Accidentes previos

El 16º Festival de Cine de Lima empieza antes de tiempo, para mí, con pequeños ensayos de error en la compra de las entradas. Primero estuvo la milimétrica organización de un “fixture” con la programación y mi disponibilidad (estaré de vacaciones) pero no contaba con que me invitarían a la Ceremonia de Inauguración en el Teatro Municipal este viernes 3. Entonces, la balanza de ese día se complica: de un lado estaba (está, todavía) el Oso de Oro  en 2011 a la Mejor Película “Una Separación” del iraní Asghar Farhadi en el horario que antes era conocido como vermú (cuando en los cines sólo había tres funciones al día) y después, en noche, “A Roma con amor” del viejo Woody Allen. Del otro lado, está la ceremonia, con un show performativo que desconozco (todavía nadie sabe de qué trata) y al final, la proyección de una película que también es una sorpresa (¿será una del homenajeado Raoul Ruiz?). Podré ver las películas, al menos la de Woody, cuando la estrenen en la cartelera comercial; y la iraní la conseguiré en Polvos Azules pero sucede que en un festival de cine no sólo importan (a mí, a mis manías) las películas que se visionarán (sí, es un término feo pero correcto) sino también “verlas lo antes posible”. Lo cierto es que prefiero ir a ver las películas que a la ceremonia. Lo cierto, también, es que no me gustaría perderme la ceremonia (en momentos como este quisiera tener un clonador a domicilio para hacer una especie de “La Oveja Dolly va al cine”, donde la oveja Dolly, con su aliento de probetas y memoria de tubos de ensayo, sería yo (con el pelo menos blanco y rizado), mientras que, también yo, estoy en la ceremonia de inauguración. Ya veremos hacia donde se inclina la balanza. Pero sin importar si consigo meterme en el pellejo de Dolly o no, prometo (y me había prometido no hacer promesas) escribir ¿ensayitos?, ¿reseñas?, ¿crónicas?, ¿críticas?, ¿paralelismos?, ¿ausencias?, ¿divagaciones? en este blog (y en Cinencuentro), como producto de los 36 tickets que tengo para el festival. Así es, no se han equivocado, me volveré a quedar sin ojos a razón de tres películas por día. Y quizás me dure la viada y siga, siga escribiendo (textos breves, 400 palabras) a sabiendas de que ya nadie lee blogs, porque todos nos hemos mudado a Facebook y Twitter (donde también estoy rebotando). Pero recordemos que el cero es una nota tan inexistente y válida como el veintiuno, así las cosas, decir “nadie” y decir “todos” vale exactamente lo mismo. Queda la esperanza de que al menos alguien (yo, y algún editor) lea lo que acá se va a escribir porque hay ocasiones en que uno lo es todo, aunque luego sepa que nadie estuvo alrededor. Pero están. Claro que estamos. Dónde y cómo, nadie lo sabe. Prometo estar acá, de vez en cuando, sin saber tampoco cómo es que estoy. Y así espero que algo de lo que se viene les haga provecho, de una u otra manera, y ponga en marcha al gusanito que, al caminarnos por las tripas como en una montaña rusa, nos impulsa a escapar de todo y llegar a ninguna parte en especial, porque el cine también es (hace) eso: una salida de emergencia que suele convertirse en entrada principal. Nos vemos en el Festival. O no. Qué más da.

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