GODARD: PREFACIO DE UNA BIOGRAFÍA INCOMPLETA

Esta semana me había decidido por fin a escribir algo sobre Bergman desde su muerte. Anoche volví a ver su última película, Saraband, y me recorrió el mismo frío en el corazón de la vez anterior cuando la vi en soledad. Luego, pensando en cómo enlazar en a lo más dos páginas un texto acerca de dos películas suyas (“Secretos de un matrimonio” y “Saraband”) que se complementan, salí por un café y luego, de puro curioso, asomé las narices por “El Virrey” y me topé con un libro que ya había desistido buscar: “Godard”. Bergman esperará con la paciencia que lo caracterizó cuando vivo, mientras los dejo con esta interesante introducción hecha por Colin MacCabe, autor de la biografía y amigo personal de Jean-Luc. Aparte, hoy presentan la revista Godard! en el Centro Cultural de la PUC a las 7:30 pm.
‘En 1984 o 1985, Peter Biskind, por entonces director de American Filme, me animó a escribir esta biografía. Planteé la idea a Godard, quien pareció coincidir con mi desagrado de la biografía como género y compartir mis dudas acerca de lo satisfactorio de la tarea. Dos años más tarde me preguntó cómo avanzaba el trabajo, y esto me estimuló a desterrar mis dudas y a preparar un tratamiento detallado. A comienzos de los noventa, sin embargo, estaba claro que Godard ya no abrigaba ninguna fe en el proyecto.
En los noventa tuve la suerte de transmitir dos encargos a Godard y a su compañera Anne-Marie Miéville: “2×50 ans de cinéma français (1995)” y “The Old Place (1998), y dejé de lado indefinidamente la biografía. En el verano de 1999 Godard me escribió una carta muy generosa sobre nuestras realizaciones anteriores, pero advertía que eran improbables nuevas colaboraciones.
Después de recibir esa carta pensé seriamente en la biografía. El problema inicial de cualquier biografía continúa en pie: cada vida es infinita, y sus conexiones, demasiado complejas, dan lugar a planteamientos que desembocan en un montaje arbitrario. Sin embargo, el hecho de que mi personaje estuviera vivo ofrecía la solución. Una biografía de una persona viva es necesariamente incompleta, pero un sujeto vivo brinda la posibilidad de un retrato: en este caso, una serie de tomas sobre la vida y el trabajo de Godard. Y ésta es la tarea que da el impulso real para esta biografía; la tarea más sorprendente, intrigante e iluminadora del arte de mi tiempo.
El primer momento de epifanía fue inesperado, sentado en un cine de París en enero de 1967, viendo una película en una lengua que no comprendía, pero que aportaba, imagen tras imagen, una belleza de la que antes no había sido testigo. En los años siguientes, el compromiso con el maoísmo y con el feminismo le convirtió en un constante punto de referencia, y luego, cuando realizó un nuevo examen del canon del arte y la cultura occidentales (que iba a alcanzar su culminación en “Historoire(s) du cinéma”), nuestros caminos se cruzaron abiertamente.
En su ámbito de referencia –la historia del cine, la historia del arte, la historia del marxismo–, el trabajo intimida tanto como la vida del personaje.
(…) El primer capítulo es una historia familiar. La familia materna de Godard, los Monod, son una de las grandes estirpes protestantes de Francia. Los Godard, si bien menos famosos, también son protestantes, y en ambas familias hay un movimiento entre Francia y Suiza, que tal vez haya sido la característica externa más constante de la vida de Godard.
Balzac pintaría así a un personaje nacido de la sangre más azul de los calvinistas suizos hugotenes franceses, metidos hasta el cuello en la historia de Europa, trasladado a París a tierna edad y que, con su mundo roto a través del divorcio de sus padres, descubre el cine y América, una promesa y un nuevo mundo. Y en este mundo tenía sus profetas: el gordo Henri Langlois, el más encantador de los promotores, y el flaco André Bazin, un verdadero santo. Este capítulo considera a esas figuras desde el punto de vista intelectual, por qué fue en Francia donde el cine se reflejó en su propio pasado y no se limitó a producir una revista,.Cahier du cinéma, sino una estética que iba a revolucionar el mundo del cine, cuando los jóvenes críticos de los Cahiers cambiaron las plumas por las cámaras y se convirtieron en la Nouvelle Vague, la “Nueva Ola”.
No resulta difícil imaginar lo divertido que debió ser compartir esos años con Rohmer, Truffaut, Rivette, Chabrol, Gégauff, Bitsch y Schiffman. Crucial en la transformación de los críticos en realizadores fue una estética que también constituyó un nuevo modelo de hacer cine, y este nuevo modelo, con su tecnología ligera y sus equipos reducidos, es uno de los elementos en los que se centra el tercer capítulo. El otro elemento lo aporta Anna Karina, la estrella de siete de las doce películas que Godard filmó entre 1960 y 1966, y su primera esposa. Aquí el centro de interés es la historia de las películas en sí, conforme seguimos el rastro de una de las realizaciones creativas más importantes de las historia del cine.
Pero cuando Godard completa “Week-end” en 1967, escribe en los créditos de cierre “Fin del cine”, pues el sueño de la Nouvelle Vague se había desintegrado a todos los niveles, desde el personal, con el fracaso de su matrimonio, hasta el político, en el que los americanos, liberadores en 1945, se habían convertido en los opresores imperialistas en Vietnam. El cuarto capítulo se sitúa en la perspectiva de la historia política, para entender el abandono por Godard del cine convencional para comprometerse con la revolución maoísta, proclamado en la anticipadora “La Chinoise”, una película que hizo con su nueva esposa, la estudiante Anne Wiazemsky. Esta perspectiva política ilumina los filmes militantes del periodo posterior a 1968, y explica los vínculos entre política y estética que sostenía el Grupo Dziga Vertov, fundado por Godard con un joven maoísta, Jean-Pierre Gorin.
Estos cuatro primeros capítulos dibujan cuatro clases distintas de historia para aportar los necesarios enfoques sobre Godard: historia familiar, historia intelectual, historia fílmica e historia política. La mayor parte del capítulo quinto no pretende en absoluto alcanzar la categoría de historia. Se trata de unas memorias: su enfoque determinante viene dado por mi propio contacto con Godard durante los años ochenta y noventa, cuando le veía una o dos veces al año, siempre en relación con proyectos específicos y, casi siempre, muy brevemente (…).
(el libro) Su premisa inicial es que el cine de Godard se cuenta entre lo más importante del arte europeo de la segunda mitad del siglo XX. El propósito del libro es reflejar el despliegue histórico de ese arte, y su ambición consiste en encontrar una amplia audiencia tanto para la bien conocida obra godardiana de los sesenta como para la menos conocida de los setenta y ochenta y noventa.’

Colin McCabe
Paris, 9 de enero de 2002 – Pittsburg, 9 de enero de 2003
“GODARD”, editorial Seix Barral 2005

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