UN PAÍS DE PENSAMIENTOS

Lo llaman Escribano y reside en Feldafing, un pueblo al sur de Munich junto a un lago hundido. Para quien vive junto a un lago es imposible no quedarse viendo el lago. Asomarse al abrir una ventana y quedarse quieto, viendo el lago. Ver el lago durante tanto tiempo enloquece, le advierte el filósofo. Y que se cuide de su propio fantasma. El filósofo no habla castellano. Escribano no habla el alemán que habla el filósofo. Le traducen lo que dice el filósofo. Aunque el filósofo suele decir cosas intraducibles. Poemas, por ejemplo. Escribano visita con frecuencia al viejo filósofo. Lo escucha hablar, pero no lo entiende. Lo traducen. Tiene un hermano, el filósofo. Un hermano que estafó a su propia madre. Quería montar un cabaret cubano en el lago de Constanza. Era la época del mambo. En Feldafing nadie sabía quién era Pérez Prado. El filósofo vive solo, frente a un lago, odiando a su hermano que vivió con una chica cubana que “pescó”, literalmente. La recogió mientras él navegaba. Intenta contarle también esa historia. Escribano imagina situaciones. Copia situaciones de la realidad. Las escribe en un cuaderno. Arma un nido para su novela. Mientras tanto, recibe cartas. Su madre tiene aspiraciones literarias y le escribe divertidísimas cartas desde La Habana. Le cuenta del barro que bebe su vecina en lugar de café. De lo triste que es pasear sin la sombra de uno. Del carnicero que la pretende para matarla y venderla como res en el mercado. A Escribano también le escribe un narrador desde Austria. Un negro cubano que huyó de Salzburgo porque lo confundían con un “sapo negro”. Se fue a Rusia y volvió a huír porque ahí lo confundían con un sombrero. Escribano, le llama, y le cuenta de su paulatina desesperación al borde de la locura. Hay una mujer en medio de esa locura. Una mujer llamada Z. que escribe un Cuaderno de Salzburgo. Escribano tiene otro amigo. Un cazador de nombre Hack. A Hack lo conocemos porque aparece en una fotografía. Todo indica que es quien apunta una escopeta hacia un lado, acuclillado delante del resto. Una fotografía familiar. Escribano se pregunta porqué mientras estuvo en La Habana no escribió un Cuaderno de La Habana. Y así en otras ciudades que habitó. Se pregunta por qué ahora que vive en Feldafing escribe un Cuaderno de Feldafing. Así se llama la novela de Rolando Sánchez Mejías.  Exiliado en Barcelona hace una década, Sánchez Mejías parece haber construido con Cuaderno de Feldafing (Ediciones Siruela 2004, 99 pag.) no puentes imaginarios que lo acerquen al mundo, sino absurdas y eficaces rutas de navegación para no ser detectado nunca, y transitar de incógnito. Conocedor de que “lo adecuado” es tan válido como “lo inadecuado” en viajes y refugios imaginarios, no le preocupa ser un viajero estacionario, pero con vocación de extravío. Entonces resulta prácticamente imposible pensar en un final “adecuado” para su novela. Más “adecuado” sería pensar que fácilmente la historia podría continuar sin fin: Capítulo 83 (íntegro): Parte del Cuaderno de Feldafing fue escrito en el tren. Parte frente al lago. Parte no se escribirá nunca. Quizás por ello el punto final de Cuadernos de Feldafing me pareció decepcionante luego de haberla disfrutado tanto. La sensación de que en plena escritura lo arrebataron de ella, y entonces puso un punto que luego se convirtió en el último. Lo mejor es la correspondencia de su madre. Cartas hilarantes y tiernas. También la solución técnica a la traducción oral del filósofo. Y la fragmentación.  Cuaderno de Feldafing es una buena novela, arriesgada, basada en el absurdo, con ingredientes tragicómicos y existenciales. La nostalgia de saberse lejos de lo amado, la necesidad de encontrarle algún sentido a su condición de foráneo, una constante lucha contra la soledad interior. Es la construcción no de una geografía, sino de un estado mental. Un refugio. Un país de pensamientos. No existe plano alguno para construir una mente y menos, un estado mental. Existen piezas sueltas que bien podrían plasmar una mente, un estado mental y muchas otras cosas más, como una ciudad junto a un lago hundido, llamada Feldafing, donde alguien toma notas y vive construyéndose una memoria. 

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