Le Mépris

Brigitte Bardot como Camille

Recuerdo bastante bien esa película. “El Desprecio”, como la dieron a conocer en castellano en 1963, fue una de las más esperadas por mí. Yo no estaba enamorado entonces pero creía estarlo del ideal del Amor, y por eso mismo le temía a mis sentimientos. Me intrigaban y atraían por igual los dramas de pareja: ¿Hasta cuándo se puede amar sin renunciar a la propia felicidad? Y si consiguiésemos cierta felicidad en aquella renuncia, ¿todavía hablaríamos de amor? ¿El amor conyugal finalmente requiere dosis de egoísmo compartido? ¿En qué se convierte la impotencia de no alcanzar la felicidad soñada? ¿Y las infidelidades? Tenía la sensación de que el amor era una prueba de resistencia; una prueba que no requería tanto el esfuerzo propio como el ajeno cuando es uno quien está seguro de que ama… Aquella seguridad haría inevitable empantanarse intentando salvar lo mutuo, sentirse morir intentando evitar que se hunda por siempre y desaparezca ante nuestros ojos con una porción nuestra; y con el tiempo, quizás sea inevitable rechazar lo construido con más odio que razón cuando alguna vez el otro estorbe…, aunque sería preferible abrazarle aún pero con dudas y rencores pues la soledad suele ser peor… ella, la soledad, decide primero y mejor aunque se equivoque; sería inevitable además quedarse con el recuerdo no tanto de aquel amor como del esfuerzo, la fatiga y dedicación que éste nos exigiera y por tanto, quizás recomendable, el empezar a arrepentirse pero con lentitud de algunos actos y pensamientos nuestros, entre buenos y malos, sería absolutamente natural… tanto como volver la mirada, e intentar reparar aquello que pudiera ser reparado, y continuar hacia adelante porque finalmente el amor es inevitable. Había leído el libro de Moravia bastante antes. La profundidad sicológica de la novela me había tocado. Por eso “Le Mépris” fue para mí todo un acontecimiento; mis ideas en la pantalla grande y no tan solo silbando entre los pasadizos de mi cabeza. Además de Brigitte Bardot en el reparto, estaba la presencia portentosa e intimidante de Jack Palance y la exposición ante cámaras del famoso director alemán Fritz Lange, con monóculo incluido, interpretando el papel de lo que él era en realidad, un director de cine. Godard había conseguido introducirnos en el corazón de una crisis conyugal mientras reflexionaba sobre la realización cinematográfica. No quise ni quiero preguntarme qué hubiera extrañado Moravia de su libro en la película. Tampoco lo sé. Aunque una vez jugué a que era yo el viejo Moravia; así, mientras encendía un cigarro a la salida del estreno y me cruzaban entusiastas parejas tomadas del brazo, me oía a mí mismo decir pero con la voz de Moravia, una voz tan inventada como mi cigarro y las parejas que salían del cine, que ese Jack Palance era demasiado rudo y vanidoso en su papel de magnate seductor como productor de películas de Hollywood, pretendiendo los encantos de Camille…, aquí di una fuerte calada a mi cigarro imaginario para rematar, con nube de humo en medio, que mejor lo hubiesen dejado junto a John Wayne con una pajilla en los labios en lugar de vestirlo con blancos trajes de seda; en cambio sí reconocía a mi original Ricardo en el empedernido fumador Michel Piccoli, afrancesado bajo el nombre de Paul, aunque nunca imaginé en mis páginas a una Emilia tan bella como Camille. Pero volviendo en mí, conociendo mi debilidad por lo que va creciendo libre y sin intenciones mientras se tienen las manos y la cabeza ocupadas en un objetivo determinado, poder ver cómo se hacía cine dentro de una película fue una experiencia estimulante para mis propósitos, y quizás justamente porque lo que se hizo dentro de “Le Mépris” mientras se pensaba hacer cine fue algo bastante distinto de una película, aunque fuera cine al final. Sobre esto tendríamos una larga charla Nebbia y yo a los pocos años de casados, el cine dentro del cine, la vida dentro de la vida, la muerte dentro de la muerte, lo otro dentro de lo otro a propósito de Fellini y “Ocho y medio” si mal no recuerdo. Pero de momento, y me refiero al momento en que había terminado de ver en el cine-club “Il disprezzo” de Moravia adaptada por Godard, (un Godard bastante distinto, digamos, al que luego me mostrase Nebbia en “Alphaville”) me había quedado a la salida de aquella función con una vieja interrogante moraviana aún sin resolver: ¿hasta cuándo se puede amar sin renunciar a la propia felicidad?

3 Comments

Leave a Reply