MAX ROACH: LA SOLEDAD DEL BEBOP

El pasado 17 de agosto los más importantes medios de prensa dieron cuenta de la muerte de Max Roach, mítico baterista de jazz y fundador del bebop, mi estilo favorito. Me hallaba en el trabajo cuando me enteré, y entonces sólo deseaba llegar a casa y ponerme a escuchar sus discos, beber algo, y librarme un poco de aquella extraña nostalgia que me sobrevino. Pensé en escribir un texto sobre el viejo Max, pero no conseguía ánimo. Lo dejé pasar. Pero hoy, desperezándome leyendo El Dominical de El Comercio, veo que Niño de Guzmán sí ha podido escribir un hermoso homenaje al percusionista neoyorkino. Gracias Willy. Y mientras repito uno de sus discos, los dejo con extractos de la nota.

Por Guillermo Niño de Guzmán

Hace unos quince años me encontraba de paso en Nueva York y, al hojear el diario, me enteré de que había un concierto de un grupo de jazz liderado por Max Roach. Miré el reloj y me percaté de que estaba sobre la hora. Era casi imposible llegar a tiempo, pero decidí intentarlo de todos modos. Había tenido la oportunidad de ver en acción a bateristas de la talla de Buddy Rich, Roy Haynes, Elvin Jones, Tony Williams, Jack DeJohnette y Billy Higgins, pero nunca había podido coincidir con una presentación de Max Roach, que era el maestro que más admiraba. Era un domingo de otoño y todavía hacía bastante frío. Corrí como un poseído rumbo al subterráneo y salté a un tren que se dirigía hacia la zona norte de la ciudad y un rato después desembarcaba en las calles de Harlem.Cuando entré jadeante en el auditorio, el concierto acababa de empezar. En el escenario, ocho músicos vestidos de negro tocaban una diversa gama de instrumentos de percusión, desde vibráfonos y xilófonos hasta un steel drum, incluyendo congas, timbales y una batería. Y, aunque se prescindiera del piano y del bajo, el sonido era armonioso y consistente, rebosante de matices. El grupo se llamaba M’Boom y estaba integrado únicamente por percusionistas, bajo la dirección del legendario Max Roach. Allí estaba él, a sus 68 años, firme y circunspecto como un ejecutante de música culta, blandiendo sus baquetas con finura y precisión, sacando la melodía más hermosa e insospechada que una batería es capaz de dar. La reciente muerte de Max Roach me ha hecho evocar aquella extraordinaria performance. Sin duda, fue el mayor innovador de su instrumento y quien más se empeñó por encontrarle otras posibilidades expresivas. Cabe recordar que en el jazz tradicional, aun cuando la batería cumpliera la función primordial de marcar el tiempo, su rol era el de acompañamiento. Es decir, las partes solistas estaban reservadas para los instrumentos de viento o el piano. La situación comenzó a cambiar en la era de las grandes orquestas de los años treinta, cuando los solos de batería de Bid Sid Catlett, Jo Jones y Gene Krupa se hicieron populares. Sin embargo, la batería aún se hallaba supeditada a los requerimientos del baile y no se consideraba como un instrumento de concierto. El vuelco se produjo a mediados de los cuarenta con el surgimiento del bebop, el primer estilo de jazz moderno, bajo la inspiración del saxofonista Charlie Parker y sus compañeros de generación. Max Roach pertenecía a ese movimiento, en el que pronto sobresalió junto con bateristas como Kenny Clarke y Art Blakey. Suele decirse que la revolución en el instrumento se inició con las exploraciones de Clarke, quien alteró las convenciones para acentuar el compás al privilegiar el uso del high hat (o charleston) y de los otros platillos y se preocupó por independizar el rol de los distintos componentes. Pero fue Max Roach el que explotó al máximo estas innovaciones y convirtió la batería en un instrumento solista.A diferencia de otros músicos, su aporte a la evolución del jazz no se limitó a un periodo específico. Impecable como acompañante, Roach participó en las sesiones más notables de bop con Charlie Parker y Thelonius Monk, así como en las grabaciones de la orquesta Capitol con la que su amigo Miles Davis sentó las bases del cool a fines de los cuarenta. En la década siguiente, sus inquietudes lo llevaron a constituir un excepcional quinteto con el trompetista Clifford Brown (y que también contó, en su etapa final, con el saxofonista tenor Sonny Rollins), que inauguró la vertiente del hard bop y fijó un nuevo derrotero creativo para el jazz. Aquí se puede advertir que Max Roach no sólo era un ejecutante original sino que tenía dotes de compositor (con ese propósito había retomado su educación académica en 1952), lo que hizo posible que desarrollara su peculiar concepción musical. Como señala el historiador Ted Gioia, aquel quinteto depuró las características del bop. La tendencia de tocar los temas al unísono fue a menudo reemplazada por líneas contrapuntísticas entre la trompeta y el saxo. Se preferían los medios tiempos y, aunque las interpretaciones fueran muy rápidas, prevalecía una sensación de control y serenidad. “Incluso los solos de batería más apasionados de Roach -apunta el especialista- reflejaban un interés por la estructura compositiva y los sutiles efectos dinámicos”. Después del trágico fallecimiento de Clifford Brown en un accidente automovilístico en 1956, el percusionista se fue alejando del hard bop en su incesante afán de renovación. En 1960 grabó un disco clave en su trayectoria, We Insist: Freedom Now Suite!, junto con su esposa de entonces, la cantante Abbey Lincoln. Esta obra había sido concebida con una clara intención política, pues Roach estaba fuertemente comprometido con la lucha por los derechos civiles y la reivindicación de la cultura afronorteamericana. De ahí que prosiguiera sus indagaciones musicales de acuerdo con el espíritu de la época, en sintonía con el free jazz y la apertura inherente a esta modalidad. Así propició grupos en los que excluía el piano con el fin de potenciar una nueva textura armónica basada en el trabajo de los metales, o recurría a coros para darle mayor densidad lírica a sus propuestas. Más tarde formó un interesantísimo Double Quartet, en el que sumaba a su elenco habitual un conjunto de cuerdas (su hija Maxine tocaba la viola). También sería uno de los primeros jazzmen de la vieja guardia dispuestos a experimentar con el rap. Sólo se abstuvo de incursionar en el ámbito electrónico, debido a su gran afinidad con el universo acústico. De cualquier modo, su espectro era muy amplio, tanto así que compuso expresamente para compañías de danza y teatro, y se presentó como solista con la Orquesta Sinfónica de Boston. Y, por cierto, en los años setenta fue el primer músico de jazz que ocupó una cátedra de profesor titular en la Universidad de Massachussets. En 1988 también sería el primero en merecer una de las denominadas becas para genios de la Fundación MacArthur, con una dotación de 372 mil dólares. Max Roach ayudó a liberar a la batería de su confinamiento dentro de la sección rítmica y le dio un papel protagónico. Su impecable técnica le permitió alcanzar un grado de refinamiento desusado entre los bateristas. La sutileza para extraer una insólita riqueza melódica de su instrumento, el despliegue de una colorida paleta de timbres, y la compleja urdimbre de sonidos y modulaciones que tejía en sus interpretaciones lo hacían un solista insuperable. Como escasos percusionistas, aunaba una exquisita precisión a su variedad polirrítmica, multiplicando y superponiendo diferentes planos sonoros con una coherencia asombrosa. Era un estilista, muy sobrio y lírico, dueño de un admirable rigor expresivo, aunque pleno de ‘swing’. Si el lector quiere deleitarse con una de las obras más singulares de su profusa discografía, le sugiero que pruebe con Drums Unlimited (1966), álbum en el que destacan sus composiciones para batería sola, en las que cada frase y acento han sido tallados con el esmero de un orfebre. En un alarde de virtuosismo, se empeña en tocar en tiempo de vals, demostrando que sí se podía interpretar jazz fuera del compás de 4/4. A partir de la década del ochenta fueron frecuentes sus conciertos en solitario o en dúo con músicos tan arriesgados como él (Cecil Taylor, Anthony Braxton, Archie Shepp), así como al frente del colectivo de percusión M’Boom.Max Roach permaneció en actividad hasta hace pocos años, cuando un cáncer mermó sus facultades. Pese a ello, en 2003 decidió participar en el concierto que conmemoraba el 50° aniversario de su presentación con el mejor quinteto de bop que se haya reunido jamás (en el Massey Hall de Toronto, al lado de Charlie Parker en el saxo alto, Dizzy Gillespie en la trompeta, Bud Powell en el piano y Charles Mingus en el contrabajo). Al filo de los ochenta, Max era el único sobreviviente de aquel encuentro mítico de 1953. Apareció al final, para recibir el homenaje de los aficionados. Sin embargo, aunque sus limitaciones físicas eran evidentes y nadie lo esperaba, quiso tocar. Lo sorprendente es que sólo se valió de un high hat, quizá para recordarnos que no se necesita más que un pequeño y simple artilugio para transmitir el prodigio de la música.

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