Nebbia

Me prometí volver a la poesía de Robert Desnos luego de que descubriera unos versos suyos en una película: Tanto soñé contigo que seguramente ya no podré despertar. Ocurrió hace varias noches. Me hallaba desanimado en mi habitación, me molestaba el silencio que empezaba a crecer en los rincones, temía otra noche de insomnio y le pedí a la enfermera-institutriz que me ayudara a poner una película. Ella me preguntó si deseaba ver alguna en especial, pues había cientos de títulos para elegir. Me sentí absolutamente desconsolado al no hallar ninguna respuesta concreta. Miraba el interior del alto armario con las portezuelas abiertas, las películas de Nebbia en los anaqueles exhibiéndose alineadas, sentía que los ojos se me nublaban de lágrimas… Recordé la concentración de su rostro iluminado por el televisor, la forma en que ladeaba la cabeza buscando cierto ángulo, su dedo índice curvado entre sus dientes en determinadas escenas, sus brazos entrelazados al mío, sus interjecciones y suspiros… Inocentemente había caído víctima de mi propia crueldad cuando eso era lo que menos necesitaba. Le indiqué que cerrase las portezuelas del armario, y que pusiera cualquier película de las que estaban a un lado del televisor. La enfermera-institutriz me acomodó las almohadas en la espalda, me acercó a la mano el control remoto y al ver los primeros créditos en la pantalla, abandonó la habitación advirtiéndome que volvería más tarde para suministrarme las medicinas. Cabeceaba mientras veía algunas escenas, una joven pareja andando de la mano por una calle en pendiente que pensé era el Barrio Latino de París. Incluso recuerdo haberme quedado dormido por un momento casi a la mitad, oyendo tan solo la voz en francés del joven protagonista enamorado, quien recorría en calma el interior de un departamento amoblado con austeridad, cruzando con nostalgia los umbrales, buscando no a su amada que sabía muerta, sino intentando reconstruir su presencia a través de los recuerdos, quizás reconfortarse con su olor, preservarla por la huella de su tacto en los objetos, ese matiz me atrapó de inmediato. Sus pensamientos enmudecieron por un instante mientras apoyaba una mano en el pomo de la cerradura, dudando si abrir esa puerta, o no. Comprendí entonces que se trataba de la habitación que ambos habían compartido, y que hacía un tiempo estaba vacía. Al penetrar en ella, percibimos el ambiente flotando en una luminosidad acuosa contenida por el cortinaje cerrado, de inmediato nos fijamos en un mediano crucifijo adherido a la pared que resguarda la cabecera de la cama, casi en medio de ese paño y a un paso de la ventana, la cámara nos conduce a aquel lecho rectangular protegido por un cobertor posiblemente azul aunque de apariencia grisácea, con sabanas blancas de festones doblados hacia el exterior, es una cama de dos plazas, intacta y triste, con cierta naturalidad recorremos el decorado de los muros en papel tapiz estampado de figuras ensortijadas, barrocas, algo desgastado y flojo, llegamos sin ninguna prisa a una de las esquinas donde reposa una lámpara de pie con el capuchón torcido, nos acompaña el murmullo cadencioso de un grifo averiado, fijamos entonces nuestra atención en esa puerta interior, la del baño, entornada, asumirla así incrementa la no-presencia de la mujer, pero nuestro encuadre es caprichoso y nos arrastra sutilmente a unas bastas de gabardina oscura derramadas sobre zapatos de cuero grueso a pasadores, tres pasos rechinan con tiento sobre el piso de madera, el hombre se detiene, consigue abrir, inseguro, una puerta algo trabada del robusto guardarropa de dos cuerpos, recorre con el dorso de la mano el hombro de los pocos vestidos allí dispuestos sobre colgadores, uno a uno, reconociéndolos quizás, o agradeciéndoles, nuestra mirada lo deja hacer y cruza la ventana con parsimonia para regresar a la cama, la cabecera de barrotes brillantes y redondeados, los almohadones desmayados con vigor, un velador desnudo y estéril, nos alejamos sin motivo alguno y nuestra perspectiva crece, en ella encaja el hombre de traje oscuro en toda su dimensión, alto, delgado, de espaldas a nosotros y a contraluz, de pie al centro de la habitación, distinguimos su perfil recortado y oscuro, un mechón de cabello le baja por los ojos, sin embargo adivinamos su mirada, el espejo donde reverbera la tarde; el grifo continúa perdiendo agua, lo oímos intermitente todavía aunque demorado por los acordes de un grueso piano irrumpiendo como si subiera a hurtadillas por una escalera vigilada, el hombre, cual si el piano se lo ordenase, camina pausado hacia la ventana, descorre parcialmente la cortina con un brazo y sostiene una abertura blanca y triangular, mira hacia abajo, la calle, mientras que nosotros, sin perderlo de vista, retrocedemos hacia el ingreso, quedan sólo él y la ventana que lo ennegrece, nos detenemos con suavidad bajo el umbral de la puerta del dormitorio al oír la voz apagada y varonil que dice en francés, quizás pensando que nadie lo oye, o justamente lo dice porque sabe que lo está oyendo la mujer que suele ver en el espejo: “Tanto soñé contigo, caminé tanto, hablé tanto, tanto amé tu sombra, que ya nada me queda de ti. Sólo me queda ser la sombra entre las sombras, ser cien veces más sombra que la sombra, ser la sombra que retornará y retornará siempre a tu soleada vida”. Después de esa línea introspectiva, aquel poema encerrado en esa habitación, no pude terminar de ver la película a pesar que lo deseaba, pues volví a retrocederla y a repetir una y otra vez aquel fragmento hasta memorizar los versos. Finalmente anoté en una hoja suelta el nombre de la película y el del director, me recosté, y viendo el lado vacío de mi cama, soñé hasta el amanecer.

2 Comments

  1. Tanto soñé contigo, caminé tanto, hablé tanto, tanto amé tu sombra, que ya nada me queda de ti. Sólo me queda ser la sombra entre las sombras, ser cien veces más sombra que la sombra, ser la sombra que retornará y retornará siempre a tu soleada vida.

    Qué buen texto. Realmente me has devuelto las ganas de escribir, y de decir: Pita hazme un hijo!!!

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