Hoy por la mañana me desperté con una extraña sensación de ausencia. Primero la sopesé bajo el tamiz nostálgico del año nuevo. Luego, la traduje como una reacción de nerviosismo por el primer día de trabajo del 2009. Pero no conseguí quitármela de encima. Todavía me faltaba algo. De hecho, a mi vida aún le faltan muchas cosas y le sobran varias más (de las pensadas y de las otras). Era como estar en una película que se había rodado sobre mi vida, pero sin mi consentimiento. Una vida que era mía, pero que también podía no serlo. Camino de la oficina, detenido en un semáforo, descubrí aquella ausencia. Entonces me dije: eso será lo primero que postee este año. Un año que espero sea propicio para muchos proyectos personales, como poder escribir más seguido aquí, y culminar por fin mi novela. Al parecer esos proyectos empiezan a avanzar tirados por esta historia, si quisiera ser supersticioso.

Anoche soñé con un gato. Bien pudo ser un gato hindú o egipcio, si es que esas razas existen y son conocidas. Era un felino pardo de orejas largas y puntiagudas, casi del tamaño de un perro dobergman, atlético y afilado. No era mi gato, o si lo era, lo había olvidado. Saltaba a mis brazos cual si yo fuera su madre. Nos hallábamos al final de una breve alameda colindante con un barandal de hierro. Una alameda o jardines alargados en perspectiva, como los de Antonioni en Blow-up cuando las fotos del crimen. Del otro lado quedaba un río silencioso e imperturbable, por el que flotaban troncos y algunos desperdicios a la deriva. Un río que parecía el Sena o el Danubio de los recuerdos cinematográficos que de ellos guardo. Era otoño, una tarde de otoño o quizás los primeros días de un invierno mesurado. Me distraía en algunos nubarrones que agostaban la ciudad cruzando el puente, cuando el minino brincó de mis brazos a la calzada. Hasta entonces, supuse que era el único transeúnte admirando la aparente calma del río. Pero al seguir con la mirada el contorneo del minino hindú o egipcio, descubrí que se dirigía hacia un hombre acodado al barandal, a mi izquierda, casi a 20 metros de distancia. A simple vista deduje que el hombre era alto, además de unos sesenta años, delgado, de cabello rubio cano peinado hacia atrás, y que fumaba, fumaba viendo un punto fijo perdido en la otra orilla. El gato se allegó con sigilo hasta sus bastas, y se frotó el lomo en ellas con delicadeza e insinuación. Respondiendo con la misma discreción gatuna, el hombre se volvió hacia el animal, para inclinarse a acariciarle el lomo como les gusta a los gatos que se lo acaricien. No tardó en alzarlo en brazos. Recién entonces pude comprobar el exorbitante tamaño del felino, y sus incongruentes modales infantiles. Era aquel mi gato hindú o egipcio, inmenso y liviano, nada feroz. Con el cigarrillo en los labios y el felino en brazos, el hombre avanzaba hacia mí, arrugaba los ojos debido al ardor del humo, y sonreía, o torcía la boca. Ya a mi lado, me hablaba en inglés frases breves de coloración doméstica, amables. Me extendió al minino en medio de una de ellas. Lo recibí en silencio, sin creer lo que mis ojos veían. El hombre, efectivamente, era más alto que yo, quizás por una cabeza o dos, y apuesto. Al entregarme al gato, se retira el cigarrillo de los labios, aspirándolo aliviado, me sonríe liberando una nubecilla azul de humo, y mientras se marcha me dice algo que no consigo entender. Era Faulkner.

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  1. Hola: Quería informarles de la creación del blog temático sobre Stanley Kubrick: KUBRICK EN CASTELLANO. En él encontrarán información suficiente para comprender aún mas la dimensión Kubrick en sus propias palabras y de aquellos que lo conocieron y trabajaron con él. Léase como material pedagógico gramatical y técnico. Espero les sea de gran utilidad.
    Raúl Lino V.

    http://kubrickencastellano.blogspot.com/2008/12/presentacion.html

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