, preguntó tímidamente a quienes lo acompañaban en la mesa, y a nosotros, el público. La respuesta fue obvia. Luego prosiguió narrándonos: “sucede que cada vez que tengo que leer poemas míos en público, me viene a la memoria el rostro de mi amigo de colegio, el poeta Leopoldo Chariarse, quien una vez, en un recital de poesía, leyó durante casi tres horas poemas suyos que pensamos era su obra completa; por eso siempre me preocupa leerles demasiado; desde entonces me aborda de improviso, como ahora, la imagen de mi amigo Chariarse leyendo desentendido de la paciencia de todos”. Y continuó deleitándonos con su poesía.

Antes, el editor editorial, Guillermo Thorndike, nos leyó una introducción al viaje poético de aquella noche. Preparó una especie de reconstrucción de un cadaver-exquisito en base a versos de algunos poetas de nuestra insuperable Generación del 50, del que, gracias a la buena disposición de Thorndike por brindarme una copia del mismo (“sabía que alguien me lo iba a pedir ahora, y hasta traje un disco con el archivo… pero ya no lo encuentro… te daré la copia del texto… tendrás que trascribirla…), me he permitido extraer unos párrafos que me parecieron significativos:

“… Desde el número inaugural y la memoria de Adán, que inspiró, además, el nombre de la publicación, coincidente con el de nuestra universidad, han pasado años y asuntos , urgencias y momentos críticos, y se han declarado ausencias también entre nosotros. Uno que partió fue nuestro querido Wáshington Delgado, maestro siempre. Habíamos planeado una conversación con Paco Bendezú y ya no estuvo. Cecilia Bustamante recibió los primeros ejemplares de Martín dedicado a ella apenas una semana antes de su muerte (…).

En verdad, conversan los poetas…

Amo la rabia de perderte, nos dice César Moro, tu ausencia en el caballo de los días, tu sombra y la idea de la sombra que se recorta sobre un campo de agua.

Me había olvidado de quedarme dormido a la intemperie, se oye a César Calvo, sobre un pecho como sobre una llanura inacabable / donde las maravillas de cada día crecen / sin sobresaltos / y los ciegos hallan placer en extraviarse / y los amantes que se despidieron para siempre / no temen encontrarse de nuevo por primera vez.

Poesía es esto, responde Martín Adán, lo que eres mi verdad y desatino: / dar el cuerpo a un alma / dar forma a lo infinito…

Habla Westphalen: Empeño manco este esforzarse en juntar palabras / que no se parecen a la cascada ni al remanso / que menos transmiten el ajetreo de vivir. / Y después: Con frases en tropel no llegan a simular / Victorias jubilosas de la sangre / o la quietud del agua sobre el suicida. /

Dice Bendezú: (Yo no sé si la voz no es más que un sueño / ni si el amor es un casto paroxismo de amapolas.) / Yo sé que las estatuas sorben llanto en la arboleda. / Yo sé que el otoño acumula silencio en las botellas. / Yo sé que en la estación los guardagujas duermen. / Solamente un solsticio de sordas mariposas, / o esqueletos de gallos / cantando eternamente por albas que no rayan. /

Vuelve Martín: Triste y tierna, la rosa verdadera / es el triste y el tierno sin figura / ninguna imagen de la luz primera.

Y dice Romualdo: ¿Qué mano te sustenta, en quién reposa tu ser inacabable, inacabable rosa que no concluyes de ser rosa? La Rosa esta Rosa. Y no la Rosa de Adán: la misteriosa y omnisciente. Aquella que por ser la misma Rosa, miente a los ojos y a las manos miente. Rosa, de rosa en rosa, permanente, así piensa Martín. Pero la cosa es otra / es otra (y diferente) pues la rosa / es la que arde en mis manos, no en mi mente.

Dice Cecilia Bustamante: Blanca imposible es la rosa / sobre ti sus herméticos contornos. / Ya fuera fuera de mis sueños disipados / es la rosa una entrega / del tiempo concluído. / Y el azar en tu mano / somos nosotros la tregua / otra rosa que el amor devora…

Y Blanca Varela: Esta es mi infancia en esta costa / bajo el cielo tan alto / cielo como ninguno, cielo, sombra veloz, / nubes de espanto, oscuro torbellino de alas / azules casas en el horizonte. / Junto a la gran morada sin ventanas, / junto a las vacas ciegas, / junto al turbio licor y al pájaro carnívoro. / ¡Oh mar de todos los días, / mar montaña, / boca lluviosa de la costa fría!

Dice Juan Gonzalo (Rose): He gastado en mirar, miradas largas; / en amar, largas vidad largas; / y en alegría nada / Ya es hora de sentarme a la sombra de un libro / y ser niño…

Oímos a Belli: Este cuero, estos huesos, esta noche / días hay que no sufren por milagro / el tenedor, las hachas, el cuchillo… /

Me construyo un alma en mi habitación, dice Wáshington Delgado, y la arrojo por la ventana / o la deposito en el cesto de papeles / en espera de la posteridad. Volvía la voz de Martín Adán a decirnos: Poesía no dice nada / poesía se está callada / oyendo su propia voz. (…)

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