LA HÚMEDA PIEL DE LOS PECES

Conocí al poeta-oficinista a comienzos del siglo XXI, cuando él contaba con 25 años mientras que yo estaba por cumplir los treinta. Me recuerdo exageradamente emocionado durante la víspera de mi primera treintena, pues desde muy joven anhelaba cumplir cuarenta años. Una década no es nada, me decía frente al espejo en esas mañanas. Lucir como algunos de mis actores y escritores favoritos en sus respectivas cuatro décadas, era mi motivación.

Las circunstancias en que nos involucramos el poeta-oficinista y yo, no vale la pena rememorarlas, pues rayan en lo cotidiano de labores corrientes. Bastará con saber que la italianidad de nuestros apellidos y nuestra afición por la lectura, no tardó en engancharnos. A las semanas ya estábamos compartiendo libros y sin pensarlo, amistades. Él frecuentaba a un grupo de muchachos desaliñados que pronto atrajerón mi atención. Se hacían llamar los Tres Veces Dulce. Poetas y punto. Yo, había desistido de la poesía hacía menos de un año, y estaba empezando la clandestina escritura de prosas sueltas. Mi tema era las contradicciones que embisten a los artistas cuando se topan con el mundo tangible. Y más, posibles resultados de aquellos encuentros, o desencuentros.

Piero Buccardo, tal era el nombre del poeta-oficinista, era hijo único. Se había hecho economista a decisión de su padre. No obstante era un muchacho inteligente, aunque tímido. Era aficionado al arte y había rechazado varios empleos. Vivía por su cuenta desde que terminó la universidad. Me contaba que el mismo día de la graduación le vino a la mente lo que sería su futuro, y de inmediato emergió sin control una rebeldía abrumadora. Traía la barba rala y crecida, el pelo largo sobre la nuca. Siempre lo hallaba en yines y camisetas y calzaba botines de cuero. Alguna chompa o casaca en invierno. Me recordaba un poco lo que yo fui. Era un tipo delgado, no muy alto, casi de mi tamaño. Cuando charlábamos, pronto manaba su aliento a vodka y tabaco. Albergaba en su mirada el brillo propio de una adolescencia cercana. Piero Buccardo, como sabemos los pocos que íbamos a visitarlo, vivía en la azotea de un altísimo edificio frente al mar de la Costa Verde. Estar a su lado y en su “refugio”, platicando de lo que nos gustaría hacer en realidad mientras veíamos la puesta del Sol entre cigarros y gaviotas, resaltaba lo estúpido de mi empleo.
Su apartamento era sencillo y su abuela lo ayudaba con la renta, me decía. Tenía dos piezas, incluido el cuarto de baño. Posee, como único usuario del amplio techo, una anchurosa terraza de cemento pulido que disfruta a plenitud, aun en invierno, sin mayor compañía que bulliciosas gaviotas y ocasionales gallinazos encaramados al parapeto, o merodeando el cilindro de basura. Por entonces yo todavía vivía con mis padres, y me apenaba confesárselo, o reconocerlo. Sus enceres eran los necesarios para alguien que vive solo y no gusta de invitados. Es decir: una mesa de pino enfrentando al mar y sólo una silla junto a la ventana del mar, un pequeño juego de vajilla en porcelana blanca, un tenedor, un cuchillo de mesa y uno de cocina, una cuchara de sopa y otra de té, un cucharón mediano y una ligera sartén, dos vasos anchos de cristal genovés. Había dispuesto, al fondo de la habitación de cuatro por seis, una cama de plaza y media, tres anaqueles colmados de libros y discos compactos sobre la cabecera. Encima del velador obraba un redondo y demente reloj despertador que se disparaba sin control en horas indecibles, heredado de su amigo Renzo, líder de los Tres Veces Dulce a quien no conocí. Al pie de la cama, un antiguo y pesado equipo de sonido, dos cajas engordadas con ropa que nunca ha ceñido su cuerpo. En las paredes de un verde desteñido por la resolana, pocas camisas y casacas colgadas mantienen en tensión a tres colgadores. Próximo a la ventana lateral del ingreso, una pequeña nevera blanca con manija de automóvil, casi recostada a una cocinilla gris de dos hornillas sobre una mesita oscura; una hornilla jamás ha encendido por completo. Y cuando esto ocurre, es decir, cuando una de ambas hornillas se enciende con decisión, calienta sopas instantáneas en horas inapropiadas, o bien hierve un poco de agua o calienta café o pizza o pollo traídos a domicilio. Casi nadie conoce al último inquilino, me dijo una vez el conserje cuando pregunté por Piero Buccardo. En otras ocasiones enciende la solicitada hornilla para incinerar papeles, me confesaba. Por lo general entrada la noche y con un Camel a mano. Páginas estrujadas antes arrancadas de alguno de sus cuadernos en los que escribe lo que podría llamarse “su fallida bitácora”; y acaso no sea tan propio lo suyo, sino episodios de alguien que tan solo él conoce o cree conocer, cuando no algunos versos que nunca logran convencerlo de nada. No obstante, las más de las veces, lo que allí arde son apuntes sobre un proyecto que ignora si lo será; y no porque estos apuntes carezcan de interés, sino porque los proyectos, para que sean considerados tales, le corregía yo, ostentan la porfiada característica de exigir un final. En todo caso cabe pensar por tanta incertidumbre, que tal vez lo que fuera hasta hoy su proyecto de vida, es aún geografía huidiza e inexplorada para él, a pesar de que ya le esté reclamando un final; o tal vez un inicio por donde desmadejarse. No lo sé. Yo mismo no sabía cómo ordenar mis historias, o los episodios de una historia. Luego me vino un orden imaginado y todo se me puso a prueba. Cayeron casi un tercio de las páginas.

He ido a buscarlo un par de veces desde que volví de viaje por este trabajo mío que me tiene de gitano. No he tenido suerte en hallarlo. Qué extraño. El poeta-oficinista apenas si abandona su terraza, eso lo sé muy bien. Prefiere al mundo minúsculo y mortífero apreciado desde lo alto. “El mar, húmeda piel de pez destellando al sol”. Suele elegir el disfrute del vasto horizonte marino dominado desde su refugio, una desigual curvatura extendida de edificios y acantilados labrados por el mar. O devorados por la neblina que se agolpa contra todo en invierno. Veo su ventana, su cama, la mesita con un cuaderno abierto manchado de tinta, las delgadas manos de Piero palpando las páginas, un suspiro y sus ojos volteando a verme. Frases de una insólita inocencia, de una peculiar belleza y, tal vez sin meditación previa de Piero, también de una apabullante honestidad. Eso percibía yo en sus versos. Algo de envidia me corría por las venas. Ya lo veo. Lo cierra como cada noche o amanecer. Acomoda las hojas sueltas que escapan al bordillo del empaste. Lo ata con una soguilla de empaque y sobre una hoja en blanco escribe a lo largo con letras gigantes: Península. Así llamará a lo suyo, me dijo la última vez mientras doblaba esa hoja y la escondía entre las páginas de su adelgazado cuaderno. Península, repetí entonces. Península, me digo frente al mar, en soledad, hoy que estoy a punto de renunciar a mi trabajo. Hoy que he venido a buscarlo y que el viejo conserje no me sabe dar razón de nada. Me he echado a andar por el malecón fumando un cigarro. Contando ventanas de vértigo. Completando en mi cabeza el cornisamento que la niebla le ha robado a los edificios. Este invierno lo endurece todo desde muy temprano. Estoy a punto de cumplir cuarenta años y ya no sé si realmente quiera cumplirlos tan pronto. Eso quería contarle al poeta-oficinista después de tanto tiempo. Eso, y que estoy a punto de renunciar a mi trabajo.

4 Comments

  1. qué rápido se pasa la tristeza, de libro en libro, de poeta en poeta, como los piojos, como el frío. preguntale a Piero si le queda vodka!, si es que no se tiró desde el balcón y aún puedes encontrarlo.

  2. Hagan sitio que aquí viene otro tristón.

    Sonará raro, pero normalmente acompaño la tristeza borroneando historias que intentan ser graciosas. Tal vez sea por la hora, pero en medio de esta melancolía pertinaz tu historia me ha venido bien.

    Bravo Pitacantropus. Este texto justificó la ausencia.

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