EL GOL DEL RETORNO

Hacía bastante tiempo que no gritaba con tanta alegría un gol. Es decir, goles reales: pues las conquistas en Play Station muchas veces exceden cualquier habitual festejo entre mis amigos. El día apenas empezaba y ya me arropaba el letargo de una pereza dominical. Como cada domingo había decidido no abandonar mi habitación, y sentarme en algún rincón a ver, leer o escribir todo lo que tenía postergado en contra de mi voluntad (!Oh, pulpo del laburo!). Miraba la torre de películas de Bergman y me preguntaba si vería hoy la continuación de “Secretos de un Matrimonio”, “Saraband” la que fue su despedida, su último largo, el rencuentro entre Marianne y Johan después de treinta años, en que los mismos protagonistas, Liv Ullmann y Erland Josephson, desencontrados por la rebeldía de sus individualidades, cotidianeidad, amor y desamor pasados, se reunían en el otoño de sus vidas en busca de alguna respuesta o gesto evadido, mientras reconstruían para ambos el tiempo ya ido que cada cual no compartió con el otro. Me embargó una breve melancolía al recordar la reciente muerte del genio de “Linterna Mágica”. Lo mismo cuando pensé en el viejo Sven, su iluminado director de fotografía. “La vida está hecha de despedidas”, me dije sin remedio. La idea de no abandonar mi habitación pareció cobrar un brillo inusitado. Barajé también la fuerte posibilidad de sentarme a terminar de leer “Kafka en la Orilla” de Murakami (semi-abandonada luego de la página 202: “–¡Exacto! –dice Óshima–. Ésta es la génesis de cualquier historia. Un gran cambio. Una inflexión inesperada. En cuanto a la felicidad, sólo existe de un tipo, pero si hablamos de infortunios, los hay de mil tipos distintos.”). Aunque lo pensé, sabía que si hoy cogía “El Viaje” de Pitol me privaría de saborear las calles de Praga, Leningrado o Tiflis en primavera, recorrer hoteles con vista a enrojecidos techos a dos aguas y degustar opíparos y prolongados banquetes ofrecidos por los guardianes del bosque literario ruso camino al trabajo, “mi viaje” habitual, como lo venía haciendo cada día desde hace menos de un mes, y eso era algo que no me lo perdonaría; más todavía cuando cada mañana, mientras subo las pocas escalinatas que conducen de la calle a mi oficina, me salta a la cara tan de pronto el gesto de clemencia que imagino contiene el decrépito rostro de la siempre joven Ariadna, hija de la poeta Marina Tsvietáieva y del escritor Serguei Efron, entregada a rescatar del olvido el condenado legado literario de sus padres y de esto, sólo me enteré por Pitol. También estaba entre mis claustrofóbicos planes sin orden alguno, abrir al azar (como siempre, como si no hubiese alguna otra forma) “Escrito a Lápiz” de Walser y luego, como empujado por alguien o por el viento, balancearme con cierta cadencia y retomar la escritura de mi novela que trata sobre un telón que deja escapar inconclusas escenas y voces de un mundo que ya nos espera, y sobre la metáfora de un muro que se supone la génesis de todo. O levantarme de mi cama, coger la wincha y medir por centésima vez la crecida hornacina entre una columna y la puerta, espacio que será cubierto por una biblioteca que pienso mandar a fabricar para aliviar la mesa de mamá, y que todavía no me decido a hacerlo. Mis máximos esfuerzos debían contemplar también ordenar mi mesa, o la mesa que mi madre dejó olvidada en mi habitación años atrás, y que hoy, a pesar de seguir siendo la misma mesa, ya es también estante, biblioteca, velador, consola de música, almacén de DVDs y, por supuesto, el lugar donde me siento no a escribir ni a leer, sino a tomar alguna comida fortuita, con la ventana abierta pero jamás de par en par frente a mis ojos, por donde cruzan conversaciones y personas que no reconozco, o que ya he olvidado, junto con el distraído ronronear del tráfico en la avenida. Recordé que anoche había comprado un sánguche de hamburguesa para el desayuno de hoy, y con eso, más el saldo de la Pepsi junto a la torre de películas, tenía arreglado el almuerzo. Encontré una servilleta debajo de mi mesa, doblada con escrúpulo para ser desperdicio, y la abrí. No pude dejar de martirizarme luego de leerla, pues se trataba del epígrafe de una de mis novelas que todavía ni siquiera sabía de qué trataría. El fragmento era firmado por Camus: “Los mártires, querido amigo, deben elegir entre ser olvidados, escarnecidos o utilizados. En cuanto a ser comprendidos, nunca.” La guardé con cuidado y resignación debajo de la torre de libros, odiando mi entorno, deseando escabullirme de todo dentro de los audífonos conectados a mi portátil, y sentarme en una esquina adormilada por Chet Baker. Pensaba, además, en por qué había dejado de escribir en mi blog. La respuesta era la misma: ya no me placía hacerlo; cuando de repente me fueron leídas por Julito Cortázar (con esa voz de gaucho afrancesado que le conocí por un disco) unas líneas de “Diario de Andrés Fava”, memorizadas sin voluntad, al respecto de André Gide: “Cómo el convertirse en un escritor es menos escribir ciertas cosas que resignarse y decidirse a no escribir muchas otras.” Fue entonces que me sentí bien por todo lo que no había escrito ni pensado en escribir y que no escribiría jamás. Poco después, o quizás en simultáneo, me dije o me decía tengo ganas de volver a postear. ¿Cine?, ¿literatura?, ¿música? ¡Lo que fuera! Se me había abierto el apetito. La Pepsi y la hamburguesa no me bastaron. Llegué a la cocina y mientras husmeaba la panera, encendí el televisor. La imagen no se completaba todavía, o yo le di la espalda muy pronto, no obstante escuché algunos nombres. ¿Eboe? ¿Gerrard? ¿Gallas? ¿Almunia? Estaba jugando el Arsenal (“mi” Arsenal, ay, Tití, por qué me abandonaste) con el Liverpool… perdíamos uno contra cero y corría el minuto setenta del segundo tiempo. Ya tenía en la mano un vaso de yogurt helado y me acomodaba los rulos con la otra mano, sentado frente al televisor. Atacaba el Arsenal, los comentaristas argentinos decían que el partido se había vuelto desordenado debido al gol madrugador de Gerrard a los diez minutos del primer tiempo; yo me acomodaba en la dureza de la silla a un paso de la tele, bebía yogurt, el Arsenal atacaba peligrosamente, insistía en su ofensiva, y de pronto una confusión en las últimas líneas del Liverpool: un central mantiene la marca de Joe Walcott que escapaba en diagonal del centro hacia la derecha, Adebadyor, en zancadas zigzagueantes, consigue arrastrar la marca de un defensa y un volante y así se abre una brecha por donde se cuela, o aparece de la nada, Cesc Fábregas encarando el arco, pisando el sector izquierdo del área de penal, de inmediato, un pase al vacío da un leve bote delante de él, el mano a mano con el portero es inevitable, los defensores retornan apresurados y lo perseguguen resignados, alzando un brazo, mirando al juez de línea, pero todo continúa… el portero le sale en cruz a Fábregas que apenas si controla el balón, el puntillazo sobre la pelota estirando la marca, los gestos en las tribunas… el gol del empate… ¡GOOOL!… grité desaforado como hacía tiempo no gritaba, ¡GOOL!, y bebí de un trago lo que me quedaba de yogurt… fui por más pero lo que había era una cerveza camuflada entre lechugas y tomates. Lo que siguió del partido fueron desesperados ataques de ambos lados. Entre ellos un disparo de fuera del área de Fábregas que remeció el palo derecho del Liverpool… poco después el arbitro pitó el final del encuentro. Me sorprendí extrañamente contento, en la puerta de la calle, con una cerveza en la mano. Saludaba con entusiasmo a mis vecinas que hacía mucho no veía; ellas no disimulaban sus sonrisas por mi facha. El Arsenal se mantenía puntero en la Premier League, y yo, poco antes de terminar mi cerveza y volver a la anhelada orfandad de mi habitación, ya había decidido volver a postear.

2 Comments

Leave a Reply