MURAKAMI EN EL TEJADO

“Loro perdido dio su nombre y dirección”. Tal era el titular que copaba el centro de la portada de El Comercio de hoy. La mañana estaba inusualmente soleada para finales de mayo. Me había desvelado anoche, y al echarme a andar rumbo al paradero alrededor de las 8 a.m., se hizo notorio que todavía me faltaba dormir otro tanto. A mitad de mi recorrido pareció alcanzarme cierto rezago de ensueño. Me detuve frente a un paredón de diarios y por un momento, mientras leía el encabezado respecto del loro hablador, sentí que ya no andaba por las calles de este mundo.

Había ocurrido en Japón. Me dije, si ha ocurrido en Japón y parece extraído de un País de Fantasías, la mano de Haruki Murakami debe estar inmiscuida. Me ganaba la hora y no me di tiempo de comprar el periódico. Camino del trabajo toda pereza me fue borrada. Tenía en manos Domar a la divina garza de Sergio Pitol, pero apenas si conseguía involucrarme en las extravagancias de Marietta Karapetiz que hasta entonces me divertían rumbo al trabajo. Pronto se puso en marcha un extraño mecanismo voluntarioso en mi devenir. Picoteaba de la Realidad y de la Ficción, desamparándome a su antojo en medio de cualquier suposición. No puede ser. “Soy el señor Yosuke Nakamura” le había dicho el loro al veterinario, luego de que la policía lo rescatara de un tejado. Era un loro africano gris, según la nota y la foto. “Verificamos la dirección, y he aquí que había una familia Nakamura en el lugar. Le dijimos que habíamos hallado a Yosuke”, dijo el agente Uemura. Ocurre que al parecer los Nakamura habían tardado dos años en educar a su loro africano, y conseguir así que repitiera su nombre y dirección. Un portavoz del parque zoológico de Chiba refirió que estos loros son muy preciados entre lo japoneses “por su capacidad de imitar los sonidos y palabras humanas”. Pero de esto me enteré en la hora del almuerzo.

Antes, mientras ya me abordaban los vericuetos de mis labores cotidianas, divagaba. Insistía, con una presteza improbable, en que Murakami había escrito esa nota para la prensa japonesa. En Kafka en la orilla, publicada en 2002 aunque yo recién la leyera en 2007, Murakami hacia hablar a los gatos. Aunque no hablaban con cualquier silvestre. O, mejor dicho, solo los podía entender una persona: Satoru Nakata, de casi sesenta años. “De niño, durante la segunda guerra mundial, sufrió un extraño accidente del que salió con secuelas, sumido en una especie de olvido de sí, con dificultades para comunicarse… salvo con los gatos”. Entonces, ¿No será este loro africano una de las mascotas de Nakata?, pensaba abrumado por contratos, sumas y restas en mi escritorio. ¿Pero qué necesidad de Murakami de jugarse así con nosotros, publicando esta nota en la prensa japonesa, si hace poco le han publicado “Sauce ciego, mujer dormida”, un esperado libro de cuentos?

3 Comments

  1. Pobre Domingo, no me lo imagino en manos de “Johnny Walken”. Mejor dicho, pobre “Johnny Walken”, no me lo imagino en las garras y sobretodo en el pico de Domingo! Aún no sabe la dirección de la casa, pero ya aprendió a mentar la madre, ¿no es una ternura?

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