MACABRA TERNURA

La última vez que me enamoré a primera vista fue de Javier Marías por Un corazón tan blanco. Uno de los pocos libros que releí con lápiz y papel. Una prosa maravillosa, volátil e inteligente. Íntima, ante todo. La segunda vez me ha ocurrido a finales del año pasado, mientras pensaba en reposar el almuerzo en una librería. Ya saben, entras, recorres con la vista los escaparates, coges un libro, lees los epígrafes, unas líneas del medio, preguntas por un imposible y sales sin comprar nada. Pero esa vez perdí. Me topé con Fleur Jaeggy vestida de negro, y me enamoré. 

Terminé de leer Proleterka el pasado diciembre (Tusquets Editores, Colección Andanzas, 2004, 131 pág.) con la extraña sensación de haber leído una novela extensa y compleja, pese a sus pocas páginas. Una rara obra poética escrita en prosa. Hay quienes emparentan la poética de Jaeggy a la de Robert Walser, uno de mis imprescindibles.  “A bordo del Proleterka, un barco de nombre eslavo y con una estrella roja en la chimenea manchada de óxido, un grupo de respetables turistas de habla alemana emprende un crucero hasta Grecia. Entre los pasajeros, un hombre, que cojea levemente, y su hija, que todavía no ha cumplido los dieciséis años. Padre e hija son dos completos extraños. Durante el viaje, la hija querrá saber mil cosas de esa persona de la cual todo lo ignora, pero además ansía descubrir algo que también desconoce: la vida en sí misma”. El viaje inicia con algunas escalas en el archipiélago griego, desencadenando también el recorrido por los abismos de la memoria. Una infancia plagada de insatisfacciones silenciadas. La tirantez de una relación filial casi por compromiso. La resignación de saberse hija de alguien incapacitado para la ternura. Una paternidad cuidando de no salirse del discurso. El descubrimiento de placeres corporales. Las mentiras y, las revelaciones. Ya pronto me había entusiasmado la enfermiza obsesión de Jaeggy (Zurich, 1940) por explorar los silencios que anteceden a la ruina. Esas tímidas manifestaciones de la conducta y del cuerpo, imperceptibles por instinto o timidez. Su mirada escéptica frente a los triunfos luminosos. El susurro como pasadizo de tensión. Sus mundos a punto de morir de asfixia, sin saberlo. Giros, los giros resultan casi deslumbrantes por su complementación con aquello que no se dijo, y que se pensaba imposible de decir. La vida misma, vuelta de revés, no tanto comprendida como asumida desde el pasado innegable. El odio nunca desbordado, sino, meticulosamente suministrado. Y todo ello, decantado con ritmo y gracia en una prosa de pocas palabras, cuya vocación es contar una historia. 
Luego, con el corazón agitándome las ropas, decidí lanzarme en busca de Fleur Jaeggy, y para mi mal, estaba casada. Pero casada con un escritor que admiro mucho, Roberto Calasso, a quien le debo parte de mi entendimiento de Kafka por su libro K.. Persistí. Leí hace unos días El Temor del Cielo (Tusquets Editores, Colección Andanzas, 1998, 136 pág.), un libro de relatos con el que Jaeggy obtuvo el prestigioso Premio Moravia 1994, y volví a caer enamorado, aunque temeroso. Siete relatos que me permitieron comprobar lo que asomaba en Proleterka; lo justo hubiera sido decirlo al revés, por la cronología. Historias elaboradas por “una mente insidiosa y despiadada”: La criada de una casa duda si entregar en adopción su hija a una familia adinerada, para que su hija viva la vida que ella no vivió, o mantenerla a su lado, para que padezca lo que ella padeció. En un pequeño poblado, un matrimonio maduro pone a disposición una casa junto a la suya para que se alojen indigentes de todo tipo; una de las habitaciones queda disponible a la muerte de un desconocido, y es ocupada por una huapa muchacha que se prostituía en ella; el señor de la casa acudía también por las noches; la mujer se desentiende hasta que no soporta más. Dos gemelos de 18 años, abandonados en un orfanato cuando niños, son devueltos a una casa abandonada que les corresponde por herencia en un pueblo al borde de la extinción; crecen, se mantienen solteros, se aman, se hacen viejos, no comprenden nada de lo que no es posible comprender en un orfanato; ya ancianos, el Estado los vuelve a buscar para “protegerlos, tanto de la vejez como de la muerte”, instalarlos en una casa de reposo, pero ellos no entienden de esas bondades, y lo hacen saber a su manera. Así, Fleur Jaeggy volvió a asombrarme con su macabra ternura, su exquisita indiferencia, su adorable pesimismo y más aún con esa forma suya de hacernos saber que siempre, siempre estaremos irremediablemente solos.

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